Risaralda, santuario de los anfibios más amenazados

El departamento alberga al menos 110 a 115 especies de ranas, sapos y salamandras, muchas de ellas únicas en el mundo. En el Día Mundial de los Anfibios, la ciencia y la conservación piden a gritos una acción colectiva antes de que el silencio de las quebradas sea definitivo.

Risaralda, un rincón del noroccidente colombiano, la vida anfibiótica ha encontrado uno de sus últimos refugios. Con apenas 3.592 kilómetros cuadrados de superficie, El departamento guarda en sus quebradas, en sus bosques y entre la hojarasca húmeda, una riqueza que muchos países quisieran para sí: entre 110 y 115 especies de anfibios confirmadas por la ciencia, y quizás muchas más aún sin nombre.

El 25 de abril, el planeta celebró el Día Mundial de los Anfibios. Y Risaralda tiene razones para que esta fecha no pase inadvertida: algunas de sus ranas son tan raras que solo viven en una ladera de una montaña, y su desaparición significaría borrar para siempre millones de años de evolución.

La geografía explica buena parte del milagro. Risaralda funciona como un nodo de transición entre la cordillera Central, la cordillera Occidental y el Chocó biogeográfico, la región con mayor biodiversidad por kilómetro cuadrado del planeta. Esa posición privilegiada permite que en el mismo departamento convivan ensamblajes de anfibios altoandinos, propios de los 3.000 metros de altura, junto a especies tropicales de tierras bajas chocóanas que rara vez superan los 500 metros.

Los datos más recientes del Sistema de Información sobre Biodiversidad de Colombia (SiB) y de la plataforma NaturaLista identifican al menos 108 taxones en la guía departamental, cifra que sube a entre 110 y 115 al incorporar especies descritas en los últimos años o registradas en estudios locales aún no integrados al inventario oficial. Entre los sectores con mayor concentración de registros destaca Pueblo Rico y el macizo de Tatamá, seguido del corredor Santa Rosa de Cabal–Ucumarí–Campoalegre y, en menor medida, Mistrató y el área de Pereira.

Los tesoros más frágiles

Entre las más de cien especies del departamento, algunas concentran la atención urgente de la ciencia y la conservación: Atelopus quimbaya, Sapo arlequín quimbaya, en peligro crítico. Bolitoglossa tatamae, Salamandra de Tatamá, en peligro. Pristimantis blasi, Rana de lluvia de Santa Cecilia. Nymphargus chami, Rana de cristal del Chamí, amenazada. Pristimantis molybrignus, Rana de lluvia de

Tatamá, En peligro crítico. Osornophryne percrassa, Sapo altoandino. Mención aparte merece el sapo arlequín quimbaya (Atelopus quimbaya), catalogado en peligro crítico por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Esta especie, cuyo nombre rinde homenaje a la cultura indígena prehispánica de la región cafetera, es uno de los anfibios más emblemáticos y vulnerables del país. Su supervivencia depende de la integridad de los ríos y bosques subandinos que aún sobreviven en Risaralda.

“La información científica abierta reporta más de 8.100 especies observadas en Risaralda. Un departamento con esa responsabilidad biológica necesita un sistema de monitoreo permanente de anfibios, no inventarios aislados cada cinco años”.

Las amenazas que acechan

La diversidad extraordinaria de Risaralda convive con presiones igualmente extraordinarias. Los estudios y registros científicos revisados apuntan a un conjunto de amenazas que actúan de forma simultánea y sinérgica: Transformación del hábitat: agricultura, ganadería, tala y expansión de viviendas y carreteras en zonas altoandinas y subandinas Alteración de quebradas y humedal e s , fuentes de agua vitales para la reproducción de la mayoría de las especies Quitridiomicosis, enfermedad fúngica que ha diezmado poblaciones de anuros de montaña en toda América Latina Captura y tráfico ilegal, especialmente de dendrobátidos venenosos como Oophaga histrionica, Phyllobates bicolor y Andinobates fulguritus Un estudio en el Parque Nacional Natural Tatamá revela que los modelos de distribución asocian de forma negativa la presencia de anfibios con caminos, carreteras, viviendas y ganadería. Cada kilómetro de vía abierta en el bosque húmedo es una frontera que pocas ranas cruzan en sentido contrario.

Lo que la ciencia aún no sabe

Risaralda no tiene hoy, en acceso abierto, un listado departamental y actualizado de sus anfibios, equivalente a los que sí existen para otros departamentos colombianos. Lo que hay son piezas valiosas pero dispersas: datasets de Parques Nacionales, tesis universitarias, estudios de impacto ambiental, artículos científicos y registros ciudadanos en NaturaLista. Esa dispersión tiene consecuencias reales. Cuatro municipios —Balboa, Guática, La Celia y Quinchía— no aparecen con registros explícitos en los datos abiertos consultados, no porque carezcan de anfibios, sino porque nadie los ha buscado. Esos vacíos pueden estar ocultando microendemismos únicos en su ladera o su quebrada.

A ello se suma la inestabilidad taxonómica de géneros como Pristimantis —con decenas de especies en Risaralda— y la reciente descripción de nuevas especies como Pristimantis blasi en 2022, hallada en Santa Cecilia, Pueblo Rico, que recuerda que el inventario de la vida en este departamento sigue abierto.

Lo que se puede hacer

Los científicos y conservacionistas son enfáticos: la prioridad científica inmediata es un checklist departamental curado e interoperable, conectado con el SiB Colombia y la Resolución 0126 de 2024 —el listado oficial de especies amenazadas de Colombia—, con datos mínimos homogéneos: nombre aceptado, municipio, localidad, altitud, voucher o fotografía diagnóstica y fuente verificada.

En el campo, la evidencia apunta a tres frentes territoriales de acción urgente. Primero, el corredor Pueblo Rico–Santa Cecilia– Tatamá, por su combinación única de riqueza, endemismo y dendrobátidos vulnerables al tráfico. Segundo, Santa Rosa de Cabal–Campoalegre–Ucumarí, hogar del sapo altoandino Osornophryne percrassa y la rana venenosa Colostethus ucumari. Tercero, Mistrató–San Antonio del Chamí, clave para ranas de cristal y especies altoandinas como Nymphargus chami.

Entidades como la Cárder, UNISARC, el Instituto Humboldt, Parques Nacionales, el IIAP y la Wildlife Conservation Society ya han generado información valiosa. El siguiente paso es integrar lo que existe en un sistema departamental único para anfibios, con actualización anual.

“En Tatamá, 13 de las 19 especies de anfibios registradas son endémicas de Colombia y nueve aparecen bajo algún grado de amenaza. El bosque conservado es la diferencia entre existir y desaparecer”.

 

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