Una de las cosas más difíciles que tiene estar lejos de casa son las pérdidas, se pierden rutinas, lugares comunes, a veces amigos, familia, vecinos, espacios, mascotas…y estas últimas a lo lejos duelen más porque en medio de todo hay un sentimiento de culpa, un tanto de remordimiento por un abandono que, aunque en muchos casos es involuntario no deja de sentirse como eso: abandono.
Yo lo estoy viviendo en carne propia, hace 20 días perdí a un miembro de mi familia, ni más ni menos. Perdí a mi perro, perdí a mi Gardel.
Gar, como le solíamos decir, llegó a nuestras vidas hace 12 años y medio, lo habían abandonado sobre la avenida principal del barrio Cuba donde en ese entonces vivíamos. Estaba algo desnutrido, era pequeño y muy tímido. Según el veterinario, no alcazaba aún a cumplir el mes. Yo ya tenía a mi perra, Luna y por eso, no estaba ni de lejos el plan de tener otro integrante más en la manada.
Sin embargo, Gardel llegó literalmente hasta mi puerta, mi tía lo entró me llamó y me dijo “Mire el perrito tan lindo que llegó, lo entré porque de pronto se pasa la calle y lo mata un carro. Esperemos a ver qué cara le hace Luna y lo ponemos en Facebook a ver si es de alguien o alguien lo quiere adoptar”. Las fotos llegaron, pero los adoptantes fuimos nosotros. Luna lo aceptó y lo amó desde el primer momento y nosotros también, así que simplemente se quedó.
Gardel nos cambió la vida, llegó seis meses antes que me casara, se volvió el perro también de mi marido, de su mamá. De la familia. Hicimos equipo. Gardel iba a nuestras fiestas, escuchaba las serenatas, se iba a trabajar muchas veces con mi marido, lo acompañaba hacer mecánica en el carro, cuando llevábamos el mercado a la casa, lo metíamos a él en el carro de la compra, porque le gustaba dar una vuelta allí, muchas veces salió con mis amigas y yo, y otras tantas no se perdió paseo familiar.
Parecía un lord inglés siempre tan elegante, con un lunar de pelo en su ojito que lo hacía destacar de los demás. Le gustaba nadar, no podía ver una piscina, tanque de agua o río, porque terminaba allí de cabeza y luego no había quién lo sacara, era observador, tranquilo y muy honesto, porque si alguien no le gustaba se lo hacía saber enseguida, pero sobre todo era leal.
Hoy estas líneas simplemente están llenas de gratitud para él, mi guerrero, el protector de mi casa, mi viejito.
Gardel sobrevivió a un abandono, a la pandemia, a la muerte de Luna, a la muerte del tío Víctor al que acompañaba a diario en su tienda, sobrevivió a tener corazón de atleta que le producía tos constante, sobrevivió a que yo me fuera del país, luego a que se fuera mi esposo, sobrevivió al cambio de casa en la que creció, al cambio de barrio, a pasar de ver a mi primo Augusto todas las semanas, a verlo solo unas semanas al año, sobrevivió al terremoto y ahora que lo pienso todo esto tuvo una razón de ser: acompañar a mi Tata.
Esa era su misión, esa compañía, ese amor, ese cuidado silencioso. Todo eso dejo huella no solo en mi familia, sino en los vecinos, en don Nelson que lo sacaba a diario, en los veterinarios, especialmente el doctor Fernando que lo vio desde cachorro y en sus cuidadores, Ivonne, Diego y don Fernando. Para ellos solo gratitud.
Y para Gardelito solo amor. Su misión está cumplida. Gracias, te amaremos siempre y vivirás en nosotros, mi perrito querido, mi querido Gar.


