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Pereira
martes, septiembre 27, 2022

Lo que a un forastero le gusta de Pereira!

Sobre la nota que salió en la anterior edición (domingo 11 de septiembre de 2022) de Las Artes, la cual se le atribuyó a Marcela Carvajal Ortiz, El Diario se permite aclarar que la autora de la nota es Jenny de la Barrera a quien le extendemos nuestras disculpas por el error involuntario.

Es importante señalar que el texto fue escrito en el 2013, por lo que algunos datos están desactualizados. A continuación publicamos el texto correspondiente y la foto de la autora.

Por estos días la revista Semana está preguntándole a la gente qué le gusta de Pereira.

Las respuestas no se han hecho esperar, la mayoría de comentarios que he leído vienen de parte de pereiranos, lo cual encuentro un poco inútil si se trata de evaluar con ojos críticos la imagen que tiene la ciudad en el resto del país y de pronto reflexionar sobre lo que se debe cambiar y sentirse orgulloso de lo que se tiene. Yo, que soy ^rola^, voy a contarles con visión de forastera, cómo me fue.

Desde que llegué, me sorprendí. En el centro del país cuando se habla de Pereira, se habla mal, sobre todo de parte de aquellos que nunca han visitado la ciudad. La fama de ser sucia, llena de ladrones, indigentes y mujeres de vida fácil, no la hace un destino muy atractivo.

Para mi familia dejar un empleo estable e irme a vivir a Pereira, la ciudad con el índice de desocupación más alto en toda Colombia, (lo que es mucho decir) era una completa locura.

Luego de comentar mis planes en mi antiguo trabajo, una colega que había pasado por allá en su época universitaria contó cómo los habitantes de calle se amontonan en las ventanas de los restaurantes de Pereira para pedir a gritos comida. Tras este incidente, su visita no duró más que 30 minutos, el tiempo necesario para tomar la ruta hasta Armenia.

Esas anécdotas me llenaron de dudas, pero continué con mi viaje, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Aquí comienza mi relato.

Las mejores arepas que he comido, me las comí en Pereira y lo mejor de ser cliente es sentarse a conversar con esas mujeres que están allí en cada esquina vendiendo este delicioso manjar para sobrevivir. Muchas me contaron cómo a punta de arepas habían sacado adelante a sus hijos, porque en Pereira como en casi toda Colombia hay muchísimas madres solteras.

En Pereira volví a tomar café, después de haber renunciado a la cafeína por varios años descubrí que no en vano Pereira es el corazón del Eje Cafetero y si Colombia exporta el mejor café del mundo, es allí en Pereira y sus alrededores donde se siembra.

Las mujeres de Pereira tienen una belleza única, no son tan elegantes como las rolas, ni tan exuberantes como las paisas, no son como las flores, como las caleñas, ni tan sensuales como las mujeres de la costa, son todo eso junto. Y lo más sorprendente es que no son sordas!, ellas escuchan y lo hacen muy bien.

Las pereiranas son damas, son madres, hijas, compañeras, son mujeres pujantes que tienen que vivir con un estigma que se extendió, creo yo, debido al machismo que reina en esa tierra.

De Pereira me encanta el amanecer, su clima primaveral… y como buena rola, me gusta que llueva por las noches. De Pereira me gustó que el excesivo costo del pasaje en transporte público me haya obligado a comprar una moto, mi primer vehículo de dos ruedas!, en Bogotá hubiera sido impensable.

Como no como carne, me encantó tener cinco opciones diferentes de restaurantes vegetarianos a pocas cuadras a la redonda de mi trabajo. Eso no lo he conseguido ni en las grandes ciudades de Brasil. La gente de Pereira ama la naturaleza y a los animales, aunque sus representantes políticos no.

Me gusta que en cada esquina se puede comprar fruta y es muy fácil comprar jugo de caña. Me gusta viajar hacia Cerritos y sentir el aroma de la piña. Allá, en Pereira aprendí a comer piña, debe ser la mejor piña del mundo.

Cuando estoy en Pereira adoro buscar el Nevado del Ruiz en el horizonte de un día despejado y respirar el aire puro que dejan los cafetales que circundan la ciudad. Me encantaba ver las luces del parque El Lago de noche, los mangos de la Plaza de Bolívar, donde por primera vez vi al libertador desnudo, una osadía para un pueblo de costumbres conservadoras y ultra religiosas.

Me divierte la politiquería y la chismología que se vive en Pereira. Lo atribuyo a que es una ciudad chica que tiene comodidades pero no ha dejado su alma de pueblo y eso me encanta, lo mejor del campo y la ciudad al alcance de todos. Además, en Pereira viajé en willys, esos carritos llenos de verduras que sólo veía en televisión cuando vivía en Bogotá.

De la gente ni hablar, me gusta el hombre que grita el último jueves de cada mes durante el concierto de la banda sinfónica de la ciudad, que él ama la música clásica. Me gusta el tipo que se disfraza de una mujer negra en todas las fiestas y eventos públicos, me gustan los locos de Pereira, que no son pocos.

De Pereira me gusta su producción cultural, adoro escuchar la emisora Remigio Antonio Cañarte, no me equivoco en decir que es una de las mejores del país, me gustó La Cuadra, el Festival alternativo de Teatro, el Festival de Poesía Luna de Locos y los viernes de teatro en el Santiago Londoño.

Poco tiempo me bastó para comprender por qué Pereira tiene tan mala fama. Si todos los colombianos supieran lo amañadora que es la ciudad, nadie dudaría en irse a vivir allá y no hay cama para tanta gente. Pocos somos los afortunados.

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