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miércoles, julio 6, 2022

“Mis ojos te han visto”

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Hay personas que, más que creer en Dios, creen en aquellos que hablan de él. Sólo saben de Dios «de oídas». Les falta experiencia personal. Asisten, tal vez, a celebraciones religiosas, pero nunca abren su corazón a Dios. Jamás se detienen a percibir su presencia en el interior de su ser.

Es un fenómeno frecuente. Vivimos girando en torno a nosotros mismos, pero fuera de nosotros. Trabajamos y disfrutamos, amamos y sufrimos, vivimos y envejecemos, pero nuestra vida transcurre sin misterio y sin horizonte último.

Incluso, los que nos decimos creyentes, no sabemos muchas veces «estar ante Dios». Se nos hace difícil reconocemos como seres frágiles, pero amados infinitamente por él. No sabemos admirar su grandeza insondable ni gustar su presencia cercana. No sabemos invocar ni alabar.

A todos se nos pueden aplicar las palabras del Bautista: «En medio de vosotros hay uno al que no conocéis.» ¿Qué sabemos nosotros de Dios fuera de algunos viejos tópicos? ¿Qué sabemos de Cristo fuera de cuatro datos superficiales?

Tal vez, ésta es nuestra peor pobreza: ignorar lo que tenemos. Qué pena da ver discutir de Dios en ciertos programas de televisión. Se habla «de oídas». Se debate lo que no se conoce. Las personas se acaloran hablando del Papa y los anticonceptivos, pero a nadie se le oye hablar en serio de ese Misterio que los creyentes llaman «Dios».

Para descubrir a Dios, no sirven las discusiones sobre religión ni los argumentos de otros. Cada uno ha de hacer su propio recorrido y vivir su propia experiencia. No basta criticar la religión en sus aspectos más deformados. Es necesario buscar personalmente el rostro de Dios. Abrirle caminos en nuestra propia vida. «Preparar el camino del Señor».

Cuando, durante años, se ha vivido la religión como un deber o como un peso, sólo esta experiencia personal puede desbloquear el camino hacia Dios: poder comprobar, aunque sólo sea de forma germinal y humilde, que es bueno creer, que Dios hace bien.

El encuentro con este Dios no siempre es fácil. Lo más genuino que puede hacer el ser humano es buscar. No cerrar ninguna puerta; no desechar ninguna llamada. Seguir buscando, tal vez, con el último resto de sus fuerzas y de su fe. Muchas veces, lo único que se le puede ofrecer a Dios es nuestro deseo de encontrarlo.

Dios no se esconde de los que lo buscan y preguntan así por él. Tarde o temprano, uno se encuentra con su «visita» inconfundible. Entonces, todo cambia. Lo creíamos lejano y está cerca. Lo sentíamos amenazador y es el mejor amigo. A la persona se le escapan las mismas palabras que a Job: «Hasta ahora hablaba de ti de oídas; ahora te han visto mis ojos.».

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