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martes, agosto 9, 2022

Sobre los libros inéditos

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Mauricio Ramírez Gómez

Escribir es un acto solitario, arduo y lleno de incertidumbre, porque se intenta dialogar con un desconocido que ejerce sin piedad su derecho a leer lo que su intuición y sus amigos o conocidos le sugieren. No es cierto que alguien escriba para sí mismo. Desde el primer momento en que decide combinar símbolos, en negro sobre blanco, en cuadernos, libretas, computador o máquina de escribir, el escritor asume que hay un potencial lector, alguien que en determinado momento descubrirá esas páginas escritas “para la posteridad”.

Ha habido en Pereira escritores prolíficos, a quienes la ausencia de editoriales y la falta de fortuna impidieron que la totalidad de sus obras se dieran a conocer, y en muchos casos, incluso se perdieran por el desconocimiento de sus descendientes del talento de su antepasado. Hace algunos años, una colección emprendida por la Secretaría de Cultura permitió a los lectores pereiranos conocer algunas obras de escritores del pasado, cuyas obras estaban inéditas o habían sido publicadas solo en periódicos y revistas. A esa colección se le dio fin y con ella una gran posibilidad de dar a conocer unos autores, quienes al margen de la vigencia de sus obras son precursores de lo que ha venido después de ellos.

Inéditos están los libros de Benjamín Saldarriaga González, ‘Besago’ “La melodía infinita”, “Diccionario de Mitología” y la “Cartilla heráldica de Risaralda”; los diarios y algunas traducciones de Eduardo López Jaramillo; los escritos de Eduardo Correa Uribe, que conserva el exgobernador Mario Jiménez Correa; los fragmentos que se salvaron del fuego, de la obra de Carlos Marulanda Botero, importante hombre de letras de la primera mitad del siglo XX; los poemas y textos críticos de Eduardo Martínez Villegas; cerca de treinta libros que dejó Héctor Escobar Gutiérrez; los cuentos de Herman de los Ríos Tobón; cinco volúmenes de ensayos, poemas y crónicas de Lisímaco Salazar; los escritos de Héctor Ángel Arcila; libros de Oscar y Jairo Giraldo Arango; el material inédito que posiblemente se conserva de escritores como Luis Carlos González, Benjamín Baena Hoyos y más recientemente, de Giovanny Gómez, entre otros. Además de los tantos libros que se pueden rescatar reuniendo los escritos publicados en periódicos y revistas por escritores como Ricardo Sánchez, Sixto Mejía, Luis Tejada, Rafael Cano Montoya, Emilio Correa Uribe, Gonzalo Mejía Echeverri, por mencionar solo algunos asiduos colaboradores de la prensa pereirana.

No cuenta todavía la ciudad con sellos editoriales capaces de hacerse cargo de la publicación de estos materiales. De ahí que el destino de estos parece que no será otro que la basura o el olvido.

Hace apenas un par de meses el Fondo de Cultura Económica puso en circulación en México una hermosa colección llamada ‘los 21 para el 21’, de la cual poco más de la mitad del tiraje total (que asciende a 2.1 millones de ejemplares) se distribuirá en clubes de lectura, bibliotecas, universidades populares y escuelas normales rurales, o directamente en sus propias librerías mediante solicitud. En esa colección están incluidos títulos que ellos consideran indispensables para comprender su historia, la sociedad, la cultura y la literatura. Sin duda, una obra de esta magnitud no podía llevarse a cabo sin la participación del Estado.

Seguramente no estamos en condiciones de llevar a cabo una cruzada de esa magnitud en nuestra ciudad, pero al menos hechos como ese sí pueden servirnos para reflexionar sobre la relación con los libros que estamos fomentando en escuelas, colegios y universidades. Se les reclama a los profesores de literatura porque no enseñan a leer a los escritores pereiranos, pero se ignora que no pueden hacerlo, porque los libros de estos no se consiguen –los tirajes son a menudo demasiado pequeños o simplemente fueron impresos hace muchos años-. No podemos pretender formar lectores sin ponerlos en contacto directo con los libros.

 

 

 

 

 

Miles de pereiranos se precian, por ejemplo, de admirar a Luis Carlos González, pero no lo hacen por sus libros -que no se consiguen, porque hace más de veinte años no se edita nada del poeta-, sino por sus bambucos, que son apenas una parte de su producción literaria.

Está muy bien que se dé prelación a la publicación y circulación de nuevos autores. Es lo deseable. Pero esto no tiene por qué anular el interés que tiene la publicación de lo que pueden llamarse “nuestros precursores literarios”. Esos libros tienen un valor histórico y bien podrían hacerse de ellos tirajes más pequeños. Quizá no sean clásicos de la literatura universal, pero de alguna manera en obras como esas –los publicadas y las inéditas- podemos aprender cuáles fueron nuestros antecedentes. Estamos olvidándonos de que lo nuevo es siempre posible gracias a que existe el pasado.

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