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martes, agosto 16, 2022

“Notas para la definición de la cultura”

Mauricio Ramírez Gómez

Por momentos, en el ámbito pereirano parece estar vigente y afianzarse la idea de que hay una cultura de élite y una cultura popular, y que la primera está llamada a representar lo más excelso de una comunidad, convirtiendo “lo popular” en una excentricidad del vulgo, incapaz de realizaciones más altas. En ese contexto, se considera que hay unos que dirigen y otros que obedecen y siguen ciegamente a sus “líderes”.

Tal fue la reflexión que se planteó en su época el poeta norteamericano T.S Elliot en su libro “Notas para la definición de la cultura” (1948), con el que a pesar de estar parcialmente en desacuerdo, consideramos valioso compartir algunas de sus reflexiones, para llamar la atención sobre lo que consideramos la cultura cuando de defenderla se trata.

No existe una cultura propiamente pereirana, sino unas expresiones culturales que adquieren los rasgos de la manera como los habitantes de este territorio se han relacionado y se relacionan entre sí y con el resto del mundo. En esa medida, cualquiera que sea la concepción de la cultura que se imponga, esta debería alimentarse de los estudios que precisen la existencia y la naturaleza de eso que se ha dado en llamar “nuestros rasgos identitarios”, que si existen, no podemos olvidar, corresponden a un grupo esencialmente campesino que apenas hace unas pocas décadas, por la renta y el comercio, alcanzó un nivel de vida que le permitió a los vástagos de la élite educarse fuera de la ciudad. Lo anterior, para señalar que no es sorpresiva ni extraña la predominancia de “lo popular”, sea lo que sea que esto abarque. “Lo sublime” o “lo culto” es más una aspiración de un grupo determinado, lo cual no es un error, pero vale la pena reflexionar sobre lo que eso implica.

Las notas de Elliot buscan precisamente llamar la atención sobre la características de “lo cultural” en Pereira y los prejuicios que pueden estar mediando en esa pretendida definición.

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“Todo cambio que realizamos tiende a originar una nueva civilización cuya naturaleza ignoramos, y en cuyo seno todos seríamos desdichados. En realidad, en todo momento se está formando una nueva civilización; la civilización actual parecería extremadamente nueva a cualquier hombre civilizado del siglo XVIII, y no puedo imaginarme que ni el más ardiente o revolucionario reformador de dicha época sintiera mucho placer en la civilización con la que ahora se encontraría. Lo máximo a que puede impulsarnos el interés por la civilización es a mejorar la civilización que poseemos; pues no podemos imaginarnos otra. Por otro lado, siempre hubo gente que ha creído que ciertos cambios son buenos en sí mismos, sin preocuparse por el futuro de la civilización, y sin considerar que fuera necesario recomendar sus innovaciones con el falaz brillo de promesas sin contenido”.

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“… la cultura es la única cosa a la que no podemos aspirar deliberadamente. Es el producto de una variedad de actividades más o menos armónicas, considerada cada una como un fin en sí misma –el pintor debe concentrarse en su tela, el poeta en su máquina de escribir, el funcionario civil en la solución de cada problema a medida que aparece en su mesa de trabajo-; cada uno de acuerdo con la situación en que se halla”.

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“En realidad, lo único que el tiempo produce con certeza es la pérdida; la ganancia o la compensación es casi siempre concebible, pero nunca cierta”.

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“Aunque parece que el progreso de la civilización habrá de originar grupos culturales más especializados, no debemos esperar que este desarrollo se realice sin peligros. La desintegración cultural; y es la desintegración más radical que pueda sufrir una sociedad”.

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“La desintegración cultural está presente cuando dos o más estratos se separan en tal forma que se convierten en culturas distintas; y también cuando la cultura en el nivel del grupo superior se deshace en fragmentos que representan, cada uno, una sola actividad cultural”.

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“La cultura puede hasta ser descrita simplemente como aquello que hace que la vida valga la pena de ser vivida. Y es lo que justifica que otros pueblos y otras generaciones digan, cuando contemplan los restos y la influencia de una civilización extinta, que valía la pena que dicha civilización haya existido”.

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“Comúnmente se supone que hay cultura, pero que es propiedad de un pequeño sector de la sociedad; y de este supuesto generalmente se llega a una de estas dos conclusiones: que la cultura sólo puede preocupar a una pequeña minoría y que, por tanto, no hay sitio para ella en la sociedad del provenir; o que , en la sociedad del porvenir, la cultura que ha pertenecido a unos pocos debe ser puesta a disposición de todos”.

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