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sábado, noviembre 26, 2022

Restos de una tarde larga, la novela

En realidad la inteligencia, la belleza y la sensualidad femeninas son motivos de tormento no solo para el protagonista sino para cualquier mortal.

Alberto Rivera

Jacobo Linares está seguro de que todavía tiene tiempo para inventarse otra vida. A los 52 años, tras pasar casi tres décadas en Europa y olvidar un incidente profesional en el que estuvo involucrado, acepta un trabajo en Santa Isabel, un pueblo en Boyacá, perdido en medio de la nada. Allí lleva a cabo sus labores con inquebrantable responsabilidad a pesar de que las jornadas poco a poco se extienden más allá de lo que quisiera.
Si bien su nueva vida parece por momentos idílica, lo cierto es que todo cambiará cuando Irene, una de sus pacientes, empiece a contarle ciertos episodios reveladores por los que tuvo que pagar incluso una condena en la cárcel, y Lorena, una mujer que acaba de conocer, se convierta en un motivo recurrente de tormentos, muchos de los cuales reavivan de paso los fantasmas que Linares tenía sepultados en el pasado.

Irónica pesquisa acerca de los alcances de la memoria y el olvido, Restos de una tarde larga indaga con sutileza en el desencanto de experiencia vital e invita al lector, a través de una variedad de recursos narrativos —descripciones exquisitas, diálogos veloces, entre otros—, a ser partícipe de una búsqueda en la que subyace una gran paradoja: pasamos buena parte de la vida otorgándoles a las cosas un sentido que no tienen, que nunca han tenido, y que, a lo mejor, nunca podrán tener.

¿Dónde nace “Restos de una tarde larga”?
La idea surgió de mi novela anterior, Últimas funciones en la sombra, y también de la pretensión o de la necesidad de establecer un espacio literario propio. Ese espacio, en el que transcurren en gran parte esas dos novelas, se llama Santa Isabel; sin duda tiene un inocultable aire “onettiano” del cual no me avergüenzo.

Jacobo Linares, el protagonista, se viene a un pueblo de Boyacá, dejando tres décadas en Europa. ¿Es un cambio tenaz en su vida?
Todos los cambios pueden ser positivos o negativos. Yo soy pesimista por naturaleza, así que creo que cambiar siempre es malo, pero no cambiar puede ser peor. Linares acepta ese trabajo como si fuera una forma de expiación. Y la verdad es que no le va tan mal.

Irene y Lorena parecen ser motivos recurrentes de tormentos para el protagonista. ¿Cuáles comportamientos son más recurrentes?
Son dos “tentaciones clínicas”, digamos, o dos “casos” (en un sentido freudiano). Por supuesto, son constantes, como cualquier obsesión. En realidad la inteligencia, la belleza y la sensualidad femeninas son motivos de tormento no solo para el protagonista sino para cualquier mortal. Es imposible resistir. Se pueden combatir, pero al final siempre se pierde por puntos.

¿Se enamora Jacobo de Lorena?
No soy la persona idónea para contestar esta pregunta. Si el lector cree que se enamoró, yo estaría de acuerdo; y si cree que no se enamoró también estaría de acuerdo.

Pasamos gran parte de nuestra vida otorgándole a las cosas un sentido que no tienen. ¿Cómo se da esto en el libro?
No sé si sea verdad que solo podemos reconocernos a nosotros mismos en los otros, pero estoy seguro de que en los otros siempre podremos reconocer los peores rasgos de nosotros mismos.

El libro es, sin duda, una pesquisa sobre la memoria y el olvido. ¿Qué hay de usted en estas líneas?
La memoria me interesa como detonante narrativo. En esta misma línea de intereses, claro, el olvido siempre será un buen contrapeso.

¿Cuál es su método de escribir?
Mi único método consiste en no tener método. Nunca hago un esquema previo (la única vez que lo hice no terminé escribiendo esa novela). No tomo notas, y si las tomo por lo general no las uso, y solo investigo si los personajes me imponen esa tarea. En el fondo me gusta que la trama me imponga sus propias limitaciones.

¿Cómo le ha ido con sus anteriores publicaciones narrativas?
Mal, supongo: soy una latente amenaza editorial. Es decir: no soy un bestseller y creo que tampoco seré un longseller. Pero no todo está perdido: todavía me publican por lo que escribo y no por vender muchos ejemplares.

¿Usted trabaja en la Universidad de Maryland, qué clases dicta allí y cómo ve a Colombia desde afuera?
Este semestre no estoy dictando clases y a lo mejor no volveré a dictar clases. En los últimos once años dicté por lo general clases de literatura latinoamericana (siglo XIX o siglo XX y XXI), y también clases de traducción. Ocasionalmente dicté clases de español (un trabajo que no les recomendaría ni a mis peores enemigos).

¿Cómo veo a Colombia desde afuera?
Bueno, la veo con una mezcla de horror y fascinación. Aunque debo confesar que predomina el horror.

¿Quién es Luis Fernando Charry?
En el plano estrictamente literario, no soy un escritor. Es más: nunca quise serlo y nunca lo seré. (Además ya hay demasiados, sobre todo en Colombia, y la gran mayoría son de una profesionalidad ejemplar). Yo soy apenas un tipo que quiere escribir. Leer y escribir. Leer más, escribir menos.

El autor
Luis Fernando Charry (Bogotá, 1976). Escritor, editor, doctor en Literatura Latinoamericana. Colaboró por muchos años en la sección de libros de la revista Cambio y escribió sobre literatura, cine, música y viajes en otras revistas y periódicos nacionales. Es autor de las novelas Alford (2002), Los niños suicidas (2004), Ruinas familiares (2010), La naturaleza de las penas (2012), Últimas funciones en la sombra (2018) y del libro de cuentos La furia de los elementos (2006). También ha participado en diversas antologías de cuento y crónica. Con el libro Las tardes obtuvo el Premio Nacional de Poesía Obra Inédita en 2008. En la actualidad dicta clases en la Universidad de Maryland y es columnista de El Espectador. Vive en Washington, D. C.

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