Luis Arias
Hace unos días estaba en una fila en un parqueadero. Delante de mí había un señor buscando monedas en sus bolsillos para pagar. La fila se detuvo. Nadie dijo nada pero todos mirábamos el reloj. Cuando por fin pagó, escuché: “Ojalá aquí recibieran transferencias”.
Fue una frase cualquiera, de esas que se escuchan a diario y que desaparecen de inmediato.
Todos percibimos la demora, ¿alguien habría visto una oportunidad? Esa diferencia lo cambia todo.
Existe la idea de que los grandes emprendimientos nacen en espacios con gente creativa, en un coworking o en reuniones donde alguien dibuja en un tablero. La realidad suele ser mucho más sencilla. Las buenas ideas aparecen cuando alguien se cansa de un problema y decide hacer algo para resolverlo.
Cada día nos quejamos del tráfico, las filas, un trámite innecesario, o una cita médica que nunca empieza a tiempo. La mayoría deja la queja ahí, pero alguien más toma esa misma molestia y la convierte en un negocio.
Pensemos por un momento en cuántas veces hemos dicho frases como “esto debería ser más fácil” o “alguien debería inventar una mejor forma de hacer esto”. Lo interesante aquí es que casi siempre esperamos que ese alguien sea otra persona, ¿y por qué no lo hacemos nosotros?
También se cree que emprender significa inventar algo nuevo. Eso hace que muchas personas abandonen una idea antes de comenzar porque esperan la receta perfecta para la creatividad: inspiración, una idea millonaria y el momento perfecto. Mientras tanto, las oportunidades siguen pasando frente a sus narices.
Los problemas cotidianos tienen una ventaja enorme. Ya sabemos que existen y no hay que convencer a nadie de que duelen porque muchos los vivimos todos los días.
Si una mamá dedica veinte minutos cada mañana preparando las loncheras de sus hijos, ahí hay una oportunidad. Si un adulto mayor siente que es complicado pedir una cita médica por internet, ahí también hay una oportunidad. Si un negocio local pierde clientes porque responde tarde los mensajes, alguien puede construir una solución. Las ideas aparecen donde existe una incomodidad.
Recuerdo una conversación con un amigo que me decía que llevaba meses buscando una idea para su consultorio. Había buscado en libros, videos y asistido a conferencias. Aun así, sentía que no encontraba una solución.
Le hice una pregunta: “¿Qué fue lo último que le hizo perder el sueño?” Se quedó pensando unos segundos y empezó a contarme lo difícil que era organizar las citas de que le pedían porque las anotaba en una libreta, recibía mensajes por redes sociales y muchas veces olvidaba confirmar los horarios disponibles.
Mientras hablaba todavía no se daba cuenta que su problema ya era una idea, lo que necesitaba no era seguir buscando sino observar mejor, no buscar más, mejor.
Creo que ese es uno de los hábitos más valiosos de cualquier emprendedor. Aprender a mirar el mundo con curiosidad y entender que donde otros ven rutina, nosotros debemos encontrar preguntas. Donde otros aceptan que las cosas siempre han sido así, nosotros empezamos a imaginar cómo podrían ser diferentes.
No hace falta mirar lejos para descubrir oportunidades. Basta con caminar por el centro o por el barrio, conversar con alguien o prestar atención a las dificultades de la gente.
También es cierto que no todos los problemas merecen convertirse en emprendimiento. Algunos afectan a pocas personas y otros ya tienen soluciones suficientes, por eso vale la pena hacerse una pregunta antes de enamorarse de una idea: ¿Este problema también lo tienen otras personas que conozco? Si la respuesta es sí, vale la pena seguir explorando.
Se cree que un emprendimiento comienza cuando se registra la empresa o vendemos el primer producto. Yo pienso que empieza mucho antes; comienza el día en que empezamos a observar con otros ojos, o como se dice comúnmente "darle la vuelta al asunto".
Desde entonces cualquier conversación se convierte en fuente de inspiración. Una espera en un banco (ahí tuve una idea de unas carteleras digitales). Una ida al supermercado (ahí tuve una idea sobre un combo para quienes recién se van a vivir solos). Un mensaje a un amigo al que le pedí una cita de psicología (ahí nació un servicio de agendamiento). Todo puede revelar una necesidad que todavía nadie ha resuelto de la mejor manera, o por lo menos no a nuestra manera.
Tal vez la próxima idea aparezca cuando estemos en un semáforo, y en lugar de molestarnos por la espera, decidamos preguntarnos qué solución hace falta X o Y situación.
La Máquina de las Ideas: En muchas casas -como en la mía- todavía existen cuadernos con recetas escritas a mano por madres y abuelas. El papel se deteriora, la tinta se borra y con el tiempo esos recuerdos se pierden. Un emprendimiento sencillo puede ser digitalizar esas recetas, organizarlas en un libro con fotografías de la familia y venderlo en formato digital. Es algo con una inversión baja, tiene un fuerte valor emocional y puede ofrecerse en fechas especiales como el Día de la Madre, aniversarios o reuniones familiares.

