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Pereira
jueves, abril 25, 2024

Recuerdos

Echar a andar la memoria, abrir esa pequeña cajita de los recuerdos, revivir ese
momento glorioso pero que también puede ser amargo o doloroso. A eso se
dedicaron en estos días los estudiantes que asisten al Taller de Géneros
Periodísticos del Programa de Comunicación Audiovisual y Digital de la Fundación
Universitaria del Área Andina, a recordar esos instantes que son como un
pestañeo que luego de lecturas, de escribir y borrar, aquí presentan. Ahora lea
usted. Siga.

Falda Verde
María José Marín Toro
Dolor de cabeza, palpitaciones fuertes y muchas lágrimas, luego de un sueño
terrible, me violaban y mataban en la universidad por llevarla puesta, aún así, me
levanté, me organicé y me la puse, mirándome en el espejo de mi habitación, lloré
un poco más, me abracé y cerré mis ojos.
Por el espejo veo su sombra. “Yo tengo necesidades, hágale a ver”, me dijo con
un empujón me tiró dentro de un baño, cerró la puerta, su sonrisa y sus ojos son lo
último que recuerdo ver, apreté mis ojos y como si pusieran cinta en mi boca, se lo
permití. Cada vez más insistente, sus manos en mi espalda y en cada esquina de
mi cuerpo, no le faltó un solo espacio, su cuerpo contra mí, no me dejaba mover,
totalmente paralizada mi ojos se llenaban de lágrimas y a su vez caían sin parar,
el dolor abrazaba mi cuerpo y justo cuando su mano derecha y llena de fuerza me
estaba dejando sin respiración, un golpe fue como una salvación para mi. “Salen
ya, no necesito decir sus nombres, los quiero ya afuera”, dijo el director. “Si dice
algo, será peor para la próxima”, me dijo Juan. Llorando salí, sin un solo gramo de
dignidad y antes de entrar a la oficina lo volví a escuchar. “Quién la manda a
ponerse esa falda verde”
De repente su voz, “Majo, espere, no se vaya” se acerca, sus manos calientes, y
su voz en mi oído, no me soltaban, el corazón agitado, lo sentía en mi garganta, el
temblor en las manos, las lágrimas queriendo salir de mis ojos, mi vista nublada,
mi respiración cada vez más fuerte, mis ganas de gritar y de llorar bloquearon mis
oídos a cualquiera de sus palabras asquerosas. Logré levantarme, me subí la
falda, bajé las oscuras escaleras, dejé el vaso en la cocina y salí de la casa
esquinera. Un respiro profundo, subí al carro y dije: “Hola papi, mami, hola Juan,
holi Kathe” sin titubear y sin llorar. Solo quería llegar a casa, fue un largo camino
odiando mi falda verde.

“Maria! ¡Nada que sale de la habitación!” Abro los ojos, sigo frente a mi espejo, las
lágrimas caen sobre mis cachetes, suena mi celular, era Luisa. “¿Gordita estás
lista? Baja”. Tomé mi bolso, le di un abrazo a mamá y salí de casa. Me preguntaba
con mucho temor y dolor mientras iba camino a la universidad ¿De quién era el
problema, de mi falda verde, o de esos seres asquerosos a los que no les
enseñaron a respetar un “No”?

Morir Temprano
Michael Darwin Valencia Cardona
¡Amor, despierta! ¡Despierta amor! El sueño pasó a ser realidad. Respiro profundo
y me siento en la cama, se me ponen los pelos de punta al escribir esto, los
traumas existen y aquel día lo conocí. Nada me había movido tanto el piso como
5,6 en la tierra sobre la escala de Richter, la cama se meneaba de lado a lado.
¡Amor, está temblando, salgamos! De un brinco estoy en el suelo, observo por la
ventana y veo una mañana con un cielo gris, nublado, en mi cabeza sentía como
una especie de alarma apocalíptica, el ambiente era denso, pesado, aún sentía
que todo era muy dramático como si estuviera dentro de un sueño, fue la
inesperada sensación de despertar sobreviviendo. Intentamos salir de la
habitación pero recordé que estaba en boxers, corrí por mi pantalón y bajamos al
segundo piso, una vez iba a abrir la puerta, me puse el pantalón en solo dos
movimientos ligeros, salí y la chica con la que desperté fue por su abuela al fondo
del pasillo, una vez toqué el pavimento de la calle sin medias ni zapatos, pude
percibir el fin del mundo, las estructuras producían un sonido indescriptible, la
gente empijamada en las calles, los perros ladrando, los carros inmóviles en las
calles y el zumbido que continúa en mi cabeza.
Una vez la abuela sale de la casa con su nieta baja la intensidad del sismo, la
abuela empieza a rezar un padre nuestro, su pijama azul claro, sus chanclitas
negras y su camándula la visten en medio de una parálisis temporal, el miedo a la
muerte cercana paralizó cualquier señal de unos “buenos días mi amor”, un
“quieres un café“, un “te quiero”, un “te amo”, un “aprecio mucho cuando dormimos
juntos” o un “te amo abuela, ¿cómo amaneciste?”. Su nieta le abraza y yo desde
el otro lado del andén, observo mi alrededor apenas recobrando mi consciencia y
saliendo del estado automático de sobrevivir. Percibo que estoy sin camiseta, el
frío de las 6:27 a.m. me abraza.
En ese momento no quería ingresar a la casa, sentí que no debía ingresar
al lugar del que había salido y que en segundos dejó de tener el nombre de
refugio, sin embargo, la necesidad de comunicarme con mi familia fue lo que me
obligó a entrar de nuevo, sentí escalofrío al subir las 11 escalas, en la quinta está

el descanso y a la derecha en la pared, hay una catana bien posicionada, verifiqué
si el movimiento había generado alguna irregularidad en su posición. Llegamos a
la habitación, tomé mi celular y las redes estaban colapsadas, no enviaban los
mensajes ni salían las llamadas, insistí y minutos después, recibo un mensaje en
el que afirman estar bien en casa.
Esa mañana me permitió apreciar una vez más la vida, aún cuando el día
anterior viví varias crisis de pánico, la taquicardia generada por un exceso de
cafeína, los espasmos musculares sobre mi xifoides, el haber asistido a urgencias
y culminar la noche viendo “La Sociedad de la Nieve”. Tantos factores que se
desenlazan en despertar sobreviviendo, aún cuando semanas después sueño con
el sismo y la apnea del sueño me despierta agitado.

Bebés Arcoíris

Juliana Grisales Jiménez
Hace seis años mi tía tuvo un aborto, su cuerpo tenía exceso de prolactina en el
cuerpo y por esa razón perdió su bebé. Este bebé era un embarazo deseado,
recuerdo estar muy emocionada porque mi tía ha sido como mi hermana entonces
yo estaba feliz porque iba a ser una “tía joven”. El día que mi tía empezó a tener
sangrado yo estaba de vacaciones en su casa entonces yo la acompañé al
hospital a realizarse la ecografía para ver si todo estaba en orden, yo juraba que
todo estaba muy bien y solo iba a saber que sexo era primito.
Recuerdo muy bien la voz y la intención del ecografista diciendo “Ah si, el bebé
está muerto, hace 2 meses dejó de crecer”, supongo yo que por su profesión ya es
una persona sin tacto y solo dice sus diagnósticos. Por primera vez experimenté el
sentimiento de perder a alguien, era muy complicado porque era alguien quien no
conocía, pero sabía que me dolía y me afectaba. Después de este suceso, mi tía y
el esposo se sometieron exámenes para saber él porqué había pasado esto,
después de varios meses de investigación fue donde les informaron que mi tía
debía hacerse tratamientos para mantener los niveles de prolactina adecuados
para poder tener un embarazo sano y sin riesgos, mi tía duró 5 años tomando todo
este tipo de recomendaciones de su ginecólogo.
Llegó el momento en que ya estaban listos para procrear su nueva creatura, no
recuerdo muy bien cuanto tiempo se demoraron para tener el resultado positivo en
la prueba de embarazo, pero lo que recuerdo perfectamente era ese sentimiento
de felicidad disfrazado de miedo y angustia de que volviera a pasar, mi tía nos
decía “Si esta vez vuelve a pasar no lo volveremos a intentar, entenderemos que

no es nuestra misión traer bebés al mundo”. Esta noticia nos conmovió a todos,
nuevamente tendremos bebés en la familia y prometimos cuidarla y ayudarla
siempre.
Cuatro meses de embarazo tenía mi tía cuando empezó a tener un sangrado color
café, volvió ese mal presentimiento, mi tía con mucha madurez nos llamó y dijo:
“Pase lo que pase, lo intenté, estoy muy feliz y agradecida por todo lo que ha
pasado, cuando salga del consultorio las llamo”. Fueron las horas más largas de
mi vida.
Suena el celular, yo no estaba en mi casa, mi tía le cuenta lo sucedido a mi mamá
y ella procede a llamarme llorando, me dice “Juliana, son dos” yo sin entender,
asustada le digo “¡Qué! No puede ser posible”, efectivamente mi tía había
heredado el poder de ser mamá de gemelas, aunque fue un embarazo riesgoso,
estuvo lleno de amor y cuidados, festejamos todos los días y tuvimos la revelación
de sexo más emocionante al saber que eran niñas y que ya íbamos a ser cinco
sobrinas. Hoy son unas bebés de 16 meses, amadas, bendecidas, deseadas y
siempre estaremos agradecidos por nuestras bebés arcoíris.

 

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