Reconsideraciones pseudohistóricas

Mateo Quintero Segura

Del aforismo al acto
Cioran, embebido en sus consideraciones sobre la existencia humana, no halló jamás un sentido que lo satisficiera. Contrario a esto, pregonó sobre la imposibilidad de cualquier absoluto, aunque el hombre siempre anhelara uno. Estuvo en desacuerdo con todo lo que sucedió en el mundo desde el nacimiento de Adán. La vida lo avasallaba, especialmente en su juventud, cuando se encontró superado por su contexto interior y escribió En las cimas de la desesperación. En una vida carente de sentido, donde lo único en que invertía su vida era en soportarse, estuvo a favor de la inexistencia, pues el alumbramiento le pareció un inconveniente. Por ello, su vida estuvo marcada en la inacción y en la negación. Ningún acto parecía ser admirable: toda acción la desestimaba y lo desanimaba. Consideró, entonces, que la existencia como suceso atroz no era soportable sin la idea del suicidio: «El suicidio es capital. Cuando alguien que quiere suicidarse viene a verme, le digo: ‘Es una idea positiva. Puede usted hacerlo en cualquier momento’. La vida no tiene sentido, sólo se vive para morir. Pero es muy importante saber que podemos matarnos cuando queramos. Eso nos calma, nos satisface». Incluso, propuso que a los niños de las escuelas, cuando estuvieran agobiados por algún hecho, se les persuadiera diciéndoles: Tranquilos, chicos, podéis mataros cuando queráis.

El pensamiento más vital que tuvo fue el del suicidio. Su aliento más profundo fue la de la capacidad que tenemos los seres humanos de matarnos, de extirpar nuestra propia existencia. Su vida se mantuvo gracias a la tranquilidad que le proporcionaba saber que podría quitarse la vida que llevó como un lastre cuando le viniera en gana. Y, sin embargo, nunca se mató. Acumuló en su espalda una gran cantidad de años. Simone Boué, su esposa, por el contrario, en el silencio que da vivir en la incógnita, jamás profirió una frase pública acerca del suicidio. Y se mató. Ella sí se mató. Del aforismo al acto hay mucho trecho, mucho más que del silencio al hecho.

Juego borgeano
¿Cuándo seré yo el viejo pensionado que escucha en la radio destartalada a Rodolfo Aicardi todo el domingo desde el balcón, bebiendo y emborrachándose, mientras inspira al mismo tiempo a un joven que vive frente a su casa y nunca lo saluda y que acaso escribirá una prosa similar a esta?

Una vida vulgar no correspondería a su grandeza
Humillado, una noche lo expulsan del casino. En la fría Petersburgo huye con su conciencia obnubilada por el temor. Sabe que ha quedado en bancarrota. Sabe que debe una suma exuberante. Entre el frío aciago de su suerte se siente un desdichado. Un hombre condenado al infortunio. Recuerda que sintió que era un hombre nacido para grandes cosas cuando le informaron del indulto que permitía que su vida no fuese desechada por una bala casi anónima en el patíbulo. Ese sentimiento aún no ha desaparecido del todo. Algo dentro de él le augura que está escribiendo una obra maestra, una obra inmortal que quedará para siempre en las primeras planas de la literatura universal. También posee la certeza, empero, de que esa obra debe ser tratada sin premura, debe tomarse su tiempo para encadenar los sucesos que harán que Raskolnikov no pueda con la culpa y se entregue. Ahora, entonces, ¿cómo hará para cargar él con su culpa? Sabe que el juego y la literatura controlan su vida. ¿Será que el destino amarga la consecución de esta obra inmortal? El dinero, cuestión sin importancia frente al arte, ¿podrá socavarle el trayecto a lo imperecedero?

Pide un adelanto a la editorial por Crimen y castigo. Se lo dan. Con eso logra saldar la deuda y poder vivir un poco más holgado. El adelanto, sin embargo, se lo dan con una condición: la obra debe estar terminada en un mes. ¿Están locos estos tipos? El estudiante apenas se siente pletórico por el asesinato de la vieja usurera y por la impunidad de su cruento acto. Falta más de un mes para que sienta el remordimiento atroz que lo condenará. ¿Qué hacer? Sabe que el juego y la literatura controlan su vida. Sabe que está escribiendo su obra cumbre. Decide, entre la histeria que debe sentir un genio por dentro, y más un genio atormentado por la epilepsia, dividir su día en una triada increíble. En la mañana, continúa con su obra maestra. En la tarde, empieza a escribir El jugador, haciendo de su vicio un arte, y en la noche satisface su anhelo de derrota jugando a la ruleta.

 

La oportunidad desaprovechada
Esta doble infamia también es antigua.
A lo largo de los siglos, la historia se repite y otorga oportunidades a sus actores principales. Javier Cercas nos permitió reconocer que un solo instante vale para que un enemigo sea redimido. Adolfo Suárez, contrario a lo previsto, aceptó la derrota y quizá en un acto de conciliación con su patria no se opuso a lo que podría haber sido su muerte. Con un solo acto, la perspectiva de los personajes se transforma en la memoria colectiva. La historia intenta ajustar el desbalance del mal provocado por los hombres.
Algo un poco más humillante lo suscita Dios. Si hubiese dejado a Job ejercer la libertad de blasfemar, aquel personaje sería ahora uno de los innumerables enemigos que tuvo en el Antiguo Testamento Yahvé. Le dio, no obstante, la oportunidad de reconciliarse con su deber y ahora es símbolo de la entrega y la sumisión a los designios divinos.

En Colombia, Popeye casi expira en la impunidad. Este hecho no es en absoluto sorprendente; lo sorprendente hubiera sido lo contrario: que fuera castigado. En el torrente sanguíneo de nuestra historia, un personaje macabro más es solo eso: un nombre involucrado en el conflicto sin fin. En este caso particular, el infame sicario conocía los secretos de dos de los principales perpetuadores del color rojo de nuestra bandera. Con el primero no había nada que hacer, todos sabíamos que lo idolatraba, que lo ponía en categoría de Dios y que jamás contrariaría sus intereses. Con el segundo, por el contrario, quedaba una esperanza. En múltiples entrevistas manifestó que algún día hablaría de él y revelaría sus atrocidades, para que Colombia tuviera por lo menos el consuelo de la verdad. La historia dio una oportunidad de reconciliación. La esperanza, no obstante, fue vana. El sicario se fue, sin violencia y sin darnos una migaja de verdad.

La ventaja de ser siempre una promesa
Estar siempre al borde de los hechos, permanecer en la periferia de los acontecimientos, ser considerado por los tiempos venideros como una promesa incumplida, tiene una grandiosa ventaja: no haber podido satisfacer los anhelos ni la esperanza depositada. Claro está que dicha ventaja estriba en que el incumplimiento sea causado por un factor externo y no por flaquezas individuales. De esta manera, al no haber tenido la obligación de ejecutar con actos lo que las palabras emitidas profirieron, la historia se vuelve indulgente con nosotros. Los claros ejemplos de los que consta Colombia son Gaitán y Galán. Por siempre quedará la duda de cómo hubiera sido el país si aquellos hubiesen gobernado. Nada más fatuo en la historia que el hubiera. El pueblo se alentó con sus promesas y los recuerdan como hombres que pudieron haber hecho las cosas de distinta manera, pero que una bala infame lo impidió. Si los individuos realizan sus actos con la esperanza de ser recordados, no hay mejor estrategia que prometer y prometer pero jamás llegar a ejercer lo prometido, achacando el error a terceros. Galán y Gaitán, cercenados por la muerte, jamás pudieron llegar al poder y cumplir lo prometido. Por ello, son los políticos más queridos y mejor recordados. Los demás, los que obtuvieron el poder supremo en este país centralista, son desdeñados con justa razón: la promesa se incumplió por su negligencia, no porque otros lo impidieran. El poder los superó. Ahora, la eterna promesa de la política es Petro. ¿Seguirá hasta alcanzar la gloria y verse superado por los acontecimientos, o la mafia electora impedirá por siempre que nos demuestre con actos lo que prometió y anhelamos?

Elogio de la informalidad
El ejercicio de la existencia es harto complicado. Innumerables ejemplos nos otorga la historia. Los mejores individuos se han visto amordazados por el destino que los avasalla y cometen los mismos o peores errores que nosotros, seres comunes. Sin una carta magna, sin una guía verdadera, vagamos por el mundo perdidos en el esplendor de los días. Aquí en Colombia o en Noruega la vida es compleja y ardua. Los trabajos y los días nos desalientan. Creer que un país es la cumbre de la humanidad es infantil. Los lugares en los que no pasa nada, como algunos refieren, solo por haber logrado la estabilidad política y económica, acarrean muchos problemas de índole psicológico en sus habitantes. Basta mirar los índices de consumo de antidepresivos en aquellos países. Nuestra vida ondea entre la turbulencia y el hastío.

Por ello no argumento que en Colombia se viva peor que en otras naciones. Cada cual cargará con el peso de su patria. Sin embargo, que el Estado sea el mayor enemigo de nuestra existencia es algo que no se puede dejar pasar por el alto. Un Estado que en lugar de protegernos, nos desampara, y en lugar de otorgarnos oportunidades, nos las anula. La carencia de un empleo digno, la casi inutilidad laboral que presagia el estudio profesional, son factores que obligan al colombiano promedio a vivir la vida como una eterna lucha, como una batalla en la que es imposible tener un momento de reposo.

Lo que mantiene a Colombia por fuera del colapso total es la fortaleza casi histérica de sus habitantes, que no se dejan doblegar por los acontecimientos e impide que se mueran por inanición. Cualquier día, entre semana – e inclusive los domingos, claro está – sales a la calle y te encuentras individuos ejerciendo gran variedad de labores. La señora que vende arepas, el hombre que lava carros, los emboladores de zapatos, los contadores de cuentos – nuestros juglares –, los vendedores de chucherías. Todos carentes de un empleo formal, de una esperanza de futuro sosegado y en calma. Sin salud, sin pensión, sin vacaciones. «Uno solo descansa cuando se muere», repetía con constancia mi abuelo, que no disfrutó nunca de un verano vacacional.