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sábado, diciembre 3, 2022

Meditaciones en torno al acto educativo

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

El jaibaná de la tribu respondía así, a un curioso visitante que le preguntaba por qué su gente no se perdía en la espesura de la selva: “Nosotros en nuestra vida diaria tenemos muchos rumbos y andares. Mientras no se tenga un rumbo, no sabremos para dónde vamos… Ninguno de los dos llegará a ninguna parte: los que tienen rumbos y se quedan quietos y los que sólo tienen andares y caminan alrededor. El plan de estudios en la Colonia no fue tan denso ni diversificado como se cree. Las áreas estudiadas fueron sometidas a un riguroso análisis y se les destinó una misión especial en relación directa con las ingentes realidades de la sociedad neogranadina.

Es imposible desarrollar procesos educativos sin un destino y un andar, pero también sin una utilidad. Al inaugurarse a mediados del siglo XVII el primer curso de Matemáticas, el sabio profesor José Celestino Mutis, después de referirse a la importancia de tan singular disciplina académica en la vida del Virreinato, acordó con sus estudiantes que, luego de transcurrido cierto tiempo y hecha una exhaustiva evaluación, se concluía que las llamadas “ciencias exactas” no servían para conocer y plantear soluciones pertinentes a los problemas y necesidades del Nuevo Reino de Granada, la novedosa cátedra sería suprimida por inútil e innecesaria.

Los dramáticos acontecimientos que vive nuestro país, hoy por hoy, dejan muy en claro la función social de la educación. Amamos el conocimiento y el saber, pero más amamos la vida y es para ella y por ella es que trabajamos desde nuestro quehacer pedagógico. Cuando nos preguntamos por nuestro futuro educativo nos estamos preguntando ¿para qué educamos? Educamos para la incertidumbre que lucha a brazo partido contra el autoritarismo el cual está lleno de certezas; educamos para resignificar y desaprender y emprender la tarea de reaprender; educamos para la expresión conscientes de que aquel que no se expresa, se represa.

Educamos para aprender a convivir en medio del conflicto y, a pesar de él y así, lograr apropiarnos histórica y culturalmente de una realidad que pide a gritos ser transformada por nuestras comunidades educativas a través de la acción, la reflexión, la participación y la comunicación. De esta forma, comprenderemos que toda separación, toda exclusión en la escuela, además de ser inaceptable, es un símbolo inicuo de injusticia e inequidad. Alguien decía que somos seres que podríamos volar con nuestros imaginarios hacia otros mundos posibles sino fuera por un impedimento: tenemos una sola ala… “Necesitamos del otro para poder volar”.

Muchos logran percatarse de su genialidad en su niñez, pero otros no. Por aquellos tiempos, John Lennon, el célebre músico, multi – instrumentista y compositor de la célebre banda de rock “Los Beatles” se preguntaba por qué nadie en la escuela descubrió las aptitudes propias de su inconmensurable inteligencia musical. Empezó entonces a dudar de las capacidades pedagógicas y didácticas de sus maestros. “Sólo tenían información que yo no necesitaba. Para mí estaba clarísimo: ¿por qué no me inscribieron en la escuela de arte? ¿Por qué no me educaron en la forma debida?… Yo era distinto, siempre lo fui ¿Por qué nadie se dio cuenta?”, murmuró alguna vez.

En 1991, mediante un test computarizado diseñado por un estudiante brillante y apasionado por el conocimiento tecnológico, se evidencio que el mayor puntaje entre seiscientos sujetos evaluados lo obtuvo un profesor de química quien, por supuesto, no tenía idea alguna de sus cualidades musicales: su oído distinguía la centésima fracción de un semitono.  El asunto es que ya era demasiado tarde. Nuestro sistema educativo no considera la evaluación como un tramo más en la ruta pedagógica del error. Abrigar la sospecha de que existe el error nos llena de angustiosa vergüenza al considerarlo un obstáculo para avanzar en el camino de nuestra praxis educativa.

Estanislao Zuleta cuestionaba los vanos conflictos escolares: “Mientras estudiantes y profesores estén convencidos de que hay uno que sabe y otro que no sabe y que el que sabe va a ilustrar al que no sabe, sin que el otro tenga un espacio para sus propios pensamientos e inquietudes, la educación será un asunto perdido”. Ernesto Sábato argüía que podemos instruir sobre cómo construir un Boeing sin aprender a convivir. Debemos educar “para comprender a quienes están cerca y están lejos, aceptar las desgracias con coraje, tener mesura en el triunfo, saber qué debemos hacer con el mundo y así, aprender a envejecer con dignidad y saber morir con humildad”.

Una frase anónima plantea que es preferible mil veces atreverse a emprender grandes empresas y ganar triunfos gloriosos, aunque matizados de fracasos, que “formar en las filas de aquellos seres pobres de espíritu y de fe que, ni gozan mucho, ni sufren, porque viven en el gris crepúsculo donde no conocen ni la victoria ni la derrota”. Por eso creemos que debemos buscar formas evaluativas y alternativas en donde, más que esperar respuestas, debemos ir tras la búsqueda de más interrogantes. Con Eduardo Galeano diremos que el significado y la importancia de la utopía está en otear horizontes y valorar nuestro “caminar” hacia ellos, aunque no los alcancemos.

Se hace necesario reformular una nueva pedagogía del liderazgo. Rechazar ese concepto de líder que funge de mesías y quien, a través del don de la palabra exhorta a seguirle hacia una tierra prometida. Ahora, la función del líder no solo es hacer que la gente haga cosas, sino también que quiera hacerlas. Se vuelve imperioso el hecho de crear sinergias para construir y estructurar un liderazgo integral, corporativo y transformador. La función de ese “facilitador” será permitir que cada uno, de manera asuntiva y comprometida, obtenga lo mejor de sí mismo y, con una visión amplia, no solo se adapte a los cambios, sino que también, los promueva.     

Retomamos las premisas básicas en la Programación Neurolingüística: reconvertir el acto pedagógico en un quehacer donde el fracaso no exista y sólo haya resultados; no confundir el mapa curricular con el territorio académico y con la bitácora vivencial; repotenciar a través de un inventario axiológico y ecosistémico, los principios y valores que orientan nuestro quehacer educativo; saber sin duda alguna que, si alguien puede, también nosotros con la reciprocidad de la ayuda; ser conscientes de que, al hacer siempre lo mismo, obtendremos idénticos resultados y repetir los mismos procedimientos que lo causaron, no podemos solucionar nada.

A través del aprendizaje interactivo nos rediseñamos a nosotros mismos, llegamos a ser personas diferentes que construimos un mundo diferente. Aprender a aprender siempre será una de las actividades más importantes que podremos realizar a lo largo de nuestra vida… Entonces, como bien lo plantea el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, “Lo imposible será una cadena de posibles que aún no habrá comenzado”. No podemos olvidar que la educación es también un medio a la vez que un objeto de cambio. La profecía de Federico Nietzsche algún día se hará realidad: “Llegará el tiempo en que los políticos se ocuparán tan solo de los problemas educativos”.

gonzalohugova@hotmail.com

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