Hay que hacer distancia crítica, consciente y proactiva frente a la tragedia, aprovechando que además de una ingeniería civil, actualizada y responsable haya una ingeniería social de primeros respondientes, lo cual no es subsanable en las actuales circunstancias
Julián Chica Cardona
La normalización de la tragedia es hermana de la normalización de la violencia. En ambas, se produce un proceso psicológico donde la respuesta colectiva ante el sismo. la avalancha y cualquier otro evento causado por la naturaleza; o la perpetración de una masacre o acto terrorista, termina siendo la de un conjunto de consumidores pasivos en las capas más densas de una sociedad, de la cual, por fortuna, emergen también grupos de voluntarios espontáneos y organizaciones que se activan para reaccionar en concordancia.
El sujeto espectador no se indigna ante la desaparición colectiva ni ante el sufrimiento generalizado, incluso en las inmediaciones de su vecindad. Huye de la zona, si las condiciones se lo permiten, normaliza su necesidad de la fuente noticiosa y en los días subsiguientes, sin saciarse de lo conocido, salta a otra tragedia, masacre o genocidio que habrá normalizado con la negación, la evasión y hasta el olvido.
El reciente sismo que azotó las poblaciones del Viejo Caldas, Chocó y Valle del Cauca, en Colombia (10-08- 2026), para el caso particular, dejó en Pereira un saldo de 108 víctimas, sin contar los desaparecidos, y puso en evidencia la normalización de tragedias anteriores, en cuanto a que la mayoría de las construcciones anteriores afectadas en el sismo del 25 de enero de 1999, ahora eran las que estaban a punto de colapso.
Éstas habían obtenido concepto de habitabilidad, previo a la realización de refacciones, pero que, en todo caso, pretendían de no tocar los intereses de sus propietarios. Se hizo caso omiso a las lecciones no aprendidas de los lugares de reincidencia y la ciudadanía cayó en esa misma normalización.
Es insuficiente
En pocas palabras, escuchamos y repetimos que somos habitantes de una zona sísmica, pero la inversión en la modernización de los organismos de socorro es insuficiente, y no se hace énfasis en la articulación y cooperación entre los mismos para mejorar los resultados.
Esto evidencia que no se ha procedido con la debida diligencia administrativa en la atención del riesgo y la prevención de los desastres, tanto en la cosa pública como en los demás estamentos de la ciudad. Al principio, la extracción de los escombros con la maquinaria amarilla, por ejemplo, interfirió el trabajo de los rescatistas, ocupados en la detección de señales de vida en los puntos reportados y la denuncia de los familiares de las víctimas no se hizo esperar. Los comedores comunitarios y albergues transitorios instalados por parte de algunos ciudadanos, y que suplieron los requerimientos durante varias semanas, luego fueron removidos por la administración.
Un recorderis
Desde el terremoto de 1961 Pereira ha sido escenario de la afectación de sus viviendas, seguido del de 1962, 1979, 1995 y 1999, y solo hasta 2010, se vino a expedir el Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente NSR-10 (Decreto 926), obligatorio en la elaboración del POT y EBOT de los municipios.
No obstante, dicha norma entró en conflicto aquí con el plan parcial de 1984 que incorporaba el área de influencia de la canalización Egoyá en la posibilidad de licenciar nuevas construcciones. La Empresa de Desarrollo Urbano E.D.U.P., amplió la zona de intervención a partir del Parque Bolívar (Carrera 7) hasta el Parque Olaya Herrera (Carrera 13), abarcando una superficie de 19,4 Há., para proyectar la construcción del Centro Comercial Fiducentro (Vanegas, UTP, 2008), cuyas excavaciones, ingeniería y arquitectura laberíntica fue iniciada en el período 1992-1993, ajenas a las condiciones de estructurales de la canalización de la quebrada Egoyá, adelantada por el Ferrocarril de Caldas, en 1921. (Chica, 2015).
El documento buscaba consolidar el eje de la ciudad como centralidad metropolitana, fortalecer su dinámica de múltiples usos, reactivar y promover el desarrollo residencial y la permanencia de servicios, comercio y equipamientos de cobertura municipal, e igualmente, la densificación controlada con edificaciones en altura que atrajera la inversión pública y privada en la revitalización del centro de la ciudad. Egoyá se convirtió en la caja de resonancia de los sismos entronizados en el área, reincidentes del fracturamiento desde la década del 70 cuando se perdió el edificio de la Caja Agraria de la 18 con 10; afectó el Palacio Nacional e Invico en 1999; este último en colapso y con requerimiento de implosión, la cubierta en la gobernación, Fiducentro, Teatro Santiago Londoño, Colpensiones, Gran Hotel, y comercio de la zona, en 2026.
Una puja de poder
De ahí que éste no es solo sea un problema de intervención en el planeamiento urbano de Pereira sino, una puja de poder entre el sector de la construcción, la ciudadanía, la especulación inmobiliaria y la corrupción, como lo señala un experto en temas de vulnerabilidad social y desarrollo en redes. Esta normalización de la tragedia es la expresión de una enfermedad moral de la sociedad, una mutilación de la sensibilidad humana que monetiza la solidaridad y se atraganta con las ayudas internacionales, mientras se escuda en la desorganización y el caos. Las vías públicas, zonas verdes y parques, están diseñados y destinados para la gente. Son su razón de ser, pero también son el espacio que primero se atiborra de escombros y la saturación de las fachadas que amenazan ruina donde el ciudadano prudente se abstiene de circular.
Está claro que hay que volver a levantarse, pero debe hacerlo desde las lecciones aprendidas, no desde la normalización de la amenaza porque habitamos un área de una falla geológica activa. Sin embargo, resulta ser un disparate pretender que, a la segunda semana del evento, con la peregrina reapertura de los establecimientos comerciales de cacharro y de peluches (que continuaban en pie), se iba a reactivar la economía.
Un casco urbano donde repentinamente se suspenden los servicios bancarios; las cuentas de bajo monto y los bolsillos digitales pierden su conectividad, se agota el efectivo, y se satura el ambiente de desempleados. ¿Cómo puede lograr su reactivación si el contexto es sistémico y requiere movilidad, acceso a los alimentos y bienes de consumo, vivienda, agua, salud, educación, seguridad? Para eso está la declaratoria de la urgencia manifiesta. Una declaratoria pronta y oportuna. La petición de fondos de reserva, los empréstitos y las ayudas internacionales, pero para eso hay que obrar con la debida diligencia y no debería haber lugar para la corrupción en el retraso burocrático de las ayudas, la insensibilidad y la indolencia manifiesta.
La muerte masiva
Al inicio de la pandemia, la cadena de noticias BBC, de Londres, compartió los resultados de una investigación relacionada con los motivos por las cuales nos dejen de importar las tragedias en el marco de la propagación mundial a la que nos enfrentábamos.
Allí señalaba que la mayoría de las personas asume la muerte de una persona como una tragedia, pero les resultaba difícil responder de una manera proporcional ante la muerte masiva, la desaparición de una población o la aniquilación étnica de una comunidad.
Algunos ejemplos en los que la naturaleza actúa, y cuyo historial no se toma en serio en la mayoría de los países para prevenir que se repita, es donde la naturalización de la tragedia en la ocupación del territorio, logra que las decisiones fallen. Los fallecimientos se vuelven estadísticas y el duelo y el agobio emocional se manifiestan de maneras tan complejas que es difícil asimilarlas, y la incapacidad para entender el sufrimiento puede afectar la forma en que respondemos ante las tragedias.
Los investigadores lo identifican como entumecimiento psicológico, al punto que “cuanta más gente muere en un evento o circunstancia intencional, menos nos importa”. Sin embargo, desde nuestras propias posibilidades es factible afrontarlo con estoicismo revirtiendo la tendencia a la automatización generalizada, encontrando en el valor esencial de la existencia la oportunidad de ser útiles y aprendizaje de la supervivencia, porque, como sea, aún no hemos sido tocados por la muerte.
La violencia
En cuanto a la violencia que nos avasalla, vemos como la revictimización del que señalamos como comunista, terrorista, drogo o invertido, se convierte la naturalización del crimen mismo y la justificación del perpetrador. Tanto la impunidad como la indiferencia son consecuencias de ese síndrome de entumecimiento.
Desviar la atención de la opinión pública culpando al otro porque nos parece incómodo, es naturalización de la violencia. Esta conducta hizo famoso el senador estadounidense, Joseph McCarthy, quien, ante la plenaria del Congreso, destruyó a ciudadanos honorables y figuras del espectáculo, al señalarlos como espías soviéticos e infiltrados comunistas. Y lo peor, sin presentar prueba válida alguna.
Se tipificó así la figura del “macartismo”, una nueva palabra del vocabulario político en la que miles de trabajadores, artistas y académicos, fueron censurados por las listas negras de la guerra fría, a comienzos de la década de 1950. El miedo entre las familias de los señalados fue objeto de la normalización de quienes se sentían protegidos y la paranoia se apoderó de la población, acoyundada por el control político que se había convertido en la herramienta de la intimidación. Los hechos crueles que escandalizaban a la sociedad se justificaron y se ignoraron en el fondo de los cajones de la prensa hablada, escrita y la televisiva.
Hoy por hoy, la sobrecarga de información a la que están sometidos los adictos a la crónica roja y al desastre, sobrecarga la mente y esto les impide asimilarlo. El cerebro de niños, jóvenes y adultos, se desconecta emocionalmente para protegerse del dolor constante de la fragilidad humana, y redirige la desgracia hacia el basurero del ruido cotidiano, que los investigadores denominan “fatiga por compasión”. Este es el cuadro del que hay que hacer distancia crítica, consciente y proactiva frente a la tragedia, aprovechando que además de una ingeniería civil, actualizada y responsable haya una ingeniería social de primeros respondientes, habitabilidad segura, árboles telefónicos y ciudadanos respondientes, lo cual no es subsanable en las actuales circunstancias. *Círculo de las Ranas Cantoras, La Virginia, sept. 18 de 2026
Los apuntes
1 El enfrentamiento entre la directora de los Bomberos Oficiales y los socorristas voluntarios al interior del PMU, desembocó en la dimisión de la funcionaria (agosto 15), lo que puso en evidencia la falta de capacidad y liderazgo para la resolución del conflicto.
2 Sismo del 20 de diciembre de 1961 que causó afectaciones a lo largo y ancho del eje cafetero, entre ellas, la fábrica de Confecciones Don Félix de Pereira.
3 Sismo del 30 de julio de 1962 provocó daños de consideración en toda la zona y causó el desplome del techo y el segundo piso sobre la primera planta de la fábrica de confecciones Don Félix, donde perecieron alrededor de 20 operarias. La misma estaba ubicada en la calle 17 con carrera 17 de Pereira, frente a la trilladora de la 17, y era propiedad del señor Félix Carrillo.
4 Sismo del 23 de noviembre de 1979 que además de dejar una estela de víctimas, tuvo la intensidad suficiente para que se sintiera en 17 departamentos.
5 Sismo del 8 de febrero de 1995 con el desplome de edificios y la pérdida de vidas humanas en la zona de la canalización de la quebrada de Egoyá.
6 El sismo del 25 de enero de 1999 causó daños de mampostería en el edificio del Palacio Nacional de la calle 19 con carrera 10 y por tratarse de un bien declarado patrimonio, fue repotenciado suprimiéndole los pisos superiores para mantenerlo útil.
7 Sismo del 25 de enero de 1999 que arrasó a Armenia y cobró la vida de 1.185 personas, más 500 desaparecidos, al tiempo que en Pereira el saldo fue de medio centenar de víctimas fatales y un número indeterminado de desaparec



