Reflexiones y preguntas sobre monumentos y la historia anticuaria

Jhon Jaime Correa Ramírez

Historiador. Docente UTP. Director de la Maestría en Historia.

En los últimos meses hemos sido testigos, e incluso protagonistas, de un inusitado estallido social que ha dado lugar a un sinnúmero de valoraciones y profundas divergencias. La opinión pública en Colombia ha oscilado entre el entusiasmo por el nuevo despertar de muchos sectores de la sociedad colombiana que volvieron a salir a las calles a finales del mes de abril –y durante los meses de mayo y junio– a expresar de manera multitudinaria su descontento político y social –a pesar de las alertas a causa de la pandemia COVID 19 y de las continuas declaratorias de toque de queda–, y las condenas por los bloqueos de vías y el vandalismo que afectaron un sinnúmero de edificaciones públicas, a bancos y a algunas cadenas de almacenes. No se escapan a este movimiento oscilatorio, aquellas otras personas que desde la academia y los medios de comunicación, con poses muy “doctas” y con ciertos escrúpulos “cientificistas” o “cívicos” –muy propios de la “gente de bien”–, miran con cierto desdén e indiferencia estas protestas, marchas y plantones, señalándolas como simples réplicas de estallidos anti-sistémicos que no alcanzan a ser movimientos sociales y que por esto mismo no lograrán propiciar –según ellos– profundos cambios políticos en nuestro país.

Se puede decir que en este variopinto movimiento hay quienes reivindican con cierto romanticismo la figura simbólica que han logrado encarnar los jóvenes primera línea de algunas ciudades en el país, mientras que otros encabezan las primeras líneas reaccionarias y conservadoras desde ciertos partidos políticos, algunos claustros universitarios y varios medios de comunicación. Lo anterior es una evidencia más de la manera como predominan marcos normativos intransigentes en nuestra sociedad, que limitan las posibilidades de diálogos abiertos a las mutuas interpelaciones, aclaraciones y a los posibles acuerdos frente a temas de la historia reciente y pasada, así como sobre ciertos usos y valoraciones del patrimonio histórico y cultural que se exhibe en los lugares públicos de ciudades y centros urbanos como Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Cartagena, Manizales, Pereira, Popayán, Buga, Pasto, etc.

Lo cierto es que se han removido de manera significativa –aunque aún no sabemos a qué profundidad– las placas tectónicas de la sociedad colombiana. Sin embargo, el movimiento y reacomodo de estas placas tectónicas ha dado lugar a nuevas formas de polarización, entre la exaltación y el demérito, entre la euforia y la estigmatización. Y esto no sólo lo hemos visto y sentido en la confrontación en las calles, parques y barrios, entre la fuerza pública y los manifestantes, sino que también ha tenido que ver con la caída de una serie de monumentos emblemáticos que por muchos años han dado cuenta de ciertas versiones oficiales de la historia patria o de la historia colonial, y que como se ha podido ver, son objeto de profundos cuestionamientos en la actualidad.

Estamos pues en una etapa de eclosión, llena de contrastes, paradojas y perplejidades, que han dado lugar –de manera inédita– a un sinnúmero de revisionismos históricos frente a las narrativas épicas y los símbolos de una historia heroica y oficial que por mucho tiempo han servido de referentes identitarios de cierta versión hegemónica de la nacionalidad colombiana, motivando un culto casi sacro por esa historia de bronce que afortunadamente se han venido cuestionando en las últimas décadas en nuestros país, con la irrupción de la denominada nueva historia, los estudios decoloniales y los estudios culturales.

Lo llamativo es que muchos de esos personajes históricos, elevados a la “inmortalidad” en parques y avenidas, pasaban hasta hace poco tiempo prácticamente desapercibidos y muchas veces el significado o la relevancia de ciertas estatuas públicas era completamente desconocido para los ciudadanos de a pie. Pienso en el caso de muchas calles de Medellín que hacen referencia a una serie de batallas de Independencia, como Junín, Ayacucho, Juanambú, Bomboná, Girardot, Boyacá, etc., y que como decía anteriormente, la mayoría de transeúntes desconocen por qué llevan ese nombre o en qué países y en qué años se llevaron a cabo esas contiendas heroicas. Igualmente llama la atención es que todo este efluvio o alteración del orden del discurso histórico se da en un país en el que la enseñanza de la historia ha sido relegada al colchón de retazos con el que hoy se enseña Ciencias Sociales en las Instituciones Educativas de todo el país desde hace aproximadamente 35 años.

Tras estos breves comentarios, cabe preguntarse: ¿Qué significado tiene todo este cúmulo de expresiones de inconformismo político y rabia social? ¿Qué repercusiones podrá tener de acá en adelante? ¿Se podrá contar la historia del pasado y del presente de la misma manera? ¿Cuál es la responsabilidad social de quiénes enseñarán la historia del país a las futuras generaciones? ¿Qué lugar darle en los contenidos de las clases de historia o sociales a la manera tan peculiar y simbólica en que se han interpelado una serie de relatos históricos sobre los que se funda la nacionalidad y la cultura del país y sus regiones?

Considero que este es uno de esos momentos en los que se reviven esos viejos combates por la historia de los que nos hablara el historiador francés Lucien Febvre, en los que también se requiere retomar las críticas devastadoras del filósofo y filólogo alemán Friedrich Nietzsche sobre la historia anticuaria –esa que ya “no está animada e inspirada por la fresca vida del presente”, que en su “avidez” por cosas viejas “sabe solo cómo conservar la vida, pero no cómo crearla”–. Lo que se abre –y se requiere– en un nuevo horizonte de posibilidades es la necesidad de enseñar a comprendernos como sujetos sociales e históricos, en la generación de una conciencia histórica crítica, sin caer en los fanatismos a ultranza, ni en las visiones edulcorantes que ceden a la tentación de hacernos pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Lo anterior también tiene una estrecha relación con los nuevos cuestionamientos sobre la disciplina y la función social de la historia, ya que sin duda también han entrado en revisión –como muy bien señala el colega Sebastián Vargas–  “las maneras como producimos y comunicamos el conocimiento histórico para/con públicos amplios y heterogéneos, desbordando el espacio académico especializado, sus métodos, prácticas, lenguajes y formatos convencionales”.

Surge de nuevo la inquietud respecto a las múltiples formas en que se ha querido conservar cierta memoria histórica de las gestas patrióticas de los denominados héroes o prohombres que fundaron la nación, o de aquellos otros que conquistaron los territorios de ultramar, devastando y sometiendo pueblos originarios y grupos humanos desterrados desde África hacia los territorios del Nuevo Mundo. Volvemos a la pregunta: ¿Cómo contextualizar esa gestualidad solemne y victoriosa de un poder que se ha expuesto por años en sitios públicos, y que hoy sólo visitan y recorren –en muchos casos– las palomas con su aletear cotidiano? ¿Y cómo explicar –cómo dejar evidencia y memoria– de esta nueva gestualidad de los contrapoderes que jóvenes de diferentes condiciones sociales y culturales, mujeres, personas de las comunidades LGTBI, estudiantes universitarios y escolares, sindicalistas, afrodescendientes, indígenas, vendedores ambulantes, personas del común, y un sinnúmero de “nini´s”, se atreven a expresar y enarbolar en las calles y parques de los principales centros urbanos del país? ¿Cómo pasar de los hechos aislados a la explicación de procesos históricos de cambio?

Por supuesto que también entra en discusión el concepto de patrimonio, que por lo general se reivindica por su pertenencia colectiva, pero que en la práctica se limita a la reverencia por el orden cívico y aséptico con el que desde décadas y siglos atrás se han querido monumentalizar los sitios públicos y ornamentalizar la ciudad. No dejan de sorprender las manifestaciones de indignación de muchas personas ante el deterioro de ciertos monumentos “patrimoniales”, pero que no se inmutan por otro tipo de patrimonios culturales inmateriales y no tangibles. Lo cierto es que la monumentalidad siempre ha estado en cuestión –como en el caso de Hitler, Franco, Pinochet, Lenin, Stalin, Sadam Hussein –. Y del mismo modo, se ha agudizado cierta tensión por los usos públicos del espacio urbano, entre quienes reivindican el uso de los muros de las ciudades, de los edificios públicos y las paredes de las universidades públicas para expresar su descontento, y aquellos otros que buscan borrar, ocultar y acallar lo que dicen esas paredes, con sus pinturas blancas de la gente de bien, o pinturas plomizas que nos recuerdan la dolorosa, perversa y cínica amenaza de “lo que hay es plomo” para quien se atreva a cuestionar el estatus quo y a subvertir el orden de lo simbólico-social en voz alta o de manera gráfica.

No pretendo definir el camino correcto a seguir. Considero de gran importancia entender los retos del presente en una especie de polifonía comprensiva, sin caer en los mesianismos revolucionarios y cuidándonos de las actitudes reaccionarias a ultranza. Creo que si algo queda es brindar el espacio al debate público, a los giros epistemológicos e interpretativos que nos obligan intelectualmente a dar cabida a las divergencias, a los disensos y a interpelar abiertamente a aquellos que pretendan erigirse en salvadores, lo mismo que frente a aquellos que traten de mantener un punto de vista moral superior y que buscan hablar por toda la sociedad, como muy bien nos advierte Niklas Luhmann en su texto “La honestidad en la política”.

A pesar de cierta tendencia en el imaginario político de muchos colombianos a reproducir una visión cíclica de la historia, soy de los que piensa que las marchas y la reivindicación del derecho a la protesta –el derecho a la calle– nos han abierto un nuevo horizonte de futuro. Y  por lo mismo, es necesario preservar una memoria de las diversas formas de expresión del descontento social que hemos vivido en los dos últimos meses, sumado a las diversas formas de resistencia que se han vivido durante las dos últimas décadas en el país, es decir, desde los inicios del siglo XXI.

Considero que en la historia de muchas ciudades y en la historia del país se ha empezado a escribir un nuevo capítulo de la historia del tiempo presente, que se articula y complementa con los azarosos devenires que nos han dejado los años de la Seguridad Democrática y el Proceso de Paz, tras el acuerdo firmado por el Gobierno del expresidente Juan Manuel Santos con la guerrilla de las FARC. No cabe duda que hemos vivido la mayor insurrección social de los últimos años, que no sólo ha tenido hondas repercusiones en la formación de una nueva conciencia histórica de las nuevas generaciones a nivel local y nacional, sino que también fue seguida con atención, indignación e innumerables muestras de solidaridad a nivel internacional.

¿Cómo se está escribiendo la historia de este presente y cómo será la historia que se escribirá en un futuro acerca de este presente que estamos viviendo de manera tan convulsa? ¿Se hablará de dignidad y de resistencia, de defensa de los derechos humanos, de barbarie policial, o simplemente de terrorismo y vandalismo? ¿Se hablará de un resurgir de las aspiraciones democráticas de muchos sectores de la sociedad colombiana por una mayor justicia y equidad social, o se hablará de la penetración de “fuerzas oscuras del comunismo”, como se hacía en décadas pasadas? ¿Cuáles serán las fuentes más creíbles para los historiadores del futuro? Acá es muy importante tener en cuenta lo que nos han estado informando los medios de comunicación tradicional en el país, pero igualmente lo que está quedando consignado en las redes sociales y en las paredes de las ciudades inundadas de graffitis creativos y coloridos, que dan cuenta de viejos y nuevos repertorios comunicativos.

¿Qué quedará para la posteridad? Es de esperar que nos vengan cambios en la política –de modo que vayamos comprendiendo las lógicas internas y las opacidades del sistema político para generar cambios a nivel nacional (elecciones 2022) y local (elecciones 2023)–; pero también cambios en lo político, en los imaginarios, en las nuevas racionalidades políticas, en los repertorios colectivos, en las formas de organización y de interrelación, en los nuevos debates públicos que motiven cambios paulatinos o abruptos en las instituciones políticas, en la comprensión empática y solidaria de la diversidad en todos sus niveles identitarios, en las nuevas técnicas de gestión comunitarias e institucionales, y en las nuevas formas del vínculo social.  Se trata, en últimas, de tener la capacidad de generar un conocimiento colectivo sobre lo político “como el lugar de acción de la sociedad sobre sí misma”, como lo sugiere Pierre Rosanvallon, y a partir de ahí interactuar en el campo de la política, dejando siempre abierta la puerta a las múltiples y cambiantes formas de articulación de lo social y su representación.

Es muy difícil discernir o describir con unos contornos nítidos todo lo que se mueve en la calle ahora, en relación con la reserva de aspiraciones políticas y morales de los jóvenes que se han atrincherado desde una esquina de cualquier barrio popular de la ciudad como una forma de hacer visible su presencia como sujetos políticos, sociales y de derechos. Se cuestiona el orden político, la credibilidad de los políticos y de los medios de comunicación, al igual que la legitimidad del sistema económico que impera de manera implacable. No escapan a esta crisis en el orden de los imaginarios políticos y sociales, los valores rancios sobre los que supuestamente se han fundado los créditos de la democracia colombiana como la más estable, madura y pacífica de toda América Latina. Y mucho menos después de que la comunidad internacional observará con indignación los atropellos, las amenazas, desapariciones y asesinatos con los que la Fuerza Pública –y algunos civiles armados– buscaron reprimir las marchas y los bloqueos que fueron característicos de estos dos meses imborrables en la historia de la Colombia contemporánea. Esta historia habrá de reconsiderarse profundamente –no podemos seguir atados reverencialmente a una historia desmemoriada y negacionista–.

Es claro que si todos estos aspectos señalados anteriormente dan cuenta de una crisis en el orden imaginario de la sociedad, esta crisis puede ser tomada también como una oportunidad, tanto en el ámbito de la formación profesional de los historiadores, como en la formación de los formadores de las futuras generaciones de colombianos, y en la relación de la sociedad con su propia historia. Han salido a flote la explosión de las desigualdades y la privatización de las riquezas, lo mismo que la frustración por un porvenir que nos estaba prometido, y que lamentablemente se ha vuelto constitutivo de nuestra formación social inequitativa.

Siguiendo a Bruno Latour, podríamos decir que este es un momento propicio para generar un giro significativo en la construcción de los saberes históricos que servirán de base para fomentar un nuevo lazo social más incluyente y equitativo. Debemos asumir –como muy bien dice Latour– que “la verdad no puede nunca ser decretada por una sola persona aislada; deber ser instituida, es decir elaborada y discutida colectivamente”, a lo que también cabría agregar que “todo fenómeno se inscribe en una red de relaciones. El absolutismo no tiene cabida en ciencias”.

En esta misma senda avanza la deriva política e histórica del patrimonio, para pasar de la rígida memoria del monumento, de lo histórico-inamovible a lo fluido, “que permita una reflexión sobre la temporalidad de las obras, no importa cuán sólida parezcan conceptual o físicamente”, como propone la artista Patricia Correa. Entonces, ¿cómo no reconstruir cuando aparecen grietas por todas partes?, como muy bien lo sugiere Lucien Febvre en sus “Combates por la historia”. Hoy en día, postulados como los de Ernest Gellner, en el sentido de que “la nación es un gran olvido” –con un sinnúmero de silencios–, requieren ser tomados con sumo cuidado y con beneficio de inventario, en función de una historia crítica que sirva como una especie de correlato a los tiempos convulsos que vivimos en la actualidad. Quizás de esta manera nos podríamos enfrentar de manera más constructiva a la confrontación entre el pasado y el futuro que se escenifica en nuestro presente histórico, en un diálogo continuo entre “experiencia y expectativa”, como muy bien lo planteó el historiador alemán Reinhart Koselleck. 

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