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sábado, septiembre 24, 2022

“Luis, hermano mío”, el libro de Beatriz Caballero

Beatriz Caballero es titiritera, escritora, organizó el primer Festival Nacional de Títeres y el segundo Encuentro de Titiriteros, ha escrito guiones y libretos, cine y televisión. También ha traducido obras de teatro. Ha publicado unos 10 libros y  también es la hija de Eduardo Caballero Calderón, hermana de Antonio y Luis. El uno periodista y escritor y el otro pintor.

Desde la muerte de Luis, Beatriz ha manejado su legado y su obra y en el camino ha ido aprendiendo, porque al morirse Luis ella no tenía ni idea de marchantes, ventas, certificaciones y esas otras cosas. Ha estado inmersa en Luis, en su obra, su archivo, en organizarlo y ver qué se puede hacer con él, después de que –menos mal– el Banco de la República no lo aceptara cuando a comienzos de los 2000 Beatriz donara unas 200 y algo más obras, que hoy están guardadas e invisibles.

Beatriz hace poco escribió un libro, Luis, hermano mío (Taurus), con sus recuerdos de Luis, de Antonio, de don Eduardo y su mamá, doña Isabel, y su hermana María del Carmen –la única que siguió el camino correcto, “el políticamente correcto” dice Beatriz–, pero más que todo de Luis. Un libro en el que desnuda a su familia y cuenta infidencias y esos secretos que a los chismosos les encantan.

¿Qué hacía con esos pesos que le daban Antonio y Luis cuando la hacían posar y tomaban clases de pintura?

Cuento de niña que toda mi familia Holguín vivía en Santa María de los Ángeles con los primos, entonces había cerca una tienda y allá íbamos y entonces yo con un peso compraba un papel, un paquete de papas fritas, una naranja Postobón y un chocolate que se llamaba bonfruit y que se estiraba. Y me alcanzaba para una mogolla que era para Sonia, que era la perra de un primo.

De esos dibujos de ese entonces hay uno en el libro, una reproducción de un retrato suyo a pastel. Aparte de ese retrato, ¿quedan más?

Sí, hay otro que está en el libro. Es en Tipacoque, uno que yo estoy de perfil con un suéter amarillo. Esa también soy yo. Ahí ya estoy más grande. Ya tengo unos 12 años. En los pasteles tengo por ahí nueve. Yo no recuerdo los de Antonio. Él se la pasaba dibujando era una prima más niña, de la que estaba enamorado…

A la que no lo dejaron cortejar…

Sí, porque le salía el cola de marrano. Los papás eran primos hermanos y entonces mi tía Gloria le dijo, no, no, no, eso no se puede. Pero ellos tuvieron siempre un romance clandestino, que aquí a mí me tocó ver. Porque esta casa es muy grande, la compró Luis para él y yo, pero después Antonio se quedó en una época y eso fue un desfile de novias.

Hablando de ellos dos, ¿por qué se odiaban? Luis decía que se detestaban a morir…

Había una rivalidad, porque ambos dibujaban. Luis decía que Antonio era mejor que él y entonces él se dedicó a pintar, solamente para ser mejor que Antonio, porque Antonio era más chiquito. Sí, él no podía tolerar eso, porque era muy orgulloso, y no sé por qué, pero se peleaban mucho.

Una vez Luis se va a vivir a París y los dos crecieron, la relación cambió…

Ya de grandes, pues se volvieron amigos intelectuales, pues… porque a ambos les interesaba tremendamente la pintura, y como decía Luis, Antonio era la conciencia de la familia y que Antonio nos explicaba que era lo que estaba pasando en la guerra de Palestina e Israel y entre Rusia y los Estados Unidos. Él era el que sabía todo eso, y entonces todo se lo consultábamos.

Eran muy distintos en sus caracteres, Luis era muy tímido, pero tal vez de esa misma timidez, nacía ese orgullo, y Antonio como más espontáneo…

Antonio lo que tenía, también era muy tímido, era un humor más… más mordaz, más agresivo. Luis era más irónico, digamos, pero Antonio con sus amigos tenían una relación en que se estaban todo el tiempo echando vainas, pullando.

Pasando a otra anécdota, otra instantánea que hay en el libro, ¿qué cree que era lo que tanto atormentaba a don Eduardo de su ‘relación con Gustavo’?

Creo que lo que tenía ese muchacho por papá era como una admiración porque era ese señor de esa casa de barba, pues era imponente para nosotros, pues para un niño campesino y que le parara bolas y de conversara y lo llevara y papá les hablaba mucho, les enseñaba.

Luis dice que de niño era muy religioso, ¿qué tan religioso era? ¿O era más bien un místico?

Lo que le fascinaban eran las imágenes. Ahora, en esa época nosotros teníamos clases de religión, de historia sagrada, eso estaba muy presente y en la pintura, en la pintura española sobre todo que vimos tanto de niños en el Prado. Entonces yo creo que eso era lo que le llamaba la atención a Luis y le impresionaba terriblemente pues las torturas, como Sebastián clavado, o el Cristo de Montserrat ensangrentado pues porque la religión a uno le infundía miedo también. De ahí, no sé, se le vuelve como esa… los gestos, las posturas, son las mismas de las imágenes religiosas que de violencia. Luis fue un niño distinto que veía imágenes y que se volvió pintor. Era distinto, con los labios pintados de azul, de morado. Encorvado, huraño, según él creía, pues quienes lo conocieron decían que era una persona muy suave. Todos lo adoraban y a él no le gustaba mezclar gente. Separaba a sus amistades de la familia, a los coleccionistas de los modelos y de sus otros amigos, así en pequeños círculos que lo orbitaban.

¿Por qué Luis decía que nadie se lo aguantaba más de tres meses?

Él se robó esa frase de Philippe, porque él fue el que dijo “yo solo me lo aguanto tres meses” y me avisó la víspera, me dijo: “ya me voy”. Y como él se creía insoportable, huraño, jodón… pero no, era un encanto. Es difícil decir que pasé feliz en París con él enfermo acostado en una cama y que solo pasaba de la silla de ruedas a dibujar un poquito, a almorzar, a comer con los amigos… Pero ahí viví muchísimo con él. Él no era insoportable.

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