Sary Arango, un recuerdo que vale la pena


Marcela Marulanda Arango

Desde que mi madre falleció, ya hace 15 años, no había vuelto a la universidad. Todo aquí  me la recuerda, todo aquí obedece a su esencia y eso duele. El recuerdo duele.

Quiero hablar brevemente de ella para quienes no la conocieron. Los que sí, tendrán lo propio para pensar.

Mi mamá fue una socióloga que llegó desde Bogotá a Pereira en los años 80. Fue madre de  dos hijas médicas, hermana de 4 hombres y amiga de todo el mundo. Además, fue docente hasta su muerte. Batalló incansablemente por la academia, la igualdad y el compromiso de  hacer universal la universidad.

En ese tiempo la facultad no era ni la sombra de lo que es hoy. Era una pequeña escuela con  profesionales llenos de sueños e ideales, esos que se ven materializados hoy.

Una familia

En los inicios mi madre, Julieta Henao, Carlos Alberto Isaza, el Dr Castrillón, la Dra. Rengifo, el Dr. Santacruz y muchos otros, definieron su proyecto de vida en la facultad, se propusieron  hacer de este espacio una familia.

Aquí, los hijos biológicos vimos gestarse y nacer a los hijos académicos: vieron la luz los laboratorios de genética médica, biología molecular y biotecnología, histoembriología y en cabeza de mi madre, mi hermana y yo asistimos a la creación de la campaña de donación de sangre.

Fue la primera de muchas otras expresiones en las que ella se propuso hacer que la  universidad pública cumpliera con su propósito esencial de llegar a cada rincón de las poblaciones que impacta y que además de hacerse visible, fuera útil.

A simple vista, la campaña de donación de sangre era una actividad académica semestral obligatoria con los primíparos de medicina. Sin embargo, era mucho más que eso: cada estudiante debía acudir a su familia y amigos y conseguir al menos 10 donantes de sangre.

Debía llevar ese mensaje de solidaridad a su nicho: hacer universal la universidad.

Función clara

Aquí entre estas paredes, cada uno de nosotros cumplió una función clara bajo la dirección de la universidad, buscando garantizar la dotación de derivados sanguíneos para el Hospital San Jorge, que en su momento era el único centro de alta complejidad en el Eje Cafetero.

Entendimos lo que era el trabajo en equipo, fuimos pieza clave de un engranaje perfecto.

Estudiantes, familiares, docentes, amigos y pacientes, éramos participes un resultado mágico: la campaña de donación de sangre lograba su objetivo cada semestre: se recaudaban las bolsas de sangre y los estudiantes comprendían el valor de la solidaridad, los pacientes se beneficiaban y todos quedábamos impregnados de la energía creadora de la solidaridad.

Así, el departamento de medicina comunitaria, del cual ella fue jefe, se consolidó como el encargado de llevar a las comunidades de Pereira el mensaje que mi madre tenía para dar: “aprender haciendo y sirviendo”.

Ese lema, quizá desconocido, fue en realidad la esencia de su vida en la facultad y la enseñanza a quienes fuimos sus alumnos. Además de la campaña de donación de sangre, hubo otros proyectos para llegar a las comunidades, para servir a través de la docencia: parecía que éramos nosotros quienes ayudábamos, pero en realidad fueron los pacientes, los más necesitados quienes nos dieron todo, nos hicieron lo que somos.

Estuvimos en nombre de la universidad en las comunidades marginadas de Cuba, Villa Santana, Santa Cecilia y en las cárceles, participando de cuanto proyecto de atención primaria en salud ella decidió formular.

Aportes a la reconstrucción

Bajo su liderazgo aportamos a la reconstrucción del Eje Cafetero después del terremoto de 1999, conciliamos a favor de la población civil con la guerrilla cuando ocurrieron las tomas del Chocó y Risaralda en la época preacuerdos de paz.

Conocimos a los líderes de las cárceles e impartimos proyectos de educación sexual y reproductiva. Fuimos una y otra vez a Villa Santana a capacitar y aprender de las líderes comunitarias.

Vimos crecer esta universidad, piedra a piedra, cada docente con su hijo académico. Mi madre, como muchos de los aquí presentes, renunció a sus sueños personales y a su familia para que la facultad se convirtiera lo que es hoy. Quienes la dirigen, seguramente la recuerdan por su carácter, su firmeza, su tenacidad y porque además tenía una cojera de nacimiento, porque fumaba en clase, pero, sobre todo, porque siempre estuvo dispuesta a ayudar.

Mi hermana y yo experimentamos en carne propia su devoción por esta casa, que terminó siendo también la nuestra. Vivimos por más de 20 años a tres cuadras de aquí, porque siempre había algo pendiente de la U.

Durante los paros, acampábamos aquí y la gente iba a mi casa a comer, a bañarse e incluso a estudiar. Muchos estudiantes nos visitaron por un café o por un plato de sopa que no habían pedido, pero que ella había decidido que necesitaban.

Abogó por los presos, las madres adolescentes, por las mujeres cabeza de familia, pero también por los docentes en problemas, por el amigo enfermo, por la médica cabeza de hogar, por el muchacho que vino de un pueblo a estudiar o por la familia de algún otro que necesitaba apoyo.

Pagó de su bolsillo la matrícula de muchos estudiantes porque creía que la educación era la mejor estrategia contra la pobreza.

Mantuvo ocupados a muchos otros en cosas que podían parecer fútiles, porque pensaba que mente ocupada no piensa pendejadas y así los alejaba de las drogas.