“Fui a prisión y mi diario son las cartas que nunca te envié”.
Paola Chacón
Condena de 24 años (288 meses) de presidio a Celina Franco Valdivia. ¿La razón? Homicidio, el asesinato de su recién esposo, Jacobo Cortés. Así inicia la novela del escritor Fernando Soto Aparicio llamada “Mientras llueve” (Panamericana Editorial), donde el agua es símbolo de estancamiento, dolor y tragedia.
Aquel 2 de septiembre de 1954, cuando la joven Celina recibe la noticia de su condena, luego de que los investigadores hallaran que las pruebas apuntaban en su contra, su vida, de apenas 18 años, daría un giro drástico en el que los planes y el futuro que había imaginado cambiarían para siempre. Más que el relato de un crimen, la obra se abre como una reflexión sobre el encierro, la soledad y sus consecuencias.
¿Qué llevó a Celina hasta este lugar? Una decisión. Para su madre, la mejor oportunidad: contraer matrimonio con Jacobo Cortés, un hombre adinerado que buscaba una esposa. Fue obligada a casarse con él, pero su corazón pertenecía a Fernando, su primer amor y con quien tuvo un encuentro antes de contraer nupcias. Jacobo se entera de esto y es encontrado muerto tras el envenenamiento con arsénico en un vaso que Celina le ha entregado. No atina a defenderse: sus huellas están en el vaso y es acusada de homicida. La pregunta para el lector, más tarde, será inevible: ¿es culpable o víctima de un sistema que la antecede?
Fernando se convertirá en el único destinatario de las cartas (convertidas en diario) que Celina escribe en prisión. Y es precisamente este formato el que toma Fernando Soto Aparicio para sumergirnos en el mundo interior de la joven; desde allí nos muestra cómo siente y piensa, mientras descubrimos con ella un mundo al que nunca imaginó llegar. Escribir es una forma de sostenerse. Privarla de la libertad es también privarla emocionalmente de su vida, una vida que queda suspendida durante la condena.
¿Qué mantiene viva la esperanza en el encierro? Soto maneja un estilo sobrio y sin excesos que intensifica, a la vez, el sentimiento en aquellas circunstancias. Muestra cómo Celina se refugia en el amor interrumpido, cómo él encarna toda su fuerza para no dejarse caer, para comer, para despertar de nuevo. Más que consuelo, ese amor opera como una estrategia de resistencia.
A la vez, la condena a la que es sometida nuestra protagonista deja en evidencia un sistema profundamente roto. De un lado, un sistema penitenciario que, si bien como filosofía sostiene la resocialización de los presos para su posterior reintegración a la sociedad, está muy lejos de aplicarla. Es una estructura corrupta, cruel y precaria que expresa completo abandono durante y después: el de las mujeres privadas de la libertad y la negación de un trato digno y humano. Como Celina, son olvidadas y, para sobrevivir (después), las opciones que le deja la sociedad son realmente escasas. Aquí la prostitución se convierte no tanto en elección como en una de las pocas salidas posibles.
Lo que queda para el lector, no es solo la historia de una mujer, sino el retrato de un sistema que convierte la vida en un ejercicio de supervivencia. En lugar de una obra que representa la transformación, Soto nos confronta con la crudeza de escenarios que no son aislados ni ajenos. La soledad aparece entonces como un espacio ambiguo: cuna de la esperanza y de la desesperanza, pero también es el resultado de una estructura que empuja y condiciona. El encierro sigue existiendo, la ausencia de luz persiste porque lo que fue quebrado no se recupera con la libertad.



