Morir en tiempos del Coronavirus

Julian Alberto García Lozano

La diosa Morta llegó del averno,

se vistió de virus y visito la tierra.

Acorralo a príncipes y a  vasallos a  poderosos y a  humildes.

Hizo temblar los cimientos de la tierra

Y enmascaró la boca de todos los  vivientes.

Llenó la necrópolis de cadáveres de todas las condiciones.

Niños, abuelos, varones vitales y bellas mujeres,

profesionales, campesinos, indigentes, políticos y religiosos.

No tuvo compasión de nadie.

Y lloramos en familia la partida del hermano,

del amigo, del vecino.

Se fue solo  en el más absoluto de los  silencios.

Nadie lo acompaño a su  última morada

siendo ese su deseo más ferviente.

La muerte se volvió una estadística

que solo sumaba y sumaba cadáveres de humanos

apilados en improvisados féretros.

Las sirenas se cansaron de llorar

y no volvimos a escuchar el doblar de las campanas

despidiendo a sus hijos arrancados con sigilo.

No  hubo más besos en la frente.

No pudimos tomar sus manos yertas.

Las flores se marchitaron en las estanterías.

Los rezos se volvieron oraciones en privado y

las últimas muestras de afecto se ahogaron en la garganta

Se marchó para jamás volver…

No volveremos a escuchar su voz.

A contemplar  su lento caminar.

Despareció el brillo de sus ojos y su risa contagiosa.

Nos arrebataron sus sueños

sin escuchar sus últimas palabras.

Sin percibir  el final  de sus suspiros.

Sin que  recibiera la santa bendición.

Atrás quedaron los abrazos,

los besos las caricias.

Las tertulias sin fin, los paseos tomados de la mano, los anhelos de un nuevo despertar.

Ya no hay   retorno posible.

En nuestro interior quedaron las palabras que con rabia pronunciamos.

Y las que por temor nunca le dijimos,

se volvieron una tea  en nuestras entrañas que incineran  el alma.

Por qué no lo abracé la última vez que lo tuve en frente.

Por qué no le manifesté lo importante que era para mí.

Mira a tu lado.

Contempla con detenimiento los rostros

de quienes aún te acompañan en este camino de la vida.

Vea  en ellos reflejada la imagen de aquel que ya partió.

Del que jamás   regresará.

Te está diciendo  en silencio que necesita de ti.

De tus palabras amables,

De tu mirada apacible.

Así solo le dispenses eso,

Cuando parta lo hará tranquilo

Y conservará de ti el mejor de los regalos.

Ese brillo particular de tu mirada cuando sonreías con el alma.

Enseña hoy lo mejor que tu corazón alberga.

Pronuncia tus mejores palabras

propicia tus mejores caricias,

Regala tus mejores besos.

Quizás, solo quizás,

eso sea lo último que hagas por la persona que aún tienes frente a ti.

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