20.5 C
Pereira
sábado, noviembre 26, 2022

Pereira, la ciudad tres veces fundada

Wilmar Ospina Mondragón

A propósito de las efemérides de nuestra ciudad, hoy quiero describir y contar, a grosso modo, cuál fue el proceso fundacional que llevó a estas tierras a convertirse en una urbe sin puertas, donde nadie es forastero y todos somos pereiranos porque, a decir verdad, a la Perla del Otún nada la ha definido mejor que su eslogan citadino y cosmopolita: Pereira es una ciudad querendona, trasnochadora y morena.

Con este preámbulo, debo indicar que la primera fundación de nuestra metrópoli se dio en el año de 1540, cuando el mariscal Jorge Robledo, luego de sus andanzas tras la fiebre del oro en El Dorado, erige el caserío de San Jorge de Cartago donde actualmente se yergue una explanada arrimada a la sierra de la cordillera de los Andes, lugar que, por su ubicación y disposición geográfica, nos remite al sector que hoy conocemos como Cerritos.

El rótulo de San Jorge de Cartago, al parecer, alude a la memoria de la antigua villa africana, presidida por el general Aníbal. En otro caso, se confió este topónimo como extensión de Cartagena de España, lugar del cual zarparon los supuestos, y mal denominados, “colonizadores” de América Latina.

En una misiva apostillada a su Majestad, Robledo indicaba que instituyó tal villorrio el 9 de agosto, de 1540, en honor a su alteza como máxima autoridad de Castilla y León. En el documento también ensalzaba al marqués Francisco Pizarro. Ese 9 de agosto, al formar la tropa, ataviada con sus ajuares de campaña, el mariscal Robledo planta una cruz alta y tiende al viento el estandarte, en un acto solemne dedicado a su natal cuna: España.

De acuerdo con algunos registros históricos, San Jorge de Cartago tuvo una doble fundación en aquel entonces: la de 1540 y otra en 1541. Esta última, buscaba legalizar los hechos para evitar reyertas entre los apoderados de las diferentes zonas de la Nueva España.

Robledo, en el primer juramento, invocó a Francisco Pizarro, y este era virrey del Perú, lo que evidenciaba que San Jorge de Cartago no pertenecía a estos latifundios, sino a esa comarca donde el dios Inti (el sol) había sido ennegrecido con fogonazos de pólvora, torturas y expectoraciones sanguinolentas.

De modo que, teniendo en cuenta esta ambigüedad fundacional, Sebastián de Belalcázar, amo de la provincia de Popayán y de la ciudad de Lili (hoy Cali), reclamó sus honores patronales en tanto que, la aldea de San Jorge de Cartago, se hallaba más cercana a sus dominios.

Belalcázar alegó que el ofrecimiento otorgado por Jorge Robledo al lugarteniente de la región inca pertenecía a él, por derecho propio. El enmarañamiento jurídico, y las quejas de uno y otro “colonizador”, conllevaron al mariscal Robledo, que había sido ascendido a capitán general, a refundar el caserío en nombre de Pascual de Andagoya, quien tenía la potestad sobre las colonias de la jurisdicción de Santa Marta, el Golfo de Urabá y Panamá, adonde realmente pertenecían las tierras en las que se levantaba San Jorge de Cartago.

Con el decurso de varios decenios, y la treta constante de los pobladores del caserío fundado con los resguardos aborígenes enclavados en dichos parajes, los habitantes deciden trasladar la comarca hacia el occidente, donde actualmente se ubica, a la vera de los ríos La Vieja y Cauca, el municipio de Cartago.

La romería, presidida por las autoridades, los fundadores y los clérigos, juraron, en nombre del Altísimo, reubicar la aldea en otras tierras. La peregrinación fue acompasada por las cerbatanas, los pedernales y las flechas infestadas, de fuego y veneno, que volaban de los arcos indigenistas.

Segunda fundación

Desterrados de los dominios que habían escamoteado a los Quimbayas, estos predios quedan al placer de la jungla, la hiedra, los animales, la maraña y el paso voraz del tiempo. Ni siquiera las tribus sobrevivieron al desamparo celestial que gestaron estas trifulcas fundacionales, las cuales hicieron de lo eterno un cliché desmadejado de lo humano.

Tres siglos después de que las tropas ibéricas desangraran estos territorios, el doctor Francisco Pereira, oriundo de Cartago, estudiante laureado del colegio San Bartolomé y abogado titulado, emigra a la capital para hacer parte del convoy que activaría los motines libertadores en 1810.

Luego de la retreta en Santa Fe de Bogotá, Francisco Pereira huye de las autoridades españolas, resguardándose en la región de Cerritos, el sector que alguna vez Jorge Robledo trató de arrebatar a las colonias nativas. Allí, el jurista permaneció hasta el año de 1820.

Cuando los embrollos libertadores amainaron, en Santa Fe de Bogotá, Francisco Pereira decidió comprar, con la autorización del estado de Popayán, 2500 hectáreas a cuatro reales cada una. Su proyecto consistía en construir un pueblo que hiciera inmortal su nombre. No obstante, al sentirse espoleado y aguijoneado por el bosque, se traslada con su familia a La Mesa-Cundinamarca, lugar donde fenece por los achaques de la edad.

A tres años del deceso de su padre, Guillermo Pereira Gamba, legatario de estos predios, subastó y obsequió dichas tierras, antes de marcharse al municipio cundinamarqués, a cuanto sujeto estuviese dispuesto a refundar el que una vez fuese el poblado de San Jorge de Cartago. Solo puso una condición: que el nuevo vecindario llevara el apellido de su progenitor porque, así, lo encumbrarían hacia la perpetuidad.

Meses más tarde, padre e hijo, en compañía del presbítero Remigio Antonio Cañarte, bosquejaron el plano con el que restaurarían la antigua ciudadela. A la alborada de esa noche, la familia Pereira parte hacia el altiplano donde anidan los cóndores, dejando en manos del párroco dicha refundación.

Las obras de planimetría, venta y entrega de los diferentes lotes para la construcción inicia en 1860; sin embargo, solo hasta 1861 se concertaron los planos para refundar a la antigua aldea de San Jorge de Cartago. El proyecto se termina el 24 de agosto de 1863 y, el 30 de ese mismo mes y año, con unas cuantas casas erigidas a base de esterilla y boñiga, y una capilla alzada en paja, se oficia la primera misa mediante la cual se consagra la nueva aldea al Todopoderoso.

Hasta el año de 1869, el poblado recién fundado se llamó Cartago Viejo. Para entonces, por medio de una ordenanza de la municipalidad de Cartago, el villorrio toma, galantemente, el nombre de Caserío o Villa de Pereira, como homenaje a Francisco y Guillermo Pereira, pues esa localidad había surgido de sus sueños, de sus entrañas, de sus visiones citadinas.

Ya viejo, minado por las enfermedades, Guillermo Pereira anhela regresar a la tierra bautizada con su nombre. Lo hace tramontando la Cordillera Central por la vía que de Mariquita conduce a Manizales.

El 2 de agosto de 1896, la recua de mulas, familiares y amigos, con quienes peregrinaba hacia el terruño que amaba, son testigos de que sus ojos moribundos, y un cuerpo ajado por la edad, ven, por última vez, desde El Alto de Boquerón, la resplandeciente aldea que lleva su mote: Pereira. El cadáver de Guillermo Pereira Gamba fue honrado y sepultado en la iglesia del pueblo en medio de una liturgia a la que asistieron, obvio está, los habitantes del lugar.

Pereira en el siglo XX

A principios del siglo XX, con un crecimiento demográfico insospechado, esta localidad se convierte, oficialmente, en municipio. Con el paso inexorable del tiempo, Pereira franqueó esa línea sutil que dividía lo social entre lo rural y lo urbano, entre lo telúrico y lo moderno, entre lo industrial y lo tecnológico.

Pereira es, a mi modo de ver, esa idea magnánima de la polis que, poco a poco, se va configurando en esa metrópoli coyuntural y ciudad de paso que es tan importante en el andamiaje comercial y económico en un país como el nuestro. En el fondo, nuestra urbe se ha despojado de los atavíos conservadores y ha hecho posible que nuestros pobladores y compatriotas descubran en Pereira que la evolución está marcada por la prosperidad, la jovialidad, la cultura y el avance de la ciencia y la tecnología.

Esta es, pues, la historia fundacional de nuestra urbe, un pueblo llamado San Jorge de Cartago, Cartago Viejo, Caserío o Villa de Pereira que, con el paso de los años, mutó de piel para transformarse en la ciudad que hoy, en pleno siglo XXI, nos impide distinguir dónde acabó lo antiguo y dónde inició lo actual, porque, en el núcleo de esta metrópoli, reconocida a nivel nacional como Pereira, siempre se ha gestado una identidad hacia lo urbano, hacia lo citadino, hacia lo moderno.

@wilmar12101. waospina@utp.edu.co

https://ojoaleje.wordpress.com/

* Pereira. Estudió Español y Comunicación Audiovisual en la Universidad Tecnológica de Pereira, con maestría en lingüística. Actualmente es docente en el colegio Ciudad Boquía y en la Universidad UTP y UCP. Su primera novela es “Carne para caníbales.”

Artículo anteriorLo que no borró el desierto
Artículo siguiente157 en blanco y negro

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -