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viernes, julio 1, 2022

PRÓLOGO DEL LIBRO “COOPERACIÓN O EXTINCIÓN”, Noam Chomsky en Las Artes

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El eje roto del alma

Todas las lágrimas

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No se puede pasar por alto la alarma de una “extinción inminente”. Debería constituir un eje central firme de todo programa de concienciación, organización y activismo; figurar como trasfondo de cualquier forma de participación en todas las demás luchas. Pero, al mismo tiempo, no puede desplazar a estos otros asuntos, en parte porque tienen una gran importancia, pero también porque los dilemas existenciales no se pueden abordar de forma eficaz a menos que haya una conciencia y una comprensión generalizadas de lo apremiantes que son. Y algo así presupone una sensibilidad más amplia hacia los problemas e injusticias que hostigan al mundo, una toma de conciencia más profunda, que sirva para inspirar un activismo comprometido, con un enfoque más penetrante sobre las raíces de tales asuntos y las interrelaciones que entre ellos se dan. No tie­ ne sentido propugnar la militancia cuando la pobla­ ción no está lista para ella, y para conseguir que lo esté no hay mayor secreto que el trabajo paciente. Puede resultar frustrante, si se considera que las amenazas existenciales son inminentes y muy reales, pero, en cualquier caso, se trata de etapas preliminares que no se pueden saltar. (Noam Chomsky)

Una brumosa tarde de mediados de octubre de 2016, precisamente antes de las funestas elecciones que llevarían a Donald J. Trump a la Casa Blanca, una gran multitud se congregó en el exterior de la histórica iglesia de Old South, en Boston.

Llegó a ocupar el largo de más de dos manzanas. Aunque todos los presentes estaban preocupados por las inminentes elecciones, el voto no era lo único que les ocupaba la mente; algunos habían acudido desde allende las fronteras para asistir al «encuentro con Chomsky», el término con el que se designa genéricamente a las características charlas y conversaciones públicas que en tantas ocasiones tienen lugar cuando el distinguido lingüista e intelectual se dirige a una audiencia.
En efecto, la juvenil concurrencia que cubría las aceras estaba a punto de interactuar con Noam Chomsky, tal y como sus abuelos habían hecho cincuenta años antes, cuando aquel se involucrara en el cuestionamiento público de una intervención estadounidense en Vietnam que aún iba a más.

Con base en fuentes abiertamente disponibles para el público, el académico estructuró en esta ocasión una conferencia en una prosa sobria pero elocuente, con unos argumentos y un vocabulario de fácil comprensión para la vasta mayoría de los presentes. Este encuentro con Chomsky mantuvo el mismo esquema que en ocasiones pasadas y, así, como no puede ser de otra manera, hubo un holgado turno de preguntas y respuestas en el que el orador respondió a los interrogantes y comentarios, así como, incluso, a las infrecuentes interrupciones del auditorio.

Cada una de las respuestas dadas se recibió con la misma atención serena y reflexiva con la que se había escuchado la propia charla principal. Quizá constituyesen la única excepción aquellos interrogantes en que se le exigía hablar de sí mismo. Estos casos recibieron un tratamiento diferente; los ignoró, pasó por encima de ellos o incluso los desechó con elegancia.

Debido a sus profundas convicciones igualitarias y democráticas, parece que Chomsky encuentra tales cuestiones irrelevantes. Los hechos y argumentos que enarbola al servicio de las «causas del pueblo» las convierten en extravagancias. Y la causa a la que había que dedicarse aquel octubre de 2016 era algo diferente de aquellas a las que se había estado aplicando en años recientes.

Sin referencia a ninguna atrocidad o transgresión en la que hubiera incurrido ningún superpoder, la char­ la de aquella tarde tenía el título de «Internacionalismo o extinción». El segundo sustantivo no se refería ni a algún tipo de política ni a ningún desastre particular, ya fuera en la esfera nacional o en la local, sino a la perspectiva de la destrucción de prácticamente todas las especies del planeta.

La audiencia allí reunida charlaba paciente y en voz baja mientras llegaba la hora en la que, por fin, se abrirían las puertas. No cabe duda de que el título de la disertación constituía una advertencia clara de la temática apocalíptica que se iba a abordar, pero ¿cómo se prepara a un auditorio, incluso a uno informado, para que considere que hay en marcha una serie de acontecimientos que pueden ser terminales para la mayoría de las especies, la propia incluida? Seguro que la experiencia del público congregado fue igual a la del presente lector ante este librito, anunciado con un título tan intimidante como puede tenerlo una lectura actual.

Pero, como contra­ partida, tenemos la promesa de Noam Chomsky de que los hechos complejos y las estructuras sociales que se nos imponen son susceptibles de razonamiento humano. La deliberación sosegada; el intercambio de perspectivas; los argumentos y los conceptos formulados con claridad; las narrativas históricas sin adornos; el cuestionamiento estratégico, y el compromiso colectivo para persuadir, presionar y sobreponerse a las causas de la destrucción forman parte en su conjunto del compromiso activista no declarado, aunque implícito, que subyace a una charla de Chomsky.

Este libro es un seguimiento de este encuentro en particular. El cuerpo principal, el capítulo 1, consiste en el discurso original, complementado con una serie de notas editoriales que conducirán al lector a los materiales a que se hace referencia, así como a otros recursos adicionales.

Se sigue, en el capítulo 2, de la transcripción de una conversación en el mismo encuentro con Wallace Shawn, un activista comprometido, más conocido como dramaturgo y actor de éxito. Sobre los pilares de una amistad iniciada en la Nicaragua sandinista de los ochenta, Wally Shawn reflexionaba en torno a las palabras de Chomsky y le pedía que respondiese a una pregunta siempre difícil, a saber, la de cómo convencer a todos aquellos que no estaban allí presentes de que hay que preocuparse, de que hay que hacer algo. La respuesta debió de parecer insatisfactoria a la audiencia, y quizá también al propio Shawn.

El interpelado hizo un recuento de las distintas oportunidades que se habían dado para materializar tratados, con ilustrativos ejemplos históricos y los fundamentos de dichos convenios. Más que mostrar una actitud displicente ante la pregunta, lo que hizo fue presentar a Wallace Shawn y al resto de la audiencia lo que parecía tan cercano a un «dogma de Chomsky» como cualquier enunciado del distinguido pensador, a saber, que debemos convencer a la gente de que hay que preocuparse y actuar a base de poner en evidencia los hechos, así como las oportunidades disponibles, entre las que se encontrarían dichos tratados.

Sin embargo, no está garantizado que quienes escuchan vayan a tomar los rumbos de acción apropiados. Va implícito que la historia está en nuestras manos, en las de nuestra creatividad… y también en las de nuestros límites.

En el turno de debate con la audiencia, cuya transcripción conforma el capítulo 3, se siguió por los mismos derroteros de la conversación con Wallace Shawn, y, como suele ocurrir con los encuentros con Chomsky, se fueron repitiendo variantes de las mismas preguntas y respuestas. Aunque el dictamen subyacente nunca cambia, cada una de las contestaciones concretas es rica en detalles y está cuidadosamente argumentada, con respeto a las especificidades históricas de cada materia y, en consecuencia, a los dilemas distintivos de quienes desean hacer algo en cuanto a esa materia en particular. Sea como sea, no hay lucha, por muy local o particular que pueda resultar, que se deje en segundo plano. El desafío para quienes deseen inducir el cambio, pues, es cómo articular esas luchas específicas en otras más generales, en especial, en aquellas a las que se enfrenta la humanidad como un todo.

La respuesta inmediata de Chomsky, condicionada por el respeto que tiene por las luchas locales, viene dada de manera explícita en el post scriptum que él mismo ofrece a la charla, en el capítulo 4, y que consiste en una serie de notas escritas en 2019 para actualizar el análisis y adaptarlo al momento posterior a las elecciones y a los primeros dos años de la Administración Trump.

Una brumosa tarde de mediados de octubre de 2016, precisamente antes de las funestas elecciones que llevarían a Donald J. Trump a la Casa Blanca, una gran multitud se congregó en el exterior de la histórica iglesia de Old South, en Boston.

Llegó a ocupar el largo de más de dos manzanas. Aunque todos los presentes estaban preocupados por las inminentes elecciones, el voto no era lo único que les ocupaba la mente; algunos habían acudido desde allende las fronteras para asistir al «encuentro con Chomsky», el término con el que se designa genéricamente a las características charlas y conversaciones públicas que en tantas ocasiones tienen lugar cuando el distinguido lingüista e intelectual se dirige a una audiencia.
En efecto, la juvenil concurrencia que cubría las aceras estaba a punto de interactuar con Noam Chomsky, tal y como sus abuelos habían hecho cincuenta años antes, cuando aquel se involucrara en el cuestionamiento público de una intervención estadounidense en Vietnam que aún iba a más.

Con base en fuentes abiertamente disponibles para el público, el académico estructuró en esta ocasión una conferencia en una prosa sobria pero elocuente, con unos argumentos y un vocabulario de fácil comprensión para la vasta mayoría de los presentes. Este encuentro con Chomsky mantuvo el mismo esquema que en ocasiones pasadas y, así, como no puede ser de otra manera, hubo un holgado turno de preguntas y respuestas en el que el orador respondió a los interrogantes y comentarios, así como, incluso, a las infrecuentes interrupciones del auditorio.

Cada una de las respuestas dadas se recibió con la misma atención serena y reflexiva con la que se había escuchado la propia charla principal. Quizá constituyesen la única excepción aquellos interrogantes en que se le exigía hablar de sí mismo. Estos casos recibieron un tratamiento diferente; los ignoró, pasó por encima de ellos o incluso los desechó con elegancia.

Debido a sus profundas convicciones igualitarias y democráticas, parece que Chomsky encuentra tales cuestiones irrelevantes. Los hechos y argumentos que enarbola al servicio de las «causas del pueblo» las convierten en extravagancias. Y la causa a la que había que dedicarse aquel octubre de 2016 era algo diferente de aquellas a las que se había estado aplicando en años recientes.

Sin referencia a ninguna atrocidad o transgresión en la que hubiera incurrido ningún superpoder, la char­ la de aquella tarde tenía el título de «Internacionalismo o extinción». El segundo sustantivo no se refería ni a algún tipo de política ni a ningún desastre particular, ya fuera en la esfera nacional o en la local, sino a la perspectiva de la destrucción de prácticamente todas las especies del planeta.

La audiencia allí reunida charlaba paciente y en voz baja mientras llegaba la hora en la que, por fin, se abrirían las puertas. No cabe duda de que el título de la disertación constituía una advertencia clara de la temática apocalíptica que se iba a abordar, pero ¿cómo se prepara a un auditorio, incluso a uno informado, para que considere que hay en marcha una serie de acontecimientos que pueden ser terminales para la mayoría de las especies, la propia incluida? Seguro que la experiencia del público congregado fue igual a la del presente lector ante este librito, anunciado con un título tan intimidante como puede tenerlo una lectura actual.

Pero, como contra­ partida, tenemos la promesa de Noam Chomsky de que los hechos complejos y las estructuras sociales que se nos imponen son susceptibles de razonamiento humano. La deliberación sosegada; el intercambio de perspectivas; los argumentos y los conceptos formulados con claridad; las narrativas históricas sin adornos; el cuestionamiento estratégico, y el compromiso colectivo para persuadir, presionar y sobreponerse a las causas de la destrucción forman parte en su conjunto del compromiso activista no declarado, aunque implícito, que subyace a una charla de Chomsky.

Este libro es un seguimiento de este encuentro en particular. El cuerpo principal, el capítulo 1, consiste en el discurso original, complementado con una serie de notas editoriales que conducirán al lector a los materiales a que se hace referencia, así como a otros recursos adicionales.

Se sigue, en el capítulo 2, de la transcripción de una conversación en el mismo encuentro con Wallace Shawn, un activista comprometido, más conocido como dramaturgo y actor de éxito. Sobre los pilares de una amistad iniciada en la Nicaragua sandinista de los ochenta, Wally Shawn reflexionaba en torno a las palabras de Chomsky y le pedía que respondiese a una pregunta siempre difícil, a saber, la de cómo convencer a todos aquellos que no estaban allí presentes de que hay que preocuparse, de que hay que hacer algo. La respuesta debió de parecer insatisfactoria a la audiencia, y quizá también al propio Shawn.
El interpelado hizo un recuento de las distintas oportunidades que se habían dado para materializar tratados, con ilustrativos ejemplos históricos y los fundamentos de dichos convenios. Más que mostrar una actitud displicente ante la pregunta, lo que hizo fue presentar a Wallace Shawn y al resto de la audiencia lo que parecía tan cercano a un «dogma de Chomsky» como cualquier enunciado del distinguido pensador, a saber, que debemos convencer a la gente de que hay que preocuparse y actuar a base de poner en evidencia los hechos, así como las oportunidades disponibles, entre las que se encontrarían dichos tratados.

Sin embargo, no está garantizado que quienes escuchan vayan a tomar los rumbos de acción apropiados. Va implícito que la historia está en nuestras manos, en las de nuestra creatividad… y también en las de nuestros límites.

En el turno de debate con la audiencia, cuya transcripción conforma el capítulo 3, se siguió por los mismos derroteros de la conversación con Wallace Shawn, y, como suele ocurrir con los encuentros con Chomsky, se fueron repitiendo variantes de las mismas preguntas y respuestas. Aunque el dictamen subyacente nunca cambia, cada una de las contestaciones concretas es rica en detalles y está cuidadosamente argumentada, con respeto a las especificidades históricas de cada materia y, en consecuencia, a los dilemas distintivos de quienes desean hacer algo en cuanto a esa materia en particular. Sea como sea, no hay lucha, por muy local o particular que pueda resultar, que se deje en segundo plano. El desafío para quienes deseen inducir el cambio, pues, es cómo articular esas luchas específicas en otras más generales, en especial, en aquellas a las que se enfrenta la humanidad como un todo.

La respuesta inmediata de Chomsky, condicionada por el respeto que tiene por las luchas locales, viene dada de manera explícita en el post scriptum que él mismo ofrece a la charla, en el capítulo 4, y que consiste en una serie de notas escritas en 2019 para actualizar el análisis y adaptarlo al momento posterior a las elecciones y a los primeros dos años de la Administración Trump.

 

Tal y como indica la cita del principio, la amenaza de la extinción no supone la negación de otras luchas que puedan revestir un carácter más inmediato, sin embargo, estas han de entenderse en relación a la lucha más amplia y universal por sobrevivir de un modo justo. No se trata de que la gente haya de rendir sus necesidades inmediatas o sus reivindicaciones históricas, sino de que estas han de articularse y entrelazarse con la lucha en contra de la extinción.

La sustanciosa sección final, el capítulo 5, contiene un nuevo discurso cuidadosamente elaborado por Chomsky, en el que se viene a añadir una tercera amenaza existencial, la del socavamiento de la democracia, que, a su vez, exacerba el cambio climático y las amenazas nucleares. Y ¿qué hay del texto principal «Internacionalismo o extinción» en sí mismo? En el contexto de su inveterada oposición a las armas nucleares, Chomsky pone a su audiencia aún ante otra amenaza más a los «doscientos mil años de historia del experimento humano»; a saber, el cambio climático. Reseña las coincidencias entre ambas amenazas, como que ambas afloraron tras la Segunda Guerra Mundial (1939­1945).

En los meses anteriores a la charla, un grupo de trabajo de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas había propuesto el concepto de Antropoceno, como indicador de que la humanidad, con sus sistemas sociales, se había convertido en una fuerza real de la naturaleza, capaz de reestructurar el planeta en el orden geomorfológico.

Si bien en un origen fue un oscuro concepto utilizado por unos científicos soviéticos para sugerir el impacto a largo plazo que tenía la humanidad como fuerza de la naturaleza, el de Antropoceno se ha abierto camino en el discurso académico, así como en los medios de comunicación, a modo de época geológica sucesora del Holoceno, el cual se habría iniciado unos once mil años atrás. Los niveles de carbono en la atmósfera, en la actualidad radicalmente más elevados que en cualquier punto anterior de la historia humana, constituyen una medida diferencial y objetiva de tal impacto. La actividad humana, en particular el uso de combustibles fósiles, es lo que impulsa semejante índice de aceleración.

En la charla, Chomsky demuestra que esta historia viene entrecruzada con la una vez paralela amenaza de un conflicto nuclear terminal. Dentro de la época del Antropoceno, los científicos han destacado el período de la Gran Aceleración, durante el cual los niveles de concentración de carbono han comenzado a elevarse con celeridad hasta más de cuatrocientas partes por millón, muy por encima de las trescientas cincuenta partes por millón hasta las que se considera que el nivel es seguro. Dicha aceleración habría comenzado alrededor de 1950.

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