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viernes, noviembre 25, 2022

Rodrigo Acevedo González, el infante terrible de la literatura

Perfil psicológico y artístico del poeta que murió a los 41 años.

Conrado Alzate Valencia

Rodrigo Acevedo González nació en Manizales, el 6 de septiembre de 1955 y murió el 7 de diciembre de 1996, a los 41 años de edad. Es decir, los mismos años que vivieron Jane Austen, Franz Kafka y el novelista argentino Ricardo Guiraldes, solo para nombrar algunos. No obstante dejó una obra admirable y diferente a lo que se había hecho hasta ese momento, que lo hace digno de portar la lámpara esplendorosa del arte. Él fue el primero que le insufló un aliento fresco a la poesía de Caldas.

Carlos Arboleda González, en la presentación que le hace a Poemas del tiempo recobrado, expresa: “Rodrigo Acevedo siempre ha merecido figurar en las antologías como un poeta profundo, erudito y de un manejo excelente del lenguaje. Lástima que prefiriera irse temprano, acosado por la soledad y por una vivencia desgarrada e intensa que lo agotó ligero”.

Rodrigo fue un desadaptado social, habitante de sombras y de irrealidades, bebedor de submundos, quien a igual que los dioses de La Ilíada, solía bajar del Olimpo, a hacer guerras, a alimentarse con las cosas mundanas. Por eso algunos lo comparan con Andrés Caicedo. Otros creen que fue un poeta maldito, una especie de Francois Villon criollo. No obstante a su vida disoluta y procelosa, fue un creador de verdad, y eso es lo que más importa. En otras palabras, fue un bardo atrapado en una ciudad brumosa como su alma atormentada, un ser desamparado que sólo halló consuelo en la poesía. Y: “En medio de tanto desamparo, solo queda la honda compañía de la palabra”, como indica Héctor Rojas Herazo.

Y Roberto Vélez Correa, su biógrafo más importante, nos entrega este perfil sicológico y artístico: “Acevedo fue lo que se dio por llamarse en sus tiempos un niño precoz o infante terrible, de lecturas muy tempranas y explosivas que moldearon su temperamento apasionado y rebelde”. Y más adelante agrega: “Rodrigo fue una extraña mixtura de artista decadente, joven airado, romántico cursi, lector empedernido, poeta maldito, alcohólico irredimible, y un solitario que amó a su abuelo Felipe González, el músico de los Hermanos González…”. En fin, un “…ser humano atrapado y acosado por las contradicciones, la hipocresía y la deformación ética de sus congéneres”, según su erudito biógrafo.

El territorio y la máscara

Muy joven, Rodrigo Acevedo González empezó a figurar en el panorama de la literatura. A los 19 años de vida recibió una mención de honor en el Concurso Nacional de Cuento de la Unión de Estudiantes Universitarios (UNEU) y a los 20 años obtuvo el Primer Premio Departamental de Poesía. Y tenía solo 26 años de edad cuando dio a conocer El territorio y la máscara, un libro de poemas intitulados, publicado por la desaparecida Imprenta Departamental, en 1981, y dentro de la colección Biblioteca de Escritores Caldenses.

En las solapas de este impreso encontramos el siguiente comentario: “Rodrigo Acevedo González describe en este poemario primer premio Caldas 75 años, sus sueños de máscaras extrañas, sombras imaginarias, regiones donde domina la metáfora, destellos de luces y de oscuridades en poemas de un contenido quizás surrealista, raros parajes de la realidad. Expresa territorios de aparente oscuridad pero donde a poco que se penetra se descubren bellas imágenes llenas de luz con dominio y soltura del idioma, logrando efectos poéticos puros, de raras sutilezas”.

El territorio y la máscara es un poemario por donde discurren los nombres del cine y de la literatura que más estremecieron al poeta: Anthony Perkins, Panait Istrati, William Shakespeare, Li Po y Ernest Hemingway. Muchos de sus textos biográficos y surrealistas hablan de los libros, la música, el cine, la poesía, la ciudad, las sombras y los vicios, donde se refleja la personalidad complicada del poeta y su universo onírico. Asimismo, en sus versos sobresalen el existencialismo y la náusea sartreana. Veamos algunos ejemplos: “Es obvio: el asco de existir. / Quizás una autobiografía / escrita por aquella mano temblorosa, / llena de motivos literarios / que la hacen rosada, / contradictoria, / necesaria”. O estos renglones: “Sobre los espejos / he vomitado algunas veces / cuando interrogo / la ensoñación de mis gestos, / parecidos a la porquería / y a esas zonas desamparadas, ajenas, / desagradables, / de un acto desierto, / devolviéndome cierto sosiego / entre ese mundo / hecho de una normalidad ridícula, / torpe, / sin imaginación”. O esta breve creación: “Seguir atravesando la noche y alcanzarte / en medio del vino / que derramas por tu espalda: / un tema de amor que hace olvidar el asco, / como si alguien soplara / sobre las cenizas del alma, / para que la vida / pudiera ser algo más que una historia: / el color del vino: tú”.

Aquí, es menester volver a Roberto Vélez Correa, su más cimero intérprete, quien en Literatura de Caldas 1967-1997, puntualiza: “Acevedo González como poeta define un proyecto lírico de fisuras oníricas. La posición de su hablante es insobornable, por más que la fluidez de su paisaje lingüístico denote una falsa mansedumbre”.

Poemas del tiempo recobrado

Poemas del tiempo recobrado, fue publicado en el año 2000, por la Alcaldía de Manizales y el Instituto Caldense de Cultura, con nota biográfica y estudio crítico de Roberto Vélez Correa. El libro contiene además el cuento Desperado de los Andes y una selección de veinte poemas de Rodrigo Acevedo González, rescatados de la niebla del olvido. Por las páginas poéticas de esta obra, discurren los hombres de la literatura, de la pintura, de la música y la familia que más fascinaron al poeta: Walt Whitman, José Asunción Silva, Jean Genet, Cesare Pavese, Darío Morales, Bob Dylan y su tío Arturo.

Vélez Correa, advierte: “Poemas del tiempo recobrado posee varias constantes temáticas y estilísticas que son consustanciales al autor: en principio es posible discernir el tono metapoético del hablante que se preocupa por su oficio y sobre todo, por el sentido mismo de la poesía en sí. Un cuestionamiento que señala el estado crítico del ser, desde el punto y hora en que duda del único medio que tiene a la mano para superar la cruda existencia”. Y: “…es evidente que tras el tono coloquial existe el velado rostro de la tragedia personal, con sus máscaras que caen ante el poder vidente de la metáfora”, añade la pluma feraz del crítico literario.

Los trabajos del poeta analizado, están hechos con un lenguaje delicado, lleno de imágenes preciosas, donde hay algunos temas recurrentes como la ciudad, una ciudad: “…como los amaneceres / en los patíbulos…”, y donde: “…. siempre habrá caspa y tedio, / ratoneras y ventiladores dañados”, como lo había dicho en el Territorio y la máscara.

Y en Poemas del tiempo recobrado aparece la ciudad sombría nuevamente: “La ciudad / es una estación sombría, / con calles por donde va una turba / de señoras vigilantes, / ladronzuelos y travestis. / Quizás al paso / de verano retocado de lluvias / quede algo de ese falso esplendor / en que ha crecido: / sus jardines marchitos, / sus torres encantadas, / sus tradiciones nauseabundas / que hacen tan pesado el aire / de cada día. / La ciudad / a veces parece un gran burdel / de maniquíes arreglados sin gusto, / y que alguna vez dieron la vida / a cambio del respeto. / La ciudad, / bajo la inicua sotana de su medianoche, / trata de respirar / como quien necesita los primeros auxilios / de una dama voluntaria / con cara de loba maquillada”.

Virginia Woolf levanta castillos en el agua para los ahogados del río Ouse y Hölderlin contempla sus dioses celestiales desde la torre humilde y callada de Zimmer. Y Rodrigo Acevedo González también construye una torre alta de sueños y palabras para poder otear el mundo desde las aluras: “Abajo, / los fulgores de la ciudad vacía, / el cántaro roto de la vida, / por donde voy vicioso y solitario”.

SILVA

Como una vieja postal

que se guarda con celo,

contemplo el rostro del poeta,

indemne y semidormido,

y el gusto por cosas tan tardías

como la poesía

me hace regresar a esa noche de 1896,

cuando acabó la distancia

que siempre hubo entre el corazón

y la música de alas que escribía.

Cigarrillos egipcios, terciopelos,

perfumes y abalorios,

vino europeo, deudas insalvables,

entraron en la senda

por donde los sueños terminan siendo escombros.

Ninguna Penélope ha tejido y destejido

como Elvira, mientras esperaba el alba de la muerte,

lo sabía,

era parte del drama,

del santo sin sosiego que es tu sombra,

poeta, hoy más que nunca.

PAVESE

En algún diario

leí sobre un suicida como usted,

que escogió sus mismas armas,

su ciudad y su hotel.

En Turín

pasan muchachas en bicicletas

rumbo a la tarde roja

que espera en las afueras.

Usted las observa

desde la ventana

con el gesto nervioso

de quien finge leer.

Hay un aroma de pan fresco

que se pierde

entre las pequeñas fiestas de la calle.

Pero el amor

sonríe a veces

con la misma boca oscura

de la muerte.

JEAN GENET

ahora le escribo en español

y espero que estas líneas me conduzcan al lugar

que en nuestra época

ocupan los pasos de un hombre solitario.

No escribo sobre seda.

Sólo quiero recorrer junto a usted

el sendero de las cenizas que el mar trae a los muelles,

la penumbra de los bares sumergidos,

el cielo rojo de la madrugada.

Jean Genet,

el tedio y el azar se acrecientan

como las páginas abiertas del diario de un ladrón,

como la ropa sucia,

como el alcohol que surcan los remos de un extraño barquero.

HOY

ser poeta es una pretensión

sin importancia.

Es la parca invención de máscaras luctuosas

que a veces sonríen entre plateada niebla.

La belleza arde como un sol que se agota

en el jardín vacío.

Poeta que ha leído en las manos

el sueño,

las confidencias de la muerte,

el rumbo de los vientos y los días,

la carta perdida que ha traído el correo,

la biografía del espíritu, que a nadie interesa.

Ocio del verano infinito

que oigo crecer en algún bosque.

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