El rebusque… el que busca encuentra

Relato. Mujeres de la “vida alegre”, y lo más carnudo de un verbo y un sustantivo del idioma español.

Ángel Gómez Giraldo

Hubo una vez, cuando el eufemismo que hoy en día se ha impuesto como escalpelo de cirujano plástico, era de tan poco uso, que a la mujer que explotaba su cuerpo o que cobraba por darlo, era llamada sin consideración alguna prostituta.

Mas las personas poseedoras de alguna cultura, para no caer en el epíteto y palabras soeces, se referían a ellas como mujeres de la “vida alegre”, lo que ahora es apenas para mí un recuerdo de la infancia que me hace mucha gracia y me obliga a reciclar una frase de la evocación de muchas personas mayores quienes aún sostienen que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Yo lo dudo puesto que hasta las prostitutas de estos tiempos reciben el beneficio de un trato de oblea con arequipe por causa del “eufemites” que desde hace poco aplica para trabajadoras sociales, aunque como las de antes la tienen que sudar para conseguirla.

Resulta pues que en mi condición de niño con vocación de cura no me era fácil entender el por qué a las mujeres más facilitas para ir a la cama con un hombre resultaban ser de la vida alegre como si las que no lo eran estaban entre las mujeres más tristes y más deprimidas que perro de marihuanero.

La verdad
Era verdad de perogrullo que la mujer para ser decente y ser tratada, sobre todo por los hombres como una dama, se veía obligada a permanecer amarrada a las patas de la inexpresividad física y verbal y no soltarse en aspavientos y carcajadas estruendosas propias de presentadoras y actrices de la televisión colombiana cuando están animando un programa o están siendo entrevistadas.

No era sino ver el comportamiento social de aquellas señoras y señoritas de familias “bien”, estiradas y acartonadas las cuales bebían y comían sin dejar sonar la vajilla.
Circunspectas y circunstanfláuticas, sentadas con las piernas ajustadas hasta los pies en posición de lado.
Nada de abrirlas ni de cruzarlas ya que cualquier desajuste en este sentido despertaba sospecha de ser mujer de vida alegre.

Recuerdo
Hoy por hoy para mí esto es apenas un recuerdo crocante como el pandeyuca ya que a los 7 años de edad en un viaje a pie desde la finca en el corregimiento de Columbia, jurisdicción del municipio de Belén de Umbría, a Anserma en el departamento de Caldas, encontraría la clave y la llave para dilucidar y dar con la razón del señalamiento de mujeres de la vida alegre.
El camino al pueblo en verano era puro polvo y en tiempo de invierno sudor y lágrimas, promesa para cumplir de rodillas.

Lodazales y pantanos donde zozobraban hasta las mulas de los arrieros.
Para estar en las calles principales de Anserma, llamada también Colina Iluminada de Caldas, teníamos que atravesar el barrio o zona de tolerancia, sector en las afueras de la población, donde podían vivir las mujeres que le daban de todo a los hombres así solo recibieran de ellos no más que conejo.
Cuando las bestias de montar pisaban tierra del barrio, de las cantinas salía una música a tan alto volumen que no quedaba duda que provenía de los mismos infiernos.

Con las canciones se mezclaban gritos y risas de mujeres que medían su erotismo con la lascivia de los hombres que las acompañaban y con los que bailaban a un solo cuerpo en la pista.
Al llegar a la plaza principal y analizar las “imágenes audiovisuales” del paso por el barrio de tolerancia, entendía el por qué a las prostitutas de antes se les llamaba en esos años mujeres de vida alegre.
Entonces sin hacer ningún comentario que pudiera llegar a los oídos de las personas de más edad que me acompañaban, reí con prudencia, pues en el hogar me habían enseñado a no descomponer el carácter ni ante el mejor componedor de huesos.

Verbo y sustantivo
¡Qué diablos! Luego en mi época de colegial me llevé un susto que ni mata ni hiere pues me encontré con otra palabra, epíteto para la mujer de vida alegre: ramera.
Y vaya que se encontraba bien colgada como término castizo en el diccionario español y con una definición suelta que aplica a la prostituta de ayer: trabajadora social, hoy.

Definición graciosa porque inicialmente se compara con el halcón ramero. Aparte de la comparación se le dio ese nombre de ramera porque el domingo de ramos las autoridades de una aldea de España las hacían salir en barcos por el río Tormes hasta el llamado Matadero Viejo, y allí estas rameras, llamadas por alusión a los ramos de ese domingo, eran visitadas por hombres en busca de sexo, la mayoría universitarios quienes se encargaban de volver con ellas a la ciudad.

Otra versión da cuenta que se les decía rameras porque ponían ramos a la entrada de sus sitios para que fueran distinguidas como mujeres de vida alegre. Casos curiosos de la historia de las palabras: Ramera, de domingo de ramos.

El rebusque
De otra parte y como fenómeno nuestro tenemos como puño de boxeador el surgimiento de otra palabra nada gratinada como lo es el rebusque al que se aficionan muchos de nuestros jóvenes de uno y otro sexo.

Rebusque… ¡qué palabra tan pajarilla! Como ninguna otra, y eso que es verbo: rebuscar pero que se puede tornar en sustantivo: rebuscador. Hombre o mujer a los que muchos con gazmoñería de alcohólico miran con desprecio.

No entienden que el rebusque surgió como consecuencia del desempleo en nuestras ciudades y el que según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), el índice de desempleo en Pereira está por el orden del 8,3 %.

Así que resulta que como nuestras autoridades no se amarraron a tiempo los pantalones, muchos de los rebuscadores y rebuscadoras, los de mayor desespero, se suben la falda y se bajan los pantalones para que todos vean el grado de prostitución que existe en el momento en las plazas y parques de la capital de Risaralda.

Y no es mentira ya que algunos lectores nuestros se quejan de que si se deciden a pasar por la plaza de Bolívar se exponen a que cualquier muchacho rebuscador se les ponga por delante, se alce la chaqueta y les muestre que sus pantalones no tienen fondillos… y que el que busca encuentra.