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jueves, abril 25, 2024

Majo quiere malteada de fresa

Percibimos la sinceridad desnuda de una Mafalda que todavía no quiere bajarse
del globo sin opinar sobre algunas cosas que encuentra mal.

Diego Firmiano
Majo es una centennials. Nació en el año que más terremotos tuvo el mundo, el
2008. Claro, el asunto la trae sin cuidado, porque Majo misma es un terremoto con
trenzas. Ya casi cumple 15 años, y esto debe ser trascendental para ella, porque
vive justo en el siglo donde las personas no desean ser útiles sino importantes.
Por eso, indignada por el trato que la historia les ha dado a los genios literarios,
dice: «Hasta donde sé, todo el mundo quiere ser famoso, sobre todo YouTuber,
TikToker o Influencer. Todos de alguna manera quieren ser Messi o Shakira. Y lo
digo ahora, en diez o veinte años, querrán ser otros».
Si Majo tuviera más edad, creeríamos que es una crítica cultural insufrible. Pero
sus diálogos son espejos de la sociedad, no introspecciones agudas, y el viaje por
su imaginación está registrado en un cuaderno íntimo donde descansan todas y
cada una de sus palabras. Y es que este universo singular y privado lo
encontramos en «El diario de Majo» (2024), el nuevo libro del poeta, filósofo y
guionista pereirano Andrés Galeano, ahora disponible para un público amplio, y
gracias a Enlace Editorial de Bogotá que ha impreso un texto elegante en su

diseño, con una temática moderna y fresca. Aunque aclarando que no solo
estamos frente a un título más, sino delante de un cuento con mucha creatividad
de parte del autor, quien nos plantea el divertido y curioso mundo de una
adolescente cuyo nombre de pila es María José Acosta.

Supermajo
Aunque despacio, ¡venga!, no hay que llamarla por su nombre completo (eso lo
hace una mamá enojada), mejor es decirle «Majo» y eso que ella misma prefiere
llamarse «Supermajo», o al menos así es como firma uno de sus poemas
dedicado al hámster que amó:

«Maldita rata de mi corazón
el mismo día en que partiste
decidí retar a Dios.
Tu regreso, por mi buena conducta.
Aún espero su respuesta».

De igual manera, más adelante sabremos que desea que le caiga un rayo, no para
morirse, sino para decir: «Solo quiero tener superpoderes. «Ser Supermajo».
Obviamente el regaño de su madre por tal ingenuidad la regresa a tierra. Pero ella
persiste en su idea de ser diferente para lograr cambiar algunas cosas, y esto es
entendible y tierno al extremo, pues su familia fue víctima de la violencia armada
del país, y como todo hogar, busca la paz y la armonía.
Y es que esta es la Majo que nos dibuja Andrés Galeano. Espontánea, libre, y
curiosa con todas las cosas, ya que su mayor sueño es ser una escritora

reconocida en vida y no en muerte. Es más, su tío Martín percibiendo su carácter
de pony indómito, la llama de cariño Mafalda, porque igual que la caricatura, sabe
que el mundo da vueltas y por eso quiere bajarse.

Le enseña
Y este tío, tan peculiar, es un pintor excéntrico a lo Dalí y un cinéfilo tipo Andrés
Caicedo, que quizá es la figura del «gran hermano» en Majo, no ese que la vigila,
pero sí que le enseña sobre teorías de conspiración, fantasmas y ovnis cuyo
objetivo indirecto es que la jovencita tenga una mente crítica, que no se trague el
camello y cuele el mosquito. Este pariente díscolo de Majo es parecido al televisor
antiguo de la casa, es el extraño de la familia, el loco, pero como los locos y los
niños siempre dicen la verdad, ambos se vuelven dos caras de una misma
moneda. Esta afinidad le fascina y la conduce a sentir reverencia por su aquel
intelectual, es decir, por aquel outsider, incluso afirma con orgullo: «Sí, lo sé, soy
la sombra femenina de tío».
Aunque este familiar no es el único faro que ilumina las inquietudes de la
adolescente, también los profesores del colegio Sagrado Corazón de María le
enseñan cada cosa según sus asignaturas, a la par, que internet se vuelve, poco a
poco, su mentor personal. Así fue que se convirtió en vegetariana, no le gusta
Wikipedia, tiene conceptos propios gracias a fragmentos filosóficos que encuentra
en las redes sociales, y además aprende historia por televisión, por televisión. Es
claro, ella no es el caviar entre las gomitas, pero sí desea marcar la diferencia
alrededor de sus amigos, pensar como grande frente a los adultos, y eso la hace
única.
Con «El diario de Majo» Andrés Galeano ha sabido captar la esencia de la
adolescencia, y los momentos típicos familiares y sociales por los que pasa

cualquier joven o jovencita que viva en la ciudad. En su libro se retrata, con
creatividad, las situaciones de los centennials y los hijos nativos de la nube; esos
que tantean el mundo a sus anchas y deben sortear los hechos del pasado, o las
incertidumbres del futuro; y cuya mejor defensa siempre será en ellos la tecnología
y la televisión.

Un ser adorable
«Majo», sin duda, es un ser adorable, y en su ingenuidad caemos los lectores
rendidos, sin cuestionarla, solo siguiéndola en su odisea juvenil. Por eso más que
un título para entretenernos, encontramos en cada página de «El diario de Majo»
lo que sucede en un continente o en un vecindario, gracias a una pequeña que no
tiene pelos en la lengua, a un tío ilustrado que se resiste a ser parte del sistema, y
a unos profesores que trasmiten pasión por el conocimiento a sus alumnos.
Finalmente, frente a situaciones que los demás creen, ella no puede entender a
causa de su edad, dice con un bonito orgullo infantil que nos deja pasmados de
emoción: «Puede que tenga 14, pero no soy tonta. Sé cómo funciona el mundo. La
televisión, las series y las pelis me lo han explicado demasiado bien». Y esto es
cierto, porque en las palabras y desde la imaginación de Majo podemos saber
sobre la guerra, el oficio de enseñar, la compasión hacia los animales, los barullos
de la política, el machismo reinante, el bullying escolar, la inseguridad ciudadana,
el sufrimiento del arte, y lo más importante, el don la amistad.
Y así es que este relato íntimo, escrito en dos meses según ella, nos atrapa y
nos hace querer al personaje principal y los secundarios desde el inicio hasta el
final, porque percibimos la sinceridad desnuda de una Mafalda que todavía no

quiere bajarse del globo sin opinar sobre algunas cosas que encuentra mal. «El
diario de Majo», de Andrés Galeano, es un libro para leer, sentir y pensar.

 

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