26.4 C
Pereira
lunes, febrero 6, 2023

Lunes Asfalto

Un texto fantástico sobre lo laboral, sobre lo cotidiano, aunque hay algo, algo más…. Así que prepárese para una lectura singular donde un principio tranquilo, puede ser un final intranquilo…. o quién sabe.

 

Andrés Galeano Rodríguez*

Lo tenía claro. Si ese lunes no le sucedía algo extraordinario, se mataba. ¿Cómo?, era lo de menos. Trabajaba en un décimo piso. Un solo impulso bastaría.

Como todos los días, Evaristo salió a la calle y abordó la ruta 12 que lo dejaba a tres cuadras y media de la Alcaldía. 

Entró por inercia al viejo edificio administrativo y subió los diez pisos por el ascensor de siempre. Saludó con desdén a unos cuantos artistas-lagartos y dudó en entrar a su despacho. Sabía lo que le esperaba: la neurosis del gerente, las cuentas de cobro represadas y el desprecio de muchos funcionarios y contratistas.

Pese a esto, entró. 

QUE LOS VUELVA A CUMPLIR, QUE LOS SIGA CUMPLIENDO HASTA EL AÑO TRES MIL. ¡DIEZ!, ¡VEINTE!, ¡TREINTA!, ¡CUARENTA!, ¡CINCUENTA!

Ahí estaban todos rodeando al gerente, acorralándolo con esas sonrisas falsas y esos ridículos gorros de piñata, apretujando sus cabezas.                  

Muchas gracias a todos por esta grata sorpresa y por estos lindos regalos.  Brindo por esta empresa, por este trabajo y bueno… A trabajar, que para eso nos pagan. 

En cuestión de segundos, todos volvieron a sus respectivos cubículos, renegando entre dientes por la cuota de regalo obligatoria para un jefe que detestaban.

Evaristo, por su parte, se clavó en su escritorio y encendió el PC para retomar los pendientes, pero en esas, su jefe lo abordó con un ánimo renovado. 

¡Evaristo! Llegó tarde, se la perdono por ser mi cumpleaños. Venga y brinde conmigo. Un whisky al año no hace daño.

Al brindar con su jefe, Evaristo creyó encontrar eso tan extraordinario que se había impuesto, para no acabar con su vida. De no ser así, cómo se explicaría esa fiesta sorpresa. Nadie le había dicho algo al respecto. No pudo haber sido una coincidencia… ¿O sí?

 

 

 

 

Evaristo recordó acongojado que, desde el septiembre pasado, sus colegas decidieron excluirlo de todo evento social por haber aceptado jugar amigo secreto y faltar a la entrega de regalos.

Con la moral en el suelo, Evaristo comprendió que aquello tan extraordinario que buscaba estaba lejos, como su fe y sus ganas de vivir. 

Como un regalo del Cosmos para todos, empezó a llover y nadie, excepto él, se percató de este prodigioso milagro con granizo incluido.

En su afán de señales, Evaristo pensó que si llovía tan fuerte era porque Dios quería concederle un secreto que, posiblemente, evitaría su fatídico final. 

Por ello, se levantó de su silla, y sin mirar atrás, salió al balcón para sentir cómo la lluvia caía sobre él antes de tocar el mundo.

Como era de esperarse, sus colegas alertaron al jefe que llegó a poner orden.

¡Evaristo! ¿Qué hace mojándose? ¿Se enloqueció? ¡Éntrese!

No, jefe, venga. Mójese conmigo.

En medio de las burlas, el jefe pensó en entrarlo a la fuerza, pero se contuvo al ver en sus ojos la silueta del Diablo. No era el Evaristo sumiso el que tenía al frente, sino un desahuciado de la vida a punto de saltar.

Cálmese Evaristo  susurró el gerente. Entre y hablemos con calma.

No. Venga y mójese. ¡Venga! 

Los funcionarios y fisgones, felices con semejante espectáculo, se aglutinaron en la puerta del balcón para vaticinar posibles desenlaces.

¡Se va a lanzar!

Son diez pisos. Se le estallará la cabeza.

¡Cállate, por Dios!

¿Será que el jefe se va a mojar?

¡Qué se va a mojar esa Barbie!

¡Shiii! Cállense. El jefe le siguió el juego.

Contra todos los pronósticos, el jefe salió al balcón y empezó a empaparse junto a Evaristo. Solo bastaron un par de segundos para que su traje de paño se hiciera nudos de agua en descenso. 

Ya está. Me estoy mojando  sentenció el gerente. ¡Entrémonos!

¿Acaso no lo ve? Es la vida. Esta lluvia que viene de arriba… es la vida.

Evaristo ¡Por favor!, mire cómo nos miran, van a pensar que estamos locos.

¿Y no lo estamos?

¡Claro que no! Usted es un excelente Auxiliar Administrativo. Treinta y dos años de servicio lo confirman.

No me haga reír jefe, porque me lanzo.

¡No! Espere. ¿Qué quiere? ¿Más sueldo? ¿Un encargo? Podría recomendarlo. Calificarlo con un 100. ¿Qué es lo que quiere? Dígame.

 ¿Qué quiero? Quiero seguir existiendo siendo otro. Odio a Evaristo. Todos aquí lo odiamos.

No se tire tan duro. Si necesita un psicólogo, se lo gestiono con Talento Humano. 

¡¡¡NOOOOO!!!…  Gritaron todos al ver a Evaristo treparse a las barandas del balcón, y abrir sus manos como un Cristo suicida.

 

 

 

 

 

 

 

Se va a lanzar. Que alguien llame a los bomberos o a su familia.

No tiene. Su esposa murió hace poco y nunca tuvo hijos.

Pobrecito. Con razón.

Evaristo, no cometa una locura suplicó el gerente. 

Jefe, deme una buena razón para no lanzarme.

Son diez pisos, Evaristo. ¡Reaccione!

Que me dé una buena razón repitió el funcionario empapado de llanto y de lluvia.

¿Por qué quiere matarse? ¿Dígame?

Que me dé una razón, se lo suplico.

Evaristo… Se lo suplico.

¡¡Que me dé una maldita razón!!

Allá abajo, en la muerte. No llueve.

Evaristo encontró la respuesta que buscaba ese lunes, para seguir postergando su estallido contra el asfalto.

*Pereira, Colombia, 1979. Licenciado en Filosofía de la Universidad Tecnológica de Pereira y magíster en Comunicación de la Universidad iberoamericana Funiber. Escritor, guionista y promotor de lectura. En el 2022 es ganador de la Residencia Literaria de Casa Creativa. Actualmente, es promotor de lectura de la Gobernación de Risaralda.

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -