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miércoles, junio 29, 2022

Renata Salecl, el poder creativo de la angustia

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Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

El discurso viene del “Nuevo Oriente” y se ha dedicado a diseccionar de múltiples maneras la ansiedad, el cansancio, el consumismo y la angustia que se vive al interior de una sociedad globalizante y neoliberal como la nuestra. El japonés Kenzaburo Oé (1935), el surcoreano Byung Shul Han (1959) y la eslovena Renata Salecl (1962). Esta última, es filósofa, socióloga, teórica jurídica, investigadora del Instituto de Criminología de la facultad de Derecho de Liubliana, miembro de la Academia de Ciencias de Eslovenia desde el año de 2017, profesora en el Birkbeck College de la universidad de Londres y de la facultad de Derecho de la Universidad Benjamín N. Cardozo de Nueva York.

 

En los años 80, Renata Salecl se asoció al círculo intelectual de la escuela psicoanalítica de Luibliana, conocida por su original cruce entre psicoanálisis lacaniano y crítica cultural del que también formaba parte otro filósofo cotérraneo suyo: Slavoj Zizek. Desde sus textos, traducidos a 15 idiomas, entre ellos, “(Per)versiones del amor y el odio”, “Angustia” y “La tiranía de la elección”, ha intentado explicar y conectar los cambios sociales y su impacto en la subjetividad. Rebrujó en el psicoanálisis buscando insumos que le permitiesen comprender cómo las personas se identifican con una determinada ideología o no, cómo siguen a ciertos líderes o no, o cómo la ideología influye en el mundo de la subjetividad.

 

Sus ideas son una mixtura sincrética de los aportes que han hecho el psicoanálisis, la sociología, la filosofía y el derecho. En sus textos relata su expedición a las profundidades de la ansiedad en la que se sumerge a diario la sociedad contemporánea, señalando el papel que han jugado las redes y los medios de comunicación como generadores de neurastenia al igual que otras patologías. Ha estudiado cómo los cambios sociales han producido todo tipo de traumas y desajustes personales cuyos síntomas son, entre otros, congoja, insatisfacción, desadaptación, síndrome de dismorfia corporal, anorexia, bulimia, autolesiones de todo tipo y prácticas obsesivas tales como el wellness, el selfmaking y la ortorexia.

 

Al hacer una selección etiológica sobre todo lo que nos impide vivir plenamente, sería lógico esperar que aparecieran el terrorismo, las enfermedades, las catástrofes naturales y la crisis económica. En lugar de ello, expresamos así nuestras percepciones más angustiosas: “No tengo suficiente (dinero, amor, alegría) … Nadie me quiere (miedo al rechazo) … Esto es demasiado bueno para durar… Van a descubrir que estoy fingiendo… Mi vida no tiene ninguna importancia… No creen en mí”. Para calmar la zozobra, muchos buscan alivio para ese cúmulo de ansiedades refugiándose en gurúes, manuales de autoayuda, pócimas infalibles o elíxires mágicos… Sin embargo, la depresión aparece y se vuelve recurrente.

 

Renata parte de una tesis psicoanalítica lacaniana sugerente: lo que nos provoca más desazón es nuestra relación con el Gran Otro (los demás). El Otro es siempre un sujeto “ansiógeno” que nos interpela obligándonos constantemente a preguntarnos: “¿Quién soy realmente?” ¿Cuál es la verdadera razón de mi existir? ¿Cuál es mi función social? “¿Qué soy yo para el Otro? ¿Qué represento para los demás?”. Percibimos al sujeto como inventor de sí mismo, preocupado, de una forma u otra, por las presiones que ejerce sobre su propia vida el deseo del Otro, es decir, la manera cómo es percibido y juzgado por los demás. En resumen, se dice que una forma espectral recorre el mundo: es el fantasma de la angustia.

 

La define la filósofa eslovena como un sentimiento que causa incomodidad, “más horrible que el miedo porque no nos queda claro qué lo provoca. La ansiedad y la angustia tienen que ver con lo que soy yo para el otro, cómo me ve el otro y qué represento para él”. El asunto no sólo se reduce a mostrarme como los demás quieren que me vean. También ahora debemos mostrarle a los demás la forma en que deben verme, la manera cómo quiero que me vean. Esto obliga a mostrar mi cara (en griego cara significa antifaz) y a esconder, deformar y maquillar mi verdadero rostro para lograr ser aceptado por los demás. La pregunta sobre quién soy y cómo ven los otros, se torna angustiosamente recurrente.

 

El éxito y la felicidad son los valores supremos que se destilan en las redes y en la vida real y alcanzarlos depende de cada uno de nosotros. La victoria del neoliberalismo consiste en anclar la responsabilidad de la felicidad -como si esta fuera un estadio superior al que se llega-, en los propios sujetos. La irrupción de Facebook e Instagram con su carga estresante de photoshops, emoticones y “Me gusta”, obliga al internauta a mostrarse (“postearse”), como quieren y también como él desea que lo vean, así ello conlleve y obligue a deformar la realidad. Renata Salecl devela en sus obras al paradigma del self-made man: todo lo podemos conseguir si trabajamos duro, es decir, si trabajamos y consumimos lo suficiente.

 

Aquí no existe la desigualdad estructural: cada uno es responsable de su propio bienestar. Si no lo logramos, es porque no nos hemos esforzado lo suficiente o no hicimos la elección correcta. No elegir correctamente es poner en riesgo el hecho de ser los únicos artífices de nuestro propio destino que se traduce en éxito y felicidad y esto nos genera angustia. En “La tiranía de la elección” cuestiona el prejuicio que subyace en la ideología neoliberal y consumista que nos hace pensar que todo en nuestras vidas se reduce a una cuestión de elección racional y ante todo, individual. Esto ha creado una prevalencia de la ansiedad, del sentimiento de culpa, la autocrítica devastadora y un sentimiento de desadaptación.

 

Trabajar constantemente en uno mismo nos torna pasivos políticamente y esto sucede porque dejamos de organizarnos colectivamente para luchar por un cambio social. En su libro “La pasión por la ignorancia”, nos muestra un individuo que prefiere cerrar los ojos e ignorar lo más que pueda, porque su mundo cognitivo y su estructura simbólica están constantemente bombardeados y enajenados por una información a través de la cual se busca controlarlo, alienarlo, manipularlo. Muchas personas viven obsesionadas por un supuesto “autocontrol” que incluyen dietas y ejercicios rigurosos y en la noche salen a beber y a drogarse, ignorando, sublimando o tratando de olvidar nocturnalmente lo que han hecho en el día.

 

Al lado de los ataques terroristas, el surgimiento de nuevos virus informáticos y biológicos, catástrofes ecológicas, incertidumbres económicas y el resurgimiento del autoritarismo, hemos visto la irrupción de “la nueva era de la angustia”. A los dilemas e imperativos que nos han preocupado desde tiempos inmemoriales, se agrega el nuevo paradigma ético del “Sé tú mismo”: tomar al sujeto como objeto de su propia creación. Esto ha contribuido a generar y entronizar esa sensación de culpa que agencia. El sentimiento de angustia, parte esencial de la subjetividad y contrario al miedo, no tiene un objeto claro. La amenaza hoy, como casi todo, se ha vuelto también líquida. Se ha ideologizado la angustia.

 

Las nuevas tecnologías han creado un nuevo tipo de relaciones sociales; han surgido nuevas tribus, “burbujas sociales virtuales” que condicionan nuestras formas de ser y de actuar, parecer y elegir Se escuchan respuestas cargadas de ansiedad y neurosis tales como “no soy lo suficientemente bueno”, “no sé qué quiero”, “se van a dar cuenta de que soy un farsante”, “no sé lo que esperan de mí”. Esta ideología constrictiva busca convencer al individuo de que todo está en sus manos y así, los sentimientos de culpa, de inadecuación, de angustia, se vuelven abrumadores. Deseo, angustia y síntoma son indisociables. Por eso siempre nos quedará el síntoma como resistencia al moralismo adormecedor de cada época.

 

La preceptiva moral nos indica que debemos vivir una vida tranquila, armónica, libre de conflictos; un deseo normalizado producto de una supuesta tolerancia a lo diverso; una fiesta donde sentimos el éxtasis de ser dueños de nosotros mismos, refugiados en un individualismo rampante que rompe con todo lazo comunitario); una vida plena sin zozobra alguna; una exhortación a ser transparentes y a sortear la opacidad… Una invitación a vivir sin el “yugo” del inconsciente. “El utilitarismo nos ha enseñado que las personas quieren maximizar su bienestar y minimizar su dolor. Pero, hoy día, no siempre la gente quiere maximizar su bienestar. Por el contrario, muchas veces encuentra un cierto goce en el dolor”.

 

Cuando conseguimos lo que queremos, nos embarga una “rara” sensación de infelicidad. Sus libros emblemáticos se entrecruzan con una afirmación sartriana: “Estamos condenados a la libertad”. Esa libertad ha conducido a muchos sujetos a los dramáticos dilemas a través de los cuales intentan saber quiénes son y qué hacer con sus vidas. Renata Salecl nos recuerda con Lacan que la angustia tiene relación con el deseo y que el deseo, de por sí, es ya una protección contra la angustia. Vistas las cosas así, nuestra vida transcurrirá intentando rechazar la angustia, una vida consumista que pretende arrasar con la subjetividad, con la singularidad de los cuerpos, con la fantasía: “con lo inútil y lo dañino”.

 

Un ejemplo patético nos lo da la publicidad de Paxil (un antidepresivo): primero se muestra como la angustia altera la percepción de la realidad haciéndola peligrosa y amenazante y un segundo aviso, después del 11 de septiembre, muestra que no es el sujeto el que distorsiona la realidad, sino que la realidad es “amarga y deprimente” de por sí, pero que, “con la ayuda de Paxil esa imagen se altera hasta convertirse en algo alegre y feliz”. Salecl describe un nuevo mapa de los peligros en el que se describe una nueva geografía del cuerpo donde el sujeto lucha con el drama gravoso de convertirse en una persona que guste. Paradójicamente, esa libertad de elección aumenta la sensación de ansiedad y culpa.

 

La angustia se percibe, hoy día, como algo que se debe controlar, olvidando que es una cualidad esencialmente humana, “no que paraliza sino, por el contrario, la condición a través de la cual los sujetos humanos nos relacionamos con el mundo”. Por eso la angustia es una resistencia ya que, finalmente, es la que nos despierta de un mantra adormecedor en el que pretende subsumirnos el poder. Al respecto señala Salecl que “una sociedad sin angustia sería un lugar muy peligroso en el que vivir”. Reconocernos, aceptarnos en nuestras angustias cotidianas nos lleva a seres trascendentes, lejos de la farmacopea de la industria de la autoayuda, las terapias consumistas y la cultura recetaria del consejo.    

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