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viernes, febrero 23, 2024

“Los saduceos de hoy”

Conversaban dos gemelos en el vientre materno y uno dijo: “Yo creo que hay vida después de nacer”. Su hermanito le contestó: “No, no es posible. Esto es todo lo que hay. En este oscuro y agradable lugar lo único que tenemos que hacer es comer a través del cordón umbilical”.

Su hermano insistía: “Tiene que haber algo más que este oscuro lugar. Tiene que haber algo donde haya luz y nos podamos mover con libertad”. Pero no conseguía convencer a su gemelo. Después de un largo silencio, entre titubeos, le dijo: “Te diré algo más, creo que hay una madre”.

Su hermano furioso le espetó: “¿Quién te ha metido semejante idea en la cabeza? Yo nunca he visto una madre y tú tampoco. Este lugar es todo lo que tenemos y te diré que aquí se está muy bien y yo no quiero ir a ninguna otra parte”. “¿No sientes, a veces, una cierta presión? Yo creo que esta incómoda presión es síntoma de que tenemos que estar listos para salir de aquí a otro lugar más hermoso y entonces veremos a nuestra madre cara a cara. ¿No crees que la operación salida será maravillosa?”

Esta conversación entre los dos gemelos se refleja en el evangelio que habla de los saduceos, los que no quieren ir a ninguna parte, y Jesús, el que le dice a Nicodemo que hay que nacer de nuevo. Conversación que mantienen los saduceos de todos los tiempos y los creyentes.

La trampa saducea, ingeniosa y terrícola, ¿de quién será la esposa en la otra vida, si la hay, la mujer que para cumplir la ley del levirato fue esposa de siete maridos? Esta discusión religiosa y novelesca tuvo que ser en su día muy interesante.

Hoy, desgraciadamente, hablamos de todo, pero hacemos pocas preguntas a la Biblia, a Jesús y a su Iglesia. Los saduceos seguro que pensaron ahora sí que te hemos pillado. Los ateos de hoy se despachan con el dicho archirrepetido: “Todavía no ha venido nadie del otro mundo, luego no hay nada”. Cierto, las leyes de aquí, incluida la ley del amor físico, se viven aquí y mueren aquí. La ley del amor se vive aquí y en el más allá. El amor de Dios, el sí a Dios y a la vida, para Jesús y los creyentes no tiene fecha de caducidad, es para siempre.

El Dios de Jesús es un Dios de vivos porque en él todos están vivos. Los muertos son los que tienen los ojos cerrados: Los resucitados son los que los tienen abiertos.

Sí, aquí se está muy bien, en este gran vientre que es la tierra, en este inmenso y maravilloso universo, pero todos sentimos la presión imperiosa por la perfecta unidad, la plenitud total, la felicidad sin límites que nos hacen pensar y desear un vientre nuevo, una madre y un padre nuevo al que veremos cara a cara.

Cuanto más pienso en esta realidad más me convenzo de que me sobran todas las grandes ideas y los argumentos ingeniosos. Me sobran los catecismos porque me sobra todo eso que dicen que debemos creer. Hacemos mucho hincapié en lo que hay que creer y poco en quién hay que creer.

La vida cristiana no es un recetario mágico de ideas y prácticas sino una relación cada día más cordial, más íntima con Jesucristo. Todo es gracia. Todo es cuestión de fe. ¿Creo o no creo en las promesas de Dios? ¿Creo o no creo en el Jesús con el que converso aquí todos los domingos? Jesús en el Tabor hablaba con Moisés y Elías de su éxodo, de su operación salida.

Los hombres queremos tenerlo todo controlado y cada día son más numerosos los que hacen testamento vital, expresan sus últimos deseos, cómo y dónde quieren morir. Testamento que debería incluir la apuesta por la vida en el futuro, prueba de que no hemos vivido sin sentido y de que nos sometemos a la voluntad de Dios nuestro Padre.

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