Hay vidas que se narran en fechas, cargos y logros; otras, como la de Carlos Alberto Morales Bermúdez, se cuentan en notas sostenidas y en la persistencia de un aliento que durante décadas sostuvo la música de toda una ciudad. A sus espaldas quedan 35 años como clarinetista en la Banda Sinfónica de Pereira, pero lo que permanece no es solo una trayectoria, sino una manera de entender la cultura como un acto colectivo y continuo.
“Yo soy Carlos Alberto Morales Bermúdez, músico pereirano”, dice sin rodeos, como si en esa frase se condensara una identidad suficiente. No necesita más títulos. Su historia, en realidad, está entrelazada con la de una institución que ha sido descrita por él mismo como “el latido sonoro de nuestra ciudad”.
Ingresó cuando aún se hablaba de banda municipal, en un tiempo en el que la música no era un oficio profesionalizado sino una vocación sostenida por el entusiasmo. “De inicio, cuando ingresé a la banda municipal de Pereira, que se llamó así en esa época, ya que era una banda de personas que hacía la música por hobby, no había escuelas de música”, recuerda.

Ese origen, casi artesanal, marcó el carácter de la agrupación. Era una banda de pueblo, como tantas otras, donde la disciplina se aprendía en la práctica y el repertorio crecía al ritmo de la curiosidad. Sin embargo, con el paso del tiempo, la transformación fue inevitable. Llegaron los estudios, los maestros, los directores, las partituras más complejas. Lo que comenzó como una iniciativa espontánea se convirtió en una institución sólida, capaz de dialogar con el repertorio sinfónico internacional.
Morales fue testigo de ese tránsito. Lo vio desde adentro, con el instrumento entre las manos. “Seguidamente empezó la banda a perfeccionarse con estudios, maestros, conciertos, directores y música de muchos compositores, para llegar finalmente a tener el nombre de Banda Sinfónica de Pereira”, afirma.
Pero más allá de los procesos técnicos, lo que emerge en su relato es una dimensión emocional de la música. La banda, insiste, no es solo un conjunto de intérpretes: es una forma de memoria. “Hablar de la Banda Sinfónica de Pereira no es hablar únicamente de música; es hablar de memoria, de identidad, de tradición viva”, sostiene.
Esa memoria se ha construido en escenarios diversos. Desde las retretas en los parques hasta los actos solemnes, la banda ha acompañado el crecimiento de Pereira durante más de un siglo. “En cada retreta, en cada desfile, en cada acto cultural o religioso, la banda ha estado ahí, como un testigo fiel del tiempo”, dice.
El reconocimiento no tardó en llegar. A nivel nacional, la agrupación destacó en festivales en Paipa, San Pedro y Barrancabermeja, acumulando premios que confirmaban su nivel. Sin embargo, uno de los momentos más significativos ocurrió fuera del país. En 2004, la banda participó en el Festival Mundial de Bandas Sinfónicas en Valencia, España, donde obtuvo un meritorio tercer lugar.
Para Morales, ese episodio tiene un peso especial. “Esto fue una experiencia muy importante para nuestra banda por haber allí intercambiado con bandas del mundo, de Alemania, Bélgica, España, Holanda y de muchos países europeos”, recuerda.
No se trataba solo de competir, sino de dialogar con otras tradiciones musicales, de medir el propio trabajo frente a estándares internacionales. En ese intercambio, la banda no solo representó a Pereira, sino también a Colombia, llevando consigo un repertorio que incluía tanto piezas clásicas como expresiones del folclor nacional.
Ese equilibrio entre lo universal y lo local ha sido una de las marcas distintivas de la agrupación. Morales lo subraya con claridad: las interpretaciones no solo eran técnicamente impecables, sino “profundamente sentidas, especialmente cuando su repertorio abraza nuestra música folclórica”.
En esa capacidad de emocionar reside, quizá, la verdadera fuerza de la banda. No es únicamente una cuestión de ejecución musical, sino de conexión con el público. De ahí que uno de sus aportes más significativos haya sido la grabación de los himnos de Pereira y Risaralda, piezas que hoy forman parte del paisaje sonoro de la región. “Esas grabaciones no son solo registros sonoros, son patrimonio emocional de toda una región”, afirma.
Presente
Sin embargo, Morales no se detiene en el pasado. Aunque se pensionó hace una década, su mirada sigue puesta en el presente y en el futuro de la banda. Observa con interés las iniciativas recientes, como los conciertos en parques impulsados por la administración local. “Aprovechando este momento donde la nueva administración […] ha puesto los ojos en esta institución tan prestigiosa […] es importante […] darle esta oportunidad de hacer estos conciertos en los parques de la ciudad”, comenta.
Para él, estos espacios abiertos son fundamentales. Representan una forma de democratizar la música, de devolverla a la gente. “La importancia de estos conciertos es que se le dé vida cultural a estos parques, que la música sea libre, para la gente”, insiste.
En esa frase se sintetiza una convicción profunda: la cultura no debe ser un privilegio, sino un derecho compartido. La banda, en ese sentido, ha cumplido una función pedagógica y social que trasciende lo estrictamente musical. Ha sido, en palabras del propio Morales, “escuela de vida para cientos de niños y jóvenes”.


