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martes, septiembre 27, 2022

Luis Yagarí, un pereirano que fue el mejor cronista de la prensa colombiana (II parte)

Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Intendente del Chamí

Su indigenismo, en consecuencia, le venía por punta y punta. De ahí que en sus escritos se escuchen gritos de guerra y cantos que animan danzas extrañas o actos de brujería, con flechas y selva alrededor.

No todo fue color de rosa, sin embargo. Tan pronto asumió el cargo, los problemas surgieron, especialmente de orden político, como cuando varios líderes partidistas se le aparecieron en su despacho para reclamarle que destituyera al alcalde de Pueblo Rico por ser el padre de Eliseo Arango, a quién él admiraba como hombre público y escritor.

Para sorpresa de los ilustres visitantes, les ordenó salir de su oficina y, de inmediato, le organizó un cálido homenaje al acusado, no sólo para exaltar, ante la comunidad entera, al honorable progenitor, orgullo de Colombia, sino también para ratificarlo en la alcaldía, contra la voluntad de sus fuertes opositores, transformados, ipso facto, en sus feroces enemigos.

“El mejor cronista”

Don Gonzalo estaba de paso en Pereira, siendo aún intendente del Chamí. Alguien le vio y regó el cuento en Manizales de su presencia en La Perla del Otún.

Fue entonces cuando Aquilino Villegas, quien le conocía de tiempo atrás, sugirió su nombre en La Patria para que lo nombraran cronista, pues llenaba -según dijo- todos los requisitos: conservador aguerrido, escritor castizo y buen orador.

Tal propuesta fue bienvenida en el periódico y así se lo hicieron saber. Él, sin pensarlo dos veces, aceptó el ofrecimiento, básicamente por motivos políticos, pues ahí veía la posibilidad de destacarse en su partido, más aún cuando éste era orientado en Caldas por amigos (como Aquilino, por ejemplo) que lideraban la oposición a la República Liberal instaurada en 1930.

Desde sus primeros artículos, nacidos sobre todo de animadas tertulias en cafés tradicionales de la capital caldense, el incipiente cronista recibió enorme acogida entre los lectores, lejos de ser opacado por colegas como Tomás Calderón –Mauricio-, con su Minuto, y Luis Donoso, con sus charlas populares en verso, cuyo humor nada tiene que envidiar a las mejores páginas del Tuerto López.

Desde entonces se empezó a proclamar que era el mejor cronista del país, título al que se refería con el siguiente comentario, nada modesto: “Solo sé que antes de mí hubo uno: Luis Tejada”.

De inmediato, se hizo también célebre su espíritu vanidoso, prepotente, al tiempo que las víctimas de ataques o burlas le temían a su pluma demoledora, a su fina ironía, a su capacidad de ponerlas en ridículo mientras hacía reír, aparentando incluso que sus palabras eran inofensivas.

Grecocaldense en acción

De aquella época -“Gloriosa”, en su concepto-, Yagarí dejó un amplio testimonio disperso en sus crónicas, donde el lector participa de intensas luchas políticas, viajes a caballo por los municipios de Caldas o Antioquia y recorridos a pie, de día y de noche, por las calles de la ciudad, donde se topaba con dirigentes políticos, escritores y artistas, locos y bobos, reinas de belleza y matronas, burócratas a granel…

Las suyas, en realidad, son historias escritas con naturalidad, a veces triviales, siempre con humor, sencillas pero líricas y aún conmovedoras, donde la escuela grecocaldense está presente sin rebuscamientos y con un academicismo bajo control, nada trascendente.

Estuvo en la Asamblea departamental, que presidió en dos ocasiones; en la Cámara de Representantes, donde ejerció la presidencia; militó en el Nacionalismo de El Mariscal Gilberto Alzate Avendaño (grupo del que salieron derrotados, con el orgullo digno de haber vencido, pues “los mejores y más capaces -aseguraba- nunca son elegidos”), y, cuando menos pensó, fungía de ministro consejero ante el rey Balduino, en Bélgica, donde permaneció cuatro años que le permitieron pasearse a sus anchas por Europa, recorriendo museos.

Luego fue embajador en México, cargo al que renunció por petición de su familia -“Todos querían regresar al país”, afirmaba con nostalgia-, si bien el presidente Guillermo León Valencia, su amigo “de muchos años”, se declaró dispuesto a darle el puesto diplomático que quisiera.

Colofón

Éste fue el Luis Yagarí que yo conocí, no el que, casi una década después de haberse convertido en mi padre putativo como periodista en plena adolescencia, volví a ver en Manizales, ahora arrastrando los pies y con la memoria perdida, encontrada a pedazos con la ayuda de su amada esposa, doña Helenita.

El que yo conocí era todo un guerrero, de quien nunca imaginé que fuera a perder su batalla por la vida en mayo de 1985.

(*) Esta crónica formó parte de la serie periodística “Historias contadas”, publicada en 1979 por el diario “La Patria” de Manizales.

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