El aforismo en tiempos de pandemia

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Desde tiempos inmemoriales, el aforismo se caracteriza por su simplicidad, brevedad, laconicidad; permite bosquejar ideas, esbozarlas sin llegar nunca a una forma acabada o definida. He aquí algunos ejemplos: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional” (Buda). “Llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga” (Homero). “Somos y no somos… Todo fluye, nada es… La salud humana es el reflejo de la salud de la tierra” (Heráclito de Éfeso). “Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia” (Sócrates). “El miedo es un sufrimiento que produce la espera de un mal” (Aristóteles).

Autores a lo largo de la historia, con sus plumas elegantes y punzantes, haciendo uso de una estética puntillista y lapidaria, esculpieron con su buril conceptual nuevas visiones, dejándonos memorables obras de arte diseminadas a través de pequeños fragmentos de longitud incierta y variable. Muchos de ellos entablaron a través del aforismo una intemporal complicidad conspirativa enfrentando, de alguna forma, el odioso imperio de sistemas y tratados condensados en voluminosos y tediosos textos. En tiempos de Hipócrates era una sentencia que resumía ingeniosamente un saber médico o jurídico.

“De la conducta de uno depende el destino de todos” (Alejandro Magno). “En la adversidad conviene muchas veces tomar el camino atrevido” (Séneca). “Puesto que la cosas son, no deberían seguir siendo” (Epícteto). “No lo hagas si no conviene, no lo digas si no es verdad” (Marco Aurelio). “Esto también pasará” (aforismo sufí muy utilizado por Abraham Lincoln). “Antes de convencer al intelecto es imprescindible tocar y predisponer el corazón” (Pascal). “Vale más actuar y exponernos a la excusa, que arrepentirnos de no haber hecho nada” (Bocaccio en “El Decamerón”, en tiempos de la peste negra).

Trascienden fronteras, escalan los riscos inexpugnables donde anidan los grandes ideales y descienden a los abismos insondables donde habitan las más torvas pasiones; “atraviesan barreras de clase y época” al mejor decir del escritor estadounidense Adam Gopnick; enhebran gestos e ideas y entretejen la trama y urdimbre de las palabras y los días. Y allí están con sus ojos avizores y vigilando nuestros pasos, Buda, Lao Tse, Sun Tsu, Homero, Heráclito, Demócrito, Séneca, Epícteto, Marco Aurelio, Pascal, La Rochefoucauld, Baltasar Gracián, La Bruyere y Montaigne,

Cervantes, en su novela “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, referenciaba los aforismos como esas “sentencias sacadas de la misma verdad”. Emerson, Wilde, Ciorán, Nietzsche, Lichtemberg, Pessoa, Galeano y Nicolás Gómez Dávila, entre otros. Por su validez y versatilidad sobreviven, se vuelven intemporales, inmutables, dúctiles y transmisivos. Cualquiera puede hacerlos suyos porque al no tener muchas veces una paternidad definida, son adoptados por comunidades y naciones. Se podría decir que son los verdaderos ciudadanos del mundo.

Nietzsche los llamaba “sentencias” o “dardos”; Novalis; Novalis en sus “Himnos de la noche” les daba el calificativo de “polen”. Para el poeta francés Charles Baudelaire eran “cohetes”. El escritor Rumano Emile Cioran, se refería a ellos en sus “Silogismos de la amargura” como “pensamientos estrangulados”. René Char, el poeta de la resistencia francesa, los apodaba “hojas de Hypnos” refiriéndose a uno de las figuras mitológicas más enigmáticas de la mitología griega. En España, el poeta Carlos Edmundo de Ory los reseñaba como “Aerolitos” y Ramón Gómez de la Serna los llamó “Greguerías”.

El aforismo “bien acuñado y fundido”, según palabras de Friedrich Nietzche, es una forma de concebir la eterna incompletez y fragmentariedad que abjura de lo sistémico, artificioso y escrupulosamente ordenado; de lo encorseteado y coherente que termina siendo algo ambiguo y falseado. Con un escolio bien concebido se dice “en diez frases lo que todos los demás dicen – o no dicen – en un libro”, concluye. A través de él, nos permitimos jugar con el lenguaje; creamos símbolos y potenciamos o enaltecemos la injuria o la burla; practicamos la ironía con gracia y donaire, poniendo en escena nuestro ingenio.

El aforismo no se ajusta a ninguna medida totalitaria allí, donde sólo medra la taxatividad de las certezas. Muchas veces, semeja un dardo envenenado o una almarada que con su efecto corto-punzante e insospechado, desangra y destruye y otras tantas, tórnase en elixir que salvífica y fortalece. En “La genealogía de la moral” (1887), Nietzche, uno de los mejores exponentes de este género sostiene que “la forma aforística produce dificultad, se debe esto a que hoy no se da suficiente importancia a tal forma”. Debido a esa dificultad, “ha de pasar mucho tiempo todavía hasta que mis escritos resulten legibles”.
Son trozos a manera de criterios de verdad insertados en mantras, máximas, dogmas, proverbios, apólogos, adagios, escolios o apotegmas, entresacados de libros, canciones, películas, discursos, artículos, obras de teatro, poemas, dogmas, posters, stickers, graffitis… En fin, son frases que se deslizan por la orogenia del tiempo y el espacio y el ondulante o turbulento fluir de la condición humana; surcan mares, valles y ciudades cual argonautas impenitentes. “Atraviesan barreras de clase y época” al mejor decir del escritor estadounidense Adam Gopnick. Trascienden fronteras, escalan los riscos inexpugnables…

Surcan mares, valles y ciudades cual argonautas impenitentes. Muchos aforismos clásicos se siguen reverenciando. “Carpe Diem” es uno de ellos, entresacado de ese ramillete de sabios adagios que nos dejó el mundo latino. Esa frase emblemática y exultante que rotuló la película “La sociedad de los poetas muertos” y que exhorta a vivir el día de hoy y se atribuye al poeta Horacio, sigue vigente y llena de fuerza. En tiempos, en los que la ambigüedad y la fragmentariedad se han erigido como valores propios de una sociedad consumista, el aforismo ha resurgido con fuerza, ingenio y ganas de quedarse.

La red, sin duda alguna, ha contribuido a inmortalizarlo. Herramientas de microblogging tales como twitter, Instagram y Wasap son algunos carriles de la autopista de la información por donde los “aforemas” despegan o aterrizan. El catedrático español Andrés Sanchez Pascual afirma que en “un proceso dialéctico el aforismo cree y descree a la vez”. Es un pensar abierto que le permite salvarse del nihilismo mediante la creencia y del dogmatismo a través de la duda. El aforismo, apretado contra la pared de las leyes de la lógica, permanece cerrado.

Pero, por la parte que da a la vida insondable, permanece. El aforismo contiene una visión verdadera, pero no una certeza conclusa. Es una invitación a la aventura del pensamiento y de la vida. Es, en suma, un trascender desde dentro del lenguaje, pero permaneciendo en él”. Otro español, el poeta Rafael Argullol sostiene que, al ver recluida la literatura en las prisiones cerradas de lo lírico o narrativo, “surge una ‘escritura transversal’ que, a modo de travesía, navega sin prejuicios por el mar de las formas para dejar constancia de los itinerarios artísticos que cada escritor fuera capaz de capturar (…).

El aforismo según él, es al mismo tiempo, poesía y pensamiento, narración e idea, hermetismo y apertura. “El escritor de aforismos va dejando señales en su camino, insinuando el rumbo, pero velando la meta. Sus verdades son provisionales porque sabiamente renuncia a apropiarse de la verdad”. El aforismo va por el mundo libre e indocumentado, abierto y provocador y frente a los hermetismos absolutistas literarios y filosófico, se convierte muchas en fisura, ese ladrillo faltante cuya ausencia se vuelve tan necesaria para demoler los vetustos edificios conceptuales.

“Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos ser” (Maquiavelo). “Que cada uno barra delante de su propia puerta, y todo el mundo estará limpio” (Goethe). “Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora” (proverbio español citado por Antonio Machado). “Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos” (Viktor E. Frank). “Las crisis, aunque atemorizan, sirven para cancelar una época e inaugurar otra” (Eugenio Trías, filósofo español). “La peor lucha es la que no se hace” (Carlos Marx). “La solidaridad no es un fin, sino un medio” (José Martí).
“Hay que unirse, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos” (Juan Donoso Cortés). “No somos responsables de las emociones, pero sí de lo que hacemos con ellas” (Jorge Bucay). “No estoy inquieto ante la palabra pandemia, estoy más preocupado por la reacción del mundo” (Tedros Adhanom Ghebreyesus, político etíope, presidente de la OMS). “Nada en la vida debe ser temido, solamente debe ser comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para temer menos”. (Marie Curie, científica polaca). “Amo las limitaciones porque son la causa de la inspiración” (Susan Sontag).

Nuestro viaje temerario por el mundo del aforismo termina evocando un escolio del escritor japonés Haruki Murakami: “Cuando salgas de la tormenta, ya no serás el mismo que había entrado en ella… En eso consiste la aventura”.