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domingo, junio 26, 2022

Sobre literatura latinoamericana

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Andrés Felipe Yaya

Escribe Gaston Bachelard que todos los sentidos se despiertan y armonizan en la ensoñación creadora. La vigilia, tal vez, nos priva de los elementos que el sueño a través del inconsciente nos revela. En los sueños los materiales no existen y el tiempo, en un juego de espacios, deja de ser aristotélico. Recordamos el sueño a través de fragmentos, pero no de forma lineal. “La ensoñación, afirma Bachelard, tan diferente del sueño, tantas veces marcado con duros acentos de lo masculino, es de esencia femenina. La ensoñación cumplida en la tranquilidad del día en la paz del reposo –la ensoñación realmente natural—representa el poder mismo de reposo”. Ciertamente podemos conjeturar, sin abandonar la propuesta de Bachelard, que los sueños poseen una cercanía a la infancia.

A veces, cierto niño viene  a vigilar nuestros sueños. Esta cercanía a la ensoñación nos permitirá, en consecuencia, abordar la obra La amortajada de María Luisa Bombal en sus diferentes espacios presentes en el relato, bajo los fundamentos de Gaston Bachelard en su obra La poética del espacio.
Sin duda María Luisa Bombal irrumpe con su propuesta de narrativa poética en un momento donde prevalecía el criollismo y el realismo. Fusiona, lúcida y laboriosa, lo real y lo sobrenatural en un conjunto de imágenes con fuertes dosis poéticas. Su narrativa está hecha de sueños, bruma, amor y muerte. Se aventura, también,  en los contrarios: sueño y vigilia, vida y muerte.

En “Última niebla” la bruma, en todo el desarrollo, es el elemento que anuncia el tránsito de los real a lo onírico. En La amortajada el tránsito sucede en los sentidos y la expresión, es decir, de lo interior a lo exterior. De acuerdo a los estados de ánimo el espacio se acentúa. Por supuesto, esta acción se evidenció en los románticos y en el oscurecimiento del ser en la medida que las estaciones, una a una, se filtran por el espíritu. El Werther de Goethe se oscurece cuando llega el invierno. Lee a Osian y retrata su interior  y ve en el exterior la bruma grisácea de su intimidad. Bombal instala a Ana María en un espacio de opuestos. Un espacio se localiza en las acciones del velorio, que podemos llamar como el espacio físico: “Y es así como se ve inmóvil, tendida boca arriba en el amplio lecho revestido ahora de las sábanas bordadas, perfumadas de espliego, –que se guardan siempre bajo llave—y se ve envuelta en aquel batón de raso blanco que solía volverla tan grácil” (Bombal, 1941:3)

Otro, en cambio, sucede en las acciones que desencadena los recuerdos de Ana María: los paisajes de la infancia, la casa,  las aventuras y las relaciones con sus amantes: “La época de la siega nos procuraba días de gozo, días que nos pasábamos jugando a escalar las enormes montañas de heno acumuladas tras la era y saltando de una a otra, inconscientes de todo peligro y como borrachas de sol” (Bombal, 1941:9) Este último es denominado el espacio ontológico, porque es el lugar donde el ser sucede y no hay rigidez física. Ana María juega en espacios con doble sentido. Extraña, en su espacio físico de muerta, el espacio de su infancia: sus aventuras en el campo, tan cerca a la dicha: recuerda el lugar, pero sobre todo, se recuerda a ella misma en el lugar.

Es natural que en el límite de su espacio recuerde otros espacios. De todos los espacios la casa prevalece. “Un ancho corredor abierto circundaba tu casa” (Bombal, 194:10). Bachelard, entre otras cosas,  afirma: “Porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es —se ha dicho con frecuencia— nuestro primer universo. Es realmente un cosmos. Un cosmos en toda la acepción del término”. (Bachelard: 2016: 28) La casa, en efecto, la componen nuestras esencias y poco a poco va tomando nuestra presencia. Las casas, al igual que los libros, están cargados de pasado. Allí adentro es el lugar donde Ana María descubre los sentimientos hacia Ricardo: “Atardecía cuando irrumpiste en el comedor. Yo me hallaba sola, reclinada en el diván, aquel horrible diván de cuero que cojeaba, ¿recuerdas?” El sentimiento hacia Ricardo se gesta en la casa, en el campo, en el espacio cotidiano. En los espacios de su padre el sentimientos se opaca; la presencia allí no encuentra sosiego. Su interioridad le retracta el mundo así: “la casa  alargaba una sombra aterciopelada y azul” (Bombal, 1941:24) La exterioridad, que se refleja en sus salida nocturnas también pesan y manifiesta: “Así vivía, confinada en mi mundo físico” (Bombal, 1941:25)

Naturalmente en la casa, pese a todas sus aventuras en el exterior, descubre el desprecio hacia Antonio. Las casas revelan versiones distintas de Ana María: el hogar y el encierro. La casa, de acuerdo a el Minotauro en la Casa de Asterión de Borges, es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo.

Los espacios configuran la personalidad en la medida que la presencia permanece en ellos. La casa es el lugar donde el hombre se cifra y se reconstruye. Es lícito conjeturar que Bombal construye personajes partiendo de los espacios. Hay un desplazamiento de lo humano en la medida que cambia de espacios. Recordemos, en nociones de Bachelard, el huésped que habita cada espacio. Ana María habita y a la vez se hospeda, es decir, vive en una dualidad entre lo propio y lo impropio.

Obras citadas
– Bachelard, Gaston. La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica, 2016.
– Borges, Jorge Luis. “La casa de Asterión” Obras completas, tomo 1, Emecé, 1997.
– María Luisa Bombal, La última niebla (1935), La Amortajada (1938). Barcelona: Seix Barral (“Biblioteca Breve”), 2005.

Sin duda María Luisa Bombal irrumpe con su propuesta de narrativa poética en un momento donde prevalecía el criollismo y el realismo. Fusiona, lúcida y laboriosa, lo real y lo sobrenatural en un conjunto de imágenes con fuertes dosis poéticas.

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