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martes, diciembre 6, 2022

Las cebras de Mauricio Peñaranda

Diego Firmiano

No había manera de retener el presente, dice uno de los protagonistas del nuevo y premiado libro de cuentos del escritor Mauricio Peñaranda, «La estación de las cebras» (2022). Frase que descifra una verdad universal: cada minuto, cada hora, cada día que pasa, todos somos historia y olvido, y a lo lejos seremos un mero recuerdo; un suspiro silencioso; una foto besada; una imagen en la mente de quien nos amó u odió; una chispa fugaz.

Por ello la mejor manera de vivir, por encima del existir, es apelar a la palabra, a esa realidad simbólica, intangible e inmaterial, tan débil como el viento, pero tan poderosa como para crear el mundo y las cosas que existen. Y precisamente la nueva obra literaria de Mauricio Peñaranda es eso, una fuga hacia ese verbo que nos certifica la existencia y nos recuerda que también somos actores del theatrum mundi y por ello nos revelamos u ocultamos de mil maneras.

De ahí que el manojo de cuentos que encontramos en el galardonado libro «La estación de las cebras» (2022), cinco en total, sean de una curiosidad inusitada, ya que, en lo particular, solo conocía los poemarios (igualmente premiados) como Voces de poetas (2016), el último exilio (2019), y el ahora reciente texto publicado en Sílaba Editores de Medellín El azul de la agonía (2022), que podría ser el cierre de una fantástica trilogía sobre poetas muertos.

 

 

 

 

 

 

Narrativo

Así que, ¿un Mauricio Peñaranda narrativo?, Sí, y esto no debe sorprendernos, pues en literatura local toda novedad es una sorpresa, además de un deleite, y en esta línea es que este trabajo contiene entre sus páginas una alta dosis de ternura, soledad, ironía, familiaridad, desarraigo, amor a los animales, confrontación con el destino.

Temas tan singulares como universales que se corroboran en el relato de la niña que cree ver a sus padres en una nube de fuego y agua (Tila); en una casamiento apresurado en medio de una tragedia futbolística en Brasil (La boda); entre el drama de una mujer solitaria que se envía cartas a sí misma (Palabras en el mar); sobre una copiosa correspondencia familiar y la supervivencia de un zoológico (La estación de las cebras); y en el último viaje de un escritor atormentado por la guerra y la paz del mundo (El mejor taxista del río).

Este es el universo paralelo de un Mauricio médium de poetas muertos, con un Peñaranda angeólogo, amante de los libros, las boinas de cuero, especialista en Stefan Zweig, y ahora cuentista galardonado en Pereira. Un sincronía creativa y admirable, cuya libertad del autor, al menos en esta cuentística, no está exenta de tristeza, melancolía, añoranza, y en cuyo lenguaje afectivo hay un misterio y una disposición del alma por describir situaciones que nos revelan quienes somos: Seres fuertes de espíritu, pero tiernos del corazón. De manera que toda acción en cualquier lugar y tiempo representa algo, y ese algo configura irremediablemente al hombre a ser un vertebrado de parte blanda en la superficie y dureza en el centro; o un crustáceo, es decir, alguien duro por fuera, pero blando por dentro. 

La sobreviviente

Y en esta analogía del reino animal es que Sarí, la niña sobreviviente del primer cuento titulado Tila, es una vertebrada, un prototipo de William Pescador, el personaje de Christopher Domínguez Michael que se pierde en el laberinto imaginario de su infancia; o un Kaspar Hauser que aprende de nuevo todas las cosas, pues a Sarí le gusta cascar nueces y coleccionar tréboles intentando buscar la felicidad en el bosque de su inocencia.

Mauricio Peñaranda como narrador dirá: En la tensión del silencio que se impuso de golpe, escuchamos la risa desquiciada de Sarí… Estaba encaramada en una de las ramas bajas del nogal, protegiéndose del aguacero con una sombrilla de colores. Una imagen mágica y tierna que no denota extravío, sino lúdica, ya que la niña conversa con Tila, esa amiga imaginaria que bien podría ser la misma Lilith, y que al final, como súcubo, se incorpora en el padre de Sarí volviéndolo loco de remate: Tila es mala, Tila es mala. Dice una y otra vez.

A la inversa, los personajes de La Boda, el padre y la madre, son crustáceos. Él es aficionado al fútbol, a esa pasión sin lógica por los colores y el movimiento; ella, a creer que el casamiento es una forma de gol en la vida sentimental. Y estas durezas externas dejan ver su centro cuando él debe casarse y pausar su afición por el balompié para establecer un hogar; y ella aprende del deporte para tener a su futuro esposo unido a dos pasiones. Por eso la abuela afirma irónicamente: ¡Las cosas de los hombres! ¡Siempre quieren lucir transcendentes, pero solo llegan a ser pintorescos! Y el ya casado, ex aficionado al fútbol, lo refrenda finalmente: Seré feliz, muy feliz contigo, María, el gol de la tristeza eterna, el de la fatalidad, ese gol, nunca, te lo juro, nunca nos lo va a meter el Uruguay. ¿Es el compromiso social una especie de razón que nos disloca la pasión? Hay cosas que están por verse y este cuento contiene todas las pistas para esa posible respuesta.

Cartas sin destinatario

Por otro lado, en Palabras al mar, nada se evidencia más romántico y vesánico que escribir cartas sin destinatario. Esto lo hace la mujer que ya no se reconoce en el espejo, pues sufre de prosopagnosia, por un lado; y de una soledad atroz, por el otro. Así que en su condición es blanda por dentro y por fuera. ¿Es posible? Sí. Tal fragilidad la lleva a reconstruir una serie de personajes (un mago, un pintor, un filósofo y demás) para que reafirmen su mundo interior: Se demoraba en contestar, releía las cartas para reconocerse en ellas, reencontrarse a sí misma en el recuerdo de otros, despistar su soledad.

Soledad como lugar húmedo e íntimo del alma que intenta revertir, al igual que Franz Kafka, quemando todo recuerdo escrito, toda historia narrada y todo personaje inventado. Interrumpió la lectura y determinó que todo había llegado a su fin. Reunió todas las cartas recibidas e hizo una fogata con ellas. Cuando el viento dispersó las cenizas, comprendió que el silencio que caía sobre ella tenía el valor de la libertad que iba a brindarle. Un conejo será el único animal que la comprenda.

La estación de las cebras será el epítome que le daría el título al libro de Mauricio Peñaranda. Una correspondencia familiar que versa sobre la situación de un país, el desconcierto social, un zoológico al garete y afectos resquebrajados. ¿Crustáceos o vertebrados? Ambos. No hay duda, pues una carta afectiva siempre será una botella lanzada al mar de las costumbres; una informativa será, como dice Rodrigo, uno de los remitentes instantáneas anticipadas del fin del mundo; y una filantrópica, confirmará los lazos que nos unen con los demás seres vivos.

Y en este punto el autor hace una fina relación entre animales. Entre nosotros que sentimos y vivimos razonablemente, y los animales instintivos y exóticos como las cebras. Esos cuadrúpedos que pueden ser un signo o un símbolo espiritual, ya que el padre de Luisa Fernanda y Rodrigo, personaje de este cuento, dice algo sugestivo: Sentí que dedicarse de vez en cuando a la contemplación de las cebras, podría ser una terapia para encontrar la paz, una paz primigenia, inalienable que más que una elección o un aprendizaje, fuera una forma de ser.

¿Y es que acaso el padre ha leído a Peter Singer o pertenece al Club de los doce monos o es un fanático de los Mau Mau africanos?  Sus palabras finales lo dirán todo: Los encargados de los furgones partieron esa noche y dejaron olvidada una cebra. Ante su profunda consternación y sorpresa, no tuve otro remedio que aclararle que era yo la cebra olvidada. En fin, el olvido, y la sentencia de que estamos solos en el mundo y solo logramos conectarnos a los otros por medio de esos símbolos vacíos llamados palabras, y esas tías llamadas metáforas.

Por último

Por último, El mejor taxista del mundo, será un cuento crustáceo, pues Stefan Zweig, escritor vienés entrañable para Mauricio Peñaranda, es el protagonista, al igual que Lotte Altmann, la joven secretaria que siguió hasta la muerte a su esposo, al hombre que se suicidio una mañana cálida de febrero en Brasil. Aunque una tercera figura entra en escena, un taxista que cree reconocer al autor de Fouché, María Estuardo y Magallanes, en la parte posterior de su vehículo. Desde esta relación casual y urbana surge un Ménage à trois social que demarca las líneas de fuga de esas vidas, que igual a la gravedad, buscan sus destinos. Sigmund Freud lo diría mejor: La vida pierde interés cuando en el juego de vivir no puede apostarse la ficha más valiosa: la vida misma. El cuerpo como mensaje, la vida como comodín, la muerte como apuesta política.

Y esta es la ironía que nos pretende mostrar Mauricio Peñaranda, pues igual a una flor que nace para irradiar color, aroma y energía a la tierra, así Stefan Zweig sonríe, tiene esperanza, vive con normalidad, sigue creando cultura, aún sabiendo que el monstruo de la guerra amenaza con devorar y romper la unidad espiritual del mundo. Por eso su fin es tan doloroso como misterioso, aunque su carácter erásmico, a decir de su primera esposa Friderike María Zweg, lo convertiría sin saberlo en el cuarto personaje de su trilogía de La lucha contra el demonio. (Hölderlin, Kleist y Nietzsche—-Zweig).

Yo no sé si las cebras hablan, o si hay una base para ellas, o si son blancas con rayas negras o al revés, pero sí sé que estos cinco cuentos titulados «La estación de las cebras» se hicieron merecedores del premio Colección de Escritores Pereiranos, y eso ya dice mucho de lo que podemos encontrar en este libro: creatividad, recuerdo y olvido, por un lado; técnica, sentimiento y ternura, por el otro.

Al final de esos elementos estamos hechos, porque no hay manera de retener el presente, a menos, que seamos palabra, verbo encarnado, ya que tanto los dioses como nuestros anhelos, están moldeados de acuerdo a nuestras esperanzas. Un libro recomendado del escritor Mauricio Peñaranda que se debe leer despacio para aprender a sentir, a vivir, a poetizar la vida. Salud.

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