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viernes, septiembre 30, 2022

Los silogismos del absurdo

Tenemos miedo a enfrentarnos a nuestras interpelantes realidades. Intentamos desconocerlas disfrazando nuestra incapacidad con una autosuficiencia soberbia y ostentadora.

 

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

De pronto, nuestros monólogos reflexivos comienzan a incomodarnos. Descubrimos que hay un cierto encanto en cada posibilidad e intento. No advertimos lo pronto que todo puede terminar. Nunca nos hemos preguntado si hemos usado algunos de esos 86.400 segundos que tiene el día para darle gracias a la vida por existir. Deslumbrados por un rutilante destino, a todas veces incierto, deambulamos trémulos por el sinuoso sendero de la existencia. Apoyados en nuestros pasos vacilantes, vamos dando tumbos, tanteando en la oscuridad de nuestras vidas, buscando en vano ese lugar donde se oculta nuestra felicidad quizás extraviada en el inconmensurable laberinto de nuestros sueños libertarios.

No reconocemos ni aceptamos ese universo exuberante y sorpresivo que nos depara el día a día. Con displicencia recibimos todo lo que pródigamente la vida quiere darnos. No creemos que somos y estamos en este mundo para convertirnos, desde el ser y el hacer, en sujetos refractarios de nuestra asombrosa cosmicidad. No percibimos ni nos interesan nuestras constantes y apremiantes transformaciones vivenciales y actitudinales. Despreciamos y nos resistimos a aceptar la fuerza gravitacional que ejerce el cambio sobre nuestras vidas. Perdimos esa capacidad de asombro que nos depara el contemplar el exuberante paisaje de nuestro aquí y ahora.

Somos seres indolentes frente a nuestro exuberante patrimonio experencial. No reconocemos ni aceptamos nuestros fantásticos dones vivenciales. No los llevamos consigo más allá de nuestras propias posibilidades, sin aprovechar al máximo sus bondades ni introducirlos en el poderoso reino de nuestra magia interior. Nos negamos a creer que es la claridad de nuestra conciencia la que le da el rumbo y el andar a nuestra existencia. Sin ella sabemos que el mundo no tiene sentido, pero no aceptamos el compromiso ontológico de cualificar continuamente nuestros niveles perceptivos y racio–emocionales que son los que estructuran nuestra capacidad de enfrentar y regular nuestro mundo bio–psico–social.    

Seguimos explorando, hurgando en imposibles categóricos sin saber que, al final de nuestro largo y absurdo periplo y después de extenuantes y fallidos reaprendizajes, a base de engaños y sin reconocimientos ni aceptaciones, lo que hemos estado intentando es volver a nuestro punto de partida, ese eterno retorno que convierte en falso hogar a todo lugar de donde creímos que nunca debimos de haber salido. No queremos sondear y medir el alcance insospechado de nuestras ubérrimas realizaciones. Tenemos miedo a enfrentarnos a nuestras interpelantes realidades. Intentamos desconocerlas disfrazando nuestra incapacidad con una autosuficiencia soberbia y ostentadora.

Somos depresivos y pesimistas ciertas veces. Otras tantas, ridículamente estoicos, estamos siempre dispuestos a esperar que llegue lo peor. Impenitentes aguafiestas o simplemente optimistas con experiencia, no sabemos nada de ese gigante negro que es el miedo, aunque muy a menudo, visitamos su gruta donde medra adiposo y huraño. Somos extraños en ese mundo mítico y nebuloso que ahoga nuestras angustiosas inquietudes y nuestras más sentidas pretensiones. Sentimos su presencia paroxística, inevitable y enajenante. Nos paraliza deteniéndonos en el tiempo y en el espacio enrigideciendo unas veces con agresividad reactiva y, otras tantas, con laxitud extrema, todo lo que somos y tocamos.

Vivimos deslumbrados por las mentirosas verdades que hoy conocemos sin saber que han sido para muchos no más que simples, breves y fugaces formas como han intentado tolerar sus engañosas realidades. Cubrimos el rostro de nuestras mentiras consuetudinarias para que parezcan criterios de verdad disimulando el engaño y disfrazando los designios. Cogidos todos en una red de farsa y disimulo, con gran versatilidad y sutileza escondemos nuestras fobias, maníaco depresiones y obseso compulsiones. Nada de lo que aprendimos ha sido de verdadera utilidad porque no intentamos con ahínco e inteligencia descubrir la falsedad y el disparate que hay detrás de las palabras y las acciones de mucha gente.

Vivimos en posición fetal: encogidos, dependientes y asustadizos. El optimismo nos abruma, el pesimismo nos confunde. Hacemos eco unas veces al lamento lastimero y otras tantas a nuestras quimeras delirantes. No confiamos en nuestra fuerza y poder interiores. Hemos perdido nuestro espíritu perspicaz, singular, crítico y vigilante. Vivimos atados a una cadena antiaxiológica eslabonada por principios y valores cotidiano–negadores. No nos hacemos regalos emocionales quizás porque éstos no se compran ni tienen precio alguno en el mercado de los abalorios. Somos injustos y avaros con nosotros mismos: no premiamos ni celebramos nuestros ingentes esfuerzos, pequeños triunfos y mínimos logros.

Nuestra cobardía la hemos disfrazado de agresividad y ésta nos ha llevado a un grotesco y pírrico combate de boxeo donde muchas veces, después de la victoria, tenemos que recoger nuestros dientes con los guantes puestos. Matamos el tigre y nos asustamos con su piel… Parecemos ciegos bien armados que se buscan en una habitación en la que cada uno se siente amenazado por el otro y donde cada uno piensa que el otro puede ver. El secreto está en guardar las apariencias: ser audaz, valiente, intrépido, temerario, pertinaz, siempre escondiendo nuestra condición de amilanamiento y cobardía y ostentando esa falsa presunción que disfraza el hecho de ser unos ridículos aventureros. 

Impregnados de un mórbido deseo, juzgamos a todos aquellos que tienen formas de vivir, pensar o sentir diferentes a las nuestras. He aquí algunas de esas incómodas reflexiones que nos negamos a lecto–escribir, escuchar o compartir, todas llenas de preocupantes incertidumbres, colmadas para algunos de percepciones ingrávidas, expectativas adocenadas o decoloradas ilusiones. Frente a esto, sólo nos queda lanzar por ahora una desafiante interrogación: ¿qué haremos con lo mucho o lo poco que conforma lo que realmente somos? Hay un poco de luz radiante y de mágica intención esperando ocultas en cierto rincón de nuestro ser y en algún recodo de este hoy que es mañana.

gonzalohugova@hotmail.com

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