17.5 C
Pereira
viernes, diciembre 2, 2022

Querida pelota

En lo tocante al fútbol, debo ser el apóstata que más veces ha renegado de sus propias blasfemias.

n Gustavo Colorado Grisales

He despotricado en todas partes contra el cartel mafioso de la Fifa y sus cada vez más frecuentes bellaquerías, como esa de cambiar los meses tradicionales del mundial para satisfacer las exigencias de sus más recientes socios, los jeques cataríes.  He fustigado las componendas de empresarios, dirigentes, directivos, entrenadores, periodistas deportivos venales y canales de televisión que se inventan torneos a cada rato para vender publicidad y derechos de transmisión sin importar que los futbolistas terminen desechos por la cantidad de partidos jugados. He discutido con padres de familia parásitos que convierten a sus hijos en mercancías y los obligan a ingresar a escuelas de fútbol que surgen por todas partes, con la esperanza de transferirlos a una liga poderosa de Europa o a un club local que los proyecte hacia el exterior.

Pero todo eso se viene abajo cuando veo un grupo de niños -a menudo más de once por equipo- correr detrás de una pelota en medio de una polvareda o chapoteando entre el fango en medio de la lluvia.

Casi siempre las porterías están armadas con piedras o con la ropa de los jugadores. La pelota puede estar medio desinflada, pero cuando alguno logra escabullirse entre el coro de rivales que gritan “¡Cójalo, cójalo!”, como si se tratara de un ladrón callejero, siento que esos chicos se acercan sin saberlo a una forma de redención.

Torneos de barrio

Aparte de eso, soy un devoto de los torneos de barrio y de vereda: los últimos reductos de quienes juegan por el simple placer de hacerlo. En ellos participan desde adolescentes flacos y talentosos como Cruyff hasta cincuentones de barrigas prominentes como el Maradona de su etapa final. En el entretiempo recuperan calorías atiborrándose de golosinas de sal. Si hace calor se hidratan con cerveza y si el frío arrecia lo hacen con aguardiente, ron o Whisky, depende del bolsillo de los oficiantes.

Porque lo único claro es que estos tipos son dichosos cuando se reúnen a oficiar el viejo rito de la pelota que, según cuentan los viejos cronistas, se remonta a los aztecas antes de la llegada de los europeos.

Me conmueve ver rodar un balón calle abajo y, una fracción de segundo después, la carrera de un niño que lo persigue como a un pájaro fugitivo, tratando de impedir el predecible y ruidoso final del muy esquivo bajo las ruedas   de un camión conducido por un miope o por un fulano que odia el fútbol.

Hace unos años me hice invitar a uno de esos torneos de veteranos gozosos. Se jugaba en una de esas canchas en las que el césped escasea en el área grande y se convierte en rastrojo en los lugares menos transitados por la tropa.  Después de tres partidos, mi saldo personal fue escuálido: ni un gol y un severo esguince de tobillo que me obligó a andar con muletas durante dos semanas.

El dictamen médico fue lapidario: “Mi amigo, usted ya no está para estos trotes; mejor dedíquese al futbolín o cómprese una consola de video juegos”, sentenció el matasanos. Soy de la era predigital y el futbolín siempre me pareció patético. Así que, en busca de consuelo, me dirigí como un peregrino a mi biblioteca y emprendí una selección de revistas y de libros que hablan de fútbol. Guardo como un tesoro un puñado de ejemplares de la revista argentina El Gráfico en sus días de gloria. En sus portadas me topé con viejos conocidos: esos locos geniales que fueron el arquero Hugo Gatti y el puntero derecho René Orlando Houseman o los hermanos Néstor y Héctor Scotta- de nombres homéricos-, goleadores en equipos distintos. También estaban el River de “El Beto “Alonso y “El Pinino” Mas o el Huracán de Menotti, ese cruce de futbolista, filósofo, poeta, militante comunista y fumador suicida.

A Colombia

A menudo me encuentro con grandes jugadores que llegaron después al fútbol colombiano. Los arqueros Raúl Navarro, Alberto Pedro Vivalda o Juan Carlos Delménico; defensores como Óscar Cálics, mundialista en 1966; volantes talentosos de la estirpe de Jorge Hugo Fernández o goleadores de la talla de Corbatta, Prospitti, Devani, Lallana, Irigoyen o Palavecino.

Y a su lado los libros, claro, empezando por «Siento ruido de pelota”, del uruguayo Diego Lucero; los  salmos de Vinicius de Moraes a su amado Botafogo y al gran Garrincha; Eduardo Galeano y su amorosa ironía política; Osvaldo Soriano y sus impagables “Memorias del míster Peregrino Fernández y otros relatos de fútbol”; Juan Villoro y su particular teofanía donde “Dios es redondo”; Martín Caparrós y su entrañable Historia de Boca Juniors titulada, así sin más, “Boquita”.

Pero hay más: la novela “El miedo del portero ante el penalti”, de Peter Handke; las lecciones de táctica y estrategia de Johan Cruyff; las reflexiones de Albert Camus sobre su época de arquero; el reportaje de Ernesto Sábato acerca de su paso por las divisiones inferiores de Estudiantes de La Plata; los cuentos y ensayos de Jorge Valdano , puntero derecho de gran suceso en River, el Real Madrid y la selección campeona en México 86 , aparte de  algunas  crónicas del colombiano Alberto Salcedo Ramos.

Cuando se acerca la Semana Santa, las abuelas sacan del armario sus mejores vestidos negros o de medio luto; desempolvan su colección de camándulas y rosarios, preparan los cirios para la bendición del obispo y se aprestan para recibir la manifestación de la divinidad.

Siguiendo esa ruta yo, que también soy devoto, cuando se aproxima el mundial de fútbol desempaco mi pequeña colección de libros y revistas litúrgicos y me preparo para recibir en comunión a la querida pelota; no importa que los rufianes de la Fifa desempeñen tan bien su rol de mercaderes del templo.

Este año, por ejemplo, espero que el gran Lio Messi gane  al fin su mundial y descanse  en santa en paz en las playas de Barcelona.

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -