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lunes, septiembre 26, 2022

Pinturas de Diego Gómez (Hiperrealismo andino)

Germán A. Ossa E.

La pintura de artistas como Diego Gómez, este gran señor de Neira, Caldas, sencillo, descomplicado, sereno, jovial, inteligente y extraordinario ser humano, llegan al alma con toda la fuerza que se requiere, como para hacerse querer y tener que admirar. A veces cree uno que no son un pincel y varios tubos de óleo, los materiales que este artista usa para hacer esas sublimes obras sino, una cámara fotográfica, pues lo que deja consignado en esos grandes lienzos cada que termina una de ellas, no es simplemente una recreación de un sitio, de una persona, de una animal, sino un espectacular retrato que ha elaborado un muy buen fotógrafo con una muy buena cámara fotográfica, porque todo lo que condensa en ellas, en esas enormes telas, es perfecto, más real que lo que cotidianamente contemplan nuestros ojos, en todas partes.

Tengo la fortuna de saborear cada rato sus nuevas creaciones, pues el Maestro Diego luego de terminar cada una, me envía una imagen de la misma, para invitarme a querer más el arte con todas ellas, y el asombro se renueva a cada instante, a toda hora, en cualquier lugar.

En un libro de arte que llegó a mis manos (sin que él se enterara), me topé con este texto que quiero compartirles a ustedes, mis amigos lectores:

“Tocar las fibras íntimas de la realidad, mirar tan hondo el objeto que pareciera reventar en duplicidad, tomarlo en su autismo y reproducirlo hasta el más mínimo detalle, es la obsesión del pintor que merezca el rótulo de hiperrealista, y Diego Gómez hace suyos estos valores.

Fragmentos de la realidad que, al ser intervenidos por la cámara, el cincel o el pincel, crean planos conceptuales nuevos.  Detalles tan minuciosamente reproducidos que anulan la reflexión y nos conducen a la irrealidad, justa y asombrosamente por los caminos menos convencionales para llegar a ella.

Los antecedentes de este movimiento vienen de los sesenta del pasado siglo cuando los cánones de la fotografía son rabiosamente aplicados a la pintura, incluso a sus circunstancias inmediatas de tamaño, forma, color, etc.: desnudos de yeso color carne que, puestos en escena, son difíciles de diferenciar de los reales; personajes del mundo obrero en acrílico, luego ataviados con sus ropas sucias o rasgadas; camellos; álbumes de fotografías familiares; interiores; coches; motos; gasolineras, etc.

Con el óleo, su técnica preferida, Diego Gómez llena los ojos del espectador de motivaciones táctiles. Su manejo iconográfico ha pasado por variados registros del entorno y lo inmediato.

En una primera etapa fueron balcones de la colonización Antioqueña con sus penumbras y golpes de luz para desarrollar estupendas sensaciones desnudas. Ulceraciones del bahareque que dejaban al descubierto huesos de guadua y carnes de tierra.  Vinieron luego bodegones evocadores de Santiago Cárdenas.  La copia con premeditación y milimetría indiferenciada del objeto, la observación plena de brillos y efectos: pedazos de periódicos, trozos de afiches, cuerdas, puntillas, viejas paredes carcomidas por el tiempo, sombrillas, botas taurinas, guijarros.

A la vez que una personal y fecunda obcecación por el cobre: copas, cornetas, jarrones, cálices, teteras y otros enseres.  De la etapa taurina dos exposiciones de obras casi enteramente adquiridas por coleccionistas de Johannesburgo”.

Y hoy por hoy, vírgenes, santos, mulas, campesinos, Cristos surrealistas, perfectos, llenan sus lienzos y embellecen todos los espacios donde esas obras se ubican, llenando de luz todos sus entornos.

Es un artista sencillamente mágico.

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