En boca cerrada, no entran virus

De cómo la pandemia acabó con la alegría y cerró moteles y cantinas en Pereira.

Ángel Gómez Giraldo

Tanto que insistió el escritor y poeta uruguayo Mario Benedetti en defender la alegría para venir un virus tan pequeñito a hacer pandemia y tirarse la fiesta, encerrando a la población en sus casas, que aparece con los síntomas de lo que algunos se han atrevido a subestimar tratándolo de una gripa, como si esta no matara, pero si una “gripita” causó 871 decesos en 1818 en la capital del país durante el año de 1918 según los historiadores.

Muchos varones fueron atacados por este virus en el momento en el que suspiraban al ver las mujeres lucir la nueva moda, llegada al país este mismo año, la falda 10 cm más arriba del tobillo. Aquí fue donde el pudor femenino empezó a echar para atrás. A esto se agregó otro accidente para los cachacos de la capital: el primer apagón que dejó sin luz a toda la ciudad. Por aquel mismo año Pereira celebraba los 55 años de su fundación -en verdad muy pocos- pero ya se daba ínfulas de ciudad, en esta época lucía bien iluminada y lo estaba desde la noche del 30 de enero de 1914 con 100 “focos” en las calles y 50 en las viviendas, todo gracias a la empresa eléctrica de Pereira creada dos años antes con la platica de los primeros ricos, que ascendió a los 45.000 pesos.

El hecho de contar Pereira con la energía eléctrica impactó tanto y tan positivamente, como lo haría muchos años después la llegada del Covid-19. Aquellos celebraron durante 3 días bailando en las calles. Tal progreso y tanta luz artificial hizo resplandecer a la trasnochadora y morena con ciudades de más edad e importancia en el país. Y aún sin conocer el chontaduro y el borojó que lo trajeron tiempo después los chocoanos.

Se iluminó Pereira
Y Pereira empezaría aumentar su población y desarrollarse urbanísticamente, y de qué manera, pues el poeta de la tierra, Luis Carlos González, le escribió versos y le compuso canciones de hombre enamorado. La energía eléctrica en Pereira apenas hecho un pueblo grande hizo vida nocturna y ahí fue donde empezó a trasnochar de verdad ya que todos se mostraban seguros en las calles.

Se hizo la luz aquí y se abrieron cantinas con vitrolas para que los hombres se emborracharan y lloraran de despecho; mejor aún, se abrieron casas de citas, fornicadores clandestinos que ante la imposibilidad de avisos ostentosos ubicaron un bombillo rojo sobre la puerta.
Con el paso del tiempo a estas cantinas les llegó la competencia: los moteles con lujos que esos primeros negocios de mujeres no tenían.

Cuando logró Pereira ser ciudad capital de departamento consumiendo jugo de chontaduro ya era una ciudad multicultural y tenía las manías de mujer libertina, tanto que inventó el festival del condón que los hombres tardaron en usarlo por la vergüenza que les producía mencionarlo en las farmacias.

Por la borda
Quién iba a pensar que tanta alegría y tanta diversión se dejaría echar por la borda, por la gripita que mata, ordenada la cuarentena por las autoridades de salud como medida para impedir el contagio general de la gente que parece haber producido una descarga de líbido y energía sexual que no permite a ninguna persona llegar al motel o al prostíbulo.

Ante la imposibilidad de obtener información de primera mano sobre el ambiente actual de moteles lujosos y residencias modestas, donde al igual uno tiene que pagar por orgasmos fingidos, recurrí a la información telefónica.

La línea
Fue una tortura escuchar cómo el teléfono repicaba en residencias y moteles sin que nadie contestara.
En residencias Valdivia como en otras 5 del centro de Pereira, nada. Parecía como si la epidemia hubiera arrasado con el negocio y los clientes incluyendo a los administradores.
Probé con los moteles y también silencio en 5 de ellos…
No me desanimé y proseguí marcando…

¡Oh Dios, el milagro al otro lado de la línea!… escuché lo que inicialmente pensé que se trataba de un fantasma pero era la voz de una persona de carne y hueso:
– Soy Mario Muñoz, vigilante del motel Cabañas del Otún
– ¿Hay servicio? -Le pregunté-
– Ni de correspondencia -me informó-
Los administradores de residencias y moteles enviaron a casa a sus empleados ya que, hasta el menos escrupuloso, le saca el cuerpo al virus en este tiempo.

Señores, se acabó el negocio parado con muchachas fáciles y licor.
Hasta la panadería donde se elaboraban las rosquillas caleñas, cerró.
Es como me dijo un amigo: “Es tiempo de tapabocas y guardando distancia el uno del otro, nadie va a la cama acompañado”.
Y no se asusten que en Pereira hay muchas personas contagiadas y fallecidas.