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lunes, enero 30, 2023

Lectura del santo evangelio según san Juan 1,29-34

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».

Y Juan dio testimonio diciendo:

«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.

Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:

“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor

Flexionemos juntos

1.- Este es el Cordero de Dios
La imagen del cordero aparece en varios pasajes del Antiguo Testamento, por ejemplo:
– Cuando Abraham, le ofrece a Dios en sacrificio un cordero, en lugar de su hijo (Génesis 22,12-13).
– Cuando los israelitas comen el cordero pascual celebrando su liberación de la esclavitud (Éxodo 12,2-11).
– El “servidor de Yahvé”, descrito en un poema del libro profético de Isaías como “cordero llevado al matadero”, anunciando así lo que sería cinco siglos después la pasión de Cristo (Isaías 53,1-12).

2.- Que quita el pecado del mundo
En la versión latina de los Evangelios la frase correspondiente es “qui tollit peccata mundi”. El verbo latino tollere, que corresponde al original griego anairein y del que viene la palabra tolerancia, significa soportar, llevar sobre sí una carga, y por eso el sentido de “quitar el pecado del mundo” es el que nos muestra el texto del libro Isaías antes mencionado: “el Señor cargó sobre él la maldad de todos nosotros”; “el justo siervo del Señor liberará a muchos, pues cargará con la maldad de ellos”; “cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores”.
Así dice el cuarto y último de los poemas del “Servidor de Yahvé” contenidos en el libro de Isaías, de los cuales la primera lectura nos recuerda el segundo, en el que Dios reafirma la misión del Mesías no solo para el pueblo de Israel sino para el mundo entero: “Es poco que seas mi siervo solo para restablecer las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo haré que seas luz de las naciones, para que lleves mi salvación a las partes más lejanas de la tierra” (Isaías 49, 5-6).
Además, es importante tener en cuenta en el lenguaje bíblico la relación entre el “siervo” o “servidor” y el “hijo” de Dios. Juan Bautista, al final del pasaje del Evangelio de hoy, dice señalando al mismo Jesús al que acaba de llamar “el Cordero de Dios”: “este es el Hijo de Dios”. Frente a la negativa de servir, o sea, de obedecer a Dios, que es precisamente el pecado original, su Hijo Jesús realiza el servicio en todo el sentido de esta palabra, al cual se refiere Él mismo en otros lugares de los evangelios al decir que “el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para la redención de muchos” (Mateo 20, 28).

3.- Dichosos los invitados a la cena del Señor
Al celebrar la Eucaristía, tengamos presente la invitación que el Señor nos hace a participar activamente en la cena pascual del Cordero de Dios que carga sobre sí el pecado del mundo. Se trata de una invitación a estar en comunión con Él, acogiéndolo en nuestra vida para que nos transforme a imagen suya, como transformó a los primeros discípulos que recibieron su Espíritu.
Entre estos está el apóstol Juan, uno de los que oyeron a Juan Bautista presentándoles a Jesús y que fue autor tanto del cuarto Evangelio como del libro del Apocalipsis, en el cual no solo leemos que “el Cordero sacrificado es digno de recibir el poder, el honor y la gloria” (Apocalipsis 5, 12), sino también esta exclamación que expresa nuestra esperanza de participar con Él en el banquete de la vida eterna: “Felices los invitados a la fiesta de bodas del Cordero” (Apocalipsis 19, 9).
Por último, como dice san Pablo en la segunda lectura (1 Corintios 1, 1-3), tengamos presente que cada uno de nosotros está incluido entre “los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. Y al invocarlo como el Cordero de Dios que carga sobre sí el pecado del mundo, dispongámonos con su ayuda a ser tolerantes. Si él llevó sobre sí nuestros pecados para salvarnos, nuestra comunión auténtica con Él debe llevarnos a realizar aquella obra de misericordia que consiste en “soportar con paciencia las debilidades y flaquezas de nuestros prójimos” y ser así misericordiosos a su imagen y semejanza. Así sea.

Para estar informado

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