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jueves, diciembre 1, 2022

Plegaria por la paz y la esperanza

Francisco Javier López Naranjo

Poema de uno de mis primeros libros: “Navegante de crepúsculos”, 1995, ilustrado con una pintura del gran maestro español Manuel Castelin, que alude al resurgimiento.

Señor:

Tú sientes el dolor nuestro punzarte

cual corona de espinas en el alma.

Haz visto desangrarse el orbe en guerras

y la paz malherida por metrallas.

Los fariseos y pilatos reinan.

Cuántos hablan de paz y son palabras

desmentidas por odio hacia el hermano.

Señor, que no perdamos la esperanza.

Has visto cómo el mundo y mi país

naufragan en sudores, sangre, lágrimas.

A las viudas, los pobres y los huérfanos

por culpa de las bombas y las armas.

Y has llorado en tu cruz al contemplar

Cómo a nombre de Dios o de una causa

se atropellan derechos y tus leyes.

Señor, que no perdamos la esperanza.

Perdónanos, Señor, cuando indignados

de ver tanto dolor y canalladas,

cómo el malvado o el inepto triunfan,

la duda e impaciencia a Ti reclaman:

“¿Dónde, ¡ay!, Señor, está tu gran justicia?

¿Cuándo vendrás de nuevo a tu majada?

¡El lobo se devora las ovejas!”.

Señor, que no perdamos la esperanza.

Concédenos, Señor, para la paz,

para esa flor tan dulce y anhelada,

deponer nuestros egos y rencillas,

arrancar solo nuestra cruel cizaña.

Amar, ser puros, cual Jesús, el Cristo,

San Francisco de Asís, Teresa de Ávila.

Que nuestro corazón flore azahar,

¡Señor, que no perdamos la esperanza!

Imagen: “ El hijo del Fénix”, Manuel Castelin

 

Al Dios de Colombia

Hastiado estoy de ver

Dios de Colombia, escucha mi oración:

hastiado estoy de ver cómo la guerra

troncha la flor y el fruto de mi tierra,

cómo naufraga en sangre mi nación.

Hastiado estoy de ver la sinrazón

de esta violencia atroz que nos aterra;

y cómo, aún, el corazón se aferra

al egoísmo cruel y la ambición.

Hastiado estoy de ver al prepotente,

al paria, al demagogo e insincero,

al Maquiavelo y hasta de mí mismo,

de ver el sol hundirse en el poniente,

sin brillar la esperanza de un lucero.

¡Refulge, Tú, y disipa el egoísmo!

Hastiado estoy de oír

Dios de Colombia, escucha mi oración:

hastiado estoy de oír siempre lo mismo:

“Que no haya guerras, odios ni egoísmo”;

y grita en hiel y sangre el corazón.

Hastiado estoy de oír tanta canción,

cacareo, el lorear de tanto “ismo”;

y clamamos en lo hondo del abismo,

pese al discurso, el canto y el sermón.

“La verdad”, “la justicia” y “el amor”…,

voces del viento, el náufrago o desierto,

en que inanes y lúgubres gemimos.

Que seas Tú quien vibre en el cantor;

y su nota de paz será un bien cierto

si en vez de parla el ego destruimos.

Hastiado estoy de oler

Dios de Colombia, escucha mi oración:

hastiado estoy de oler tanta basura,

que contamina a la infeliz natura,

y la que hiede en nuestro corazón.

Hastiado estoy de oler la polución,

carroña, pudre, vicio, el alma impura.

Parece nuestra patria sepultura,

y sepulcro blanqueado el corazón.

¿Cómo ambientar el mundo con esencia?

¿Que el azahar y el nardo den su olor?

¿Cómo aromar de rosas la conciencia?

Dios de Colombia, Tú, Mística flor,

germina en nuestra alma con urgencia,

¡y, así, perfume, al fin, fraterno amor!

Imagen tomada de la Internet

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