Paisaje inútil

John Sebastián Castrillón Correa. Pereira. (1998). Es Licenciado en Español y Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira y un apasionado de las lenguas extranjeras. Ha sido ganador del concurso de cuento de la Universidad Católica de Pereira y es traductor en tres idiomas de obras literarias.

No aspiro a que concuerdes conmigo, Rodrigo, sólo trataré de contarte el extraño suceso que me rodeó en la tarde de ayer en un lugar al cual no he de volver.

Conducía con desespero tratando de llegar a casa bajo el calor de este verano nauseabundo. Uno parece no encontrar respuesta a qué puede ser más fatigoso: trabajar o conducir después de ello un sábado; y siendo esto lo único en que pensaba, me encuentro con un trancón en la ruta 86 antes del túnel.

Todos sudaban, todos sucumbían ante la espera y el ardor de este sol sin meridiano; todos salían de sus carros a observar sin esperanzas un choque hace muchas horas ocurrido. Yo también salí para encontrarme con tonos cafés y rojos, propios de esa zona árida en la que sólo destacaba el gran camión plateado que volcó al impacto con un poste de luz e impedía el paso.

Estando rodeado por dos colinas secas y siendo la ruta de un solo sentido, no había escapatoria: habría que esperar…esperar. “Sean pacientes”, nos gritaba un agente de tránsito, “hacemos nuestro mejor esfuerzo”. Con vociferar no hacía más que aumentar mi desespero, lo cual me llevó a empezar a conducir en reversa pitando violentamente. Una muy buena cantidad de insultos me gané, y otros tantos tuve que dar para que algún imbécil se hiciera a un lado y me dejara pasar.

Ya alejado de la muchedumbre, continué reversando, esquivando uno que otro carro que, sin saberlo, iba rumbo a una tormentosa espera. Por fin, al lado derecho, encontré una salida improvisada, un tanto peligrosa, que giraba y ascendía por varias colinas en dirección opuesta. Conduje por la vía desconocida, pero pronto me di cuenta de que no hacía más que subir y bajar, de modo que nunca se veía el final.

Luego de casi una hora siguiendo el camino infinito, decidí detenerme en una de las cimas queriendo saber dónde estaba. Caminé unos cuantos metros hacia el sur para encontrarme minutos más tarde petrificado ante la visión que se me presentaba.

Por un momento me sentí poseído por un sentimiento extraño de sublimidad; de haber encontrado una tierra prometida a una raza ya extinta. Jamás vi cielos mezclados de azul, púrpura y naranja como aquellos, ni tantas especies distintas de aves reunidas en el mismo lugar. La vegetación parecía haber sido robada trozo por trozo, en sigilo, del Edén: robles enormes y frondosos con suficiente edad para haber visto nacer y morir imperios, flores inexplicablemente innombrables, grandes, pequeñas, color lila, color rosa.

Abajo, al fondo, un lago en el que se desvanecían el color azul claro y el esmeralda, movido por brisas escondidas en este valle y peces rojos y amarillos con motas. En los árboles zumbaban abejas al son del viento fresco y las veía bajar a tomar néctar de las flores.

Fue así como los recordé; hallé en medio de arbustos su símbolo: una flor azul. Todo lo que veía era lo que ellos llamaron anima mundi; me encontraba en el Paraíso de los Románticos. El lugar, como embrujado, manejaba los estados del alma y podía hacer del paisaje idílico un tormento. Allí no se despreciaba el cuerpo, ni se le dividía del alma: todo era un conjunto. No había diferencia entre animales, vegetación o yo: lo éramos todo, el todo por ellos inalcanzado; una nostalgia del siglo XVIII.

De repente hubo un estruendo en la ladera; parecí despertar del ensueño y ya no pudo verse nada de lo anterior; notaba resquebrajos, maldad, deterioro. Los colores se tornaron pálidos lentamente hasta agonizar; las aves se enfrentaban en el cielo gris, los peces se golpeaban contra las rocas y los zorros desollaban las ardillas. Pronto pudo verse sangre manchar la tierra.

Afirmaban los Románticos que la naturaleza se asemejaba a la mujer amada…Se equivocaban. Ni en el mejor momento pudo el lugar reflejar la figura perdida de Clara. No hubo instante en el que se trazaran sus muslos finos en el agua. Ningún animal pudo mostrar su carácter dócil y feroz. No podrían mil paraísos terrenales compararse a los ojos tiernos de aquella traidora.

Querido amigo, me vi frente a un paisaje inútil.

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