18.4 C
Pereira
lunes, enero 30, 2023

Último adiós a Cobo Borda

Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

A Juan Gustavo Cobo Borda, el destacado ensayista y poeta colombiano fallecido el pasado lunes en Bogotá, lo conocí a comienzos de los setenta, hace medio siglo. Entonces yo era un adolescente, apasionado por la literatura y el arte, con apenas 16 años encima, que estaba de vacaciones en Barranquilla; al enterarme de una conferencia suya sobre el surrealismo, que dictaría en la Alianza Colombo Francesa de esa ciudad, me decidí a ser uno de los asistentes, sin falta.
Y no era para menos: el movimiento surrealista, más que el nadaísmo en boga, me seducía; como el conferencista, a pesar de su corta edad -aún estaba lejos de cumplir los treinta-, gozaba de renombre en los círculos intelectuales, y mi persona se las daba de crítico literario por sus tempranas publicaciones en La Patria de Manizales, la ocasión era propicia para disfrutar la anunciada presentación académica.
Fui de los últimos en llegar, lo recuerdo muy bien. El hecho es que debí quedarme atrás, de pie, pues el auditorio estaba repleto, algo inesperado y sorpresivo para mí (pues ignoraba el interés cultural de los costeños, a quienes imaginaba dedicados sólo a la parranda y el trago, el baile y los demás placeres dionisíacos, al ritmo de la cumbia).
Al final se desataron los aplausos, situación que aproveché para acercarme al conferencista, presentarme como escritor o periodista en ciernes y pedirle una cita, a lo mejor para realizar una entrevista como las que venía haciendo en La Arenosa a Noé León, pintor primitivista, y Sonia Osorio, directora del Ballet de Colombia, entre otras personalidades.
Quedamos de vernos al día siguiente en el lobby del Hotel Majestic, al que solía visitar con mi tío Fernando Montoya por ser propiedad de un primo de su esposa, María Elena Abuchaibe.

Con la boca abierta
Cuando llegué, estaba con un amigo, departiendo alrededor de una mesa, frente a la piscina del hotel. Tras los saludos, vinieron las preguntas de rigor, obviamente para saber quién era el intruso, y cuando se enteraron que yo me sentía allí, por las razones expuestas, como en mi propia casa, no tardaron en llamarme burgués, calificativo que en aquella época era un insulto por estar de moda la ideología marxista, revolucionaria, que incluso se había tomado por asalto a nuestras universidades.
“¡El mejor revolucionario es el burgués!”, respondí a las burlas, acudiendo a una cita que no sabía siquiera de donde salió. Fue una buena salida, al parecer. Porque mis contertulios soltaron la carcajada, celebraron el apunte y pasaron, ahora sí, a hablar en serio de temas literarios, con el debido respeto a su invitado (o, mejor, quien se había hecho invitar).
A partir de ese instante, cerré la boca. O la dejé abierta, sin modular palabra, pues Cobo hizo gala, igual que la noche anterior en la Alianza, del dominio absoluto en los asuntos puestos a su consideración, con esa memoria prodigiosa que tanto le admiramos; la cascada de sólidos conceptos, que parecía estar leyendo en uno de sus ensayos, y, claro, el fino humor bogotano, de típico cachaco intelectual, entre risas y carcajadas que contrastaban con su voz aguda, de niño, como salida de un cuerpo distinto al suyo.
Al rato nos despedimos. Quedamos de amigos, aunque apenas nos topamos en un encuentro casual, pasajero, que sólo volvería a darse con la habitual lectura de sus ensayos y poemas en importantes publicaciones nacionales, a las que yo aspiraba llegar algún día.

Tertulia en Manizales
El reencuentro personal tardó varios años. A fines de dicha década, para ser exactos. Todo porque Cobo fue invitado otra vez como conferencista a Manizales, nada menos que al lado del escritor Jaime Sanín Echeverri, para hablar de literatura colombiana, acto académico que también se llenó, en el Teatro Los Fundadores, “hasta las banderas”, para concluir en medio de los aplausos de rigor, más aún cuando los expositores nos hicieron gozar de lo lindo con sus gracejos, mezclados con la erudición de parte y parte.
En la noche nos sentamos a manteles. Como el suscrito fungía de director en el suplemento literario de La Patria y recién había concluido estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas, no era de extrañarse que estuviera allí con el director del periódico y otros intelectuales representativos de la región (entre quienes sobresalían Humberto de la Calle Lombana, nadaista de formación, y Javier Calderón Rivera, rector de la Universidad de Manizales), lejos de guardar silencio sobre temas tan complejos como, por ejemplo, la Generación Beat y la novelística de Jack Keruac, .
En algún momento, Cobo y yo nos cruzamos, circunstancia que aproveché para invitarlo a escribir en el suplemento, donde no tardaron en aparecer una página entera con sus poemas, tal o cual ensayo y, sobre todo, escritos de amigos suyos que contribuyeron bastante a elevar el nivel de la publicación, a la que él se encargó de exaltar en una edición especial de la revista Gaceta, de Colcultura, dedicada a los suplementos literarios, donde yo escribí el informe respectivo sobre la Revista Dominical de La Patria.

Recuerdos de Bogotá
A partir de ahí, la amistad quedó sellada. Siempre nos veíamos cuando iba a Manizales; en una ocasión, al pedirme que lo llevara a la mejor biblioteca de la ciudad -“No pública, ni universitaria”, aclaró-, fuimos a mi preferida, en la antigua casona de El mariscal Gilberto Alzate Avendaño, que disfrutó a sus anchas por toparse con la colección completa de la Revista de Occidente de Ortega y Gasset, entre otros muchos libros de autores griegos y latinos, españoles y franceses, italianos y alemanes, fuente por excelencia de la célebre Escuela Grecocaldense.
Y hasta una vez me llamó de Bogotá para reclamarme por no haberle enviado, a tiempo y en forma exclusiva, el texto de la conferencia que dicté en la Universidad de Caldas sobre filosofía cartesiana, aparecida el domingo anterior en el suplemento, pues él -me dijo- la habría publicado en Eco, la prestigiosa revista cultural que estaba bajo su dirección. Nunca, lo aseguro, dejaré de arrepentirme por no haberlo hecho.
No me arrepentí, en cambio, de llegar a Bogotá en los inicios de los años ochenta, pues fui a buscarlo, tan pronto llegué, a la Librería Buchholz del centro, en la avenida Jiménez, que estaba a pocas cuadras de mi nuevo sitio de trabajo: el diario La República, donde, a pesar de estar ejerciendo el periodismo político, empecé a publicar ensayos literarios y filosóficos en el suplemento dominical que dirigía el maestro Héctor Ocampo Marín.
Allí estaba, cuan gordo era, como si fuese el jefe supremo, que lo fue por la familiaridad con que atendía a los clientes y la forma como se desplazaba, con la debida autoridad, por los diferentes pisos en que estaban regados por todas partes, sobre cientos de estantes, más y más libros, dando la impresión de ser lo único que había en el mundo. Ese era su mundo, por cierto.

El último adiós
La última vez que nos vimos fue en un lujoso restaurante bogotano, cuando me preciaba de ejercer la dirección de La República, cargo que me permitía sentarme a manteles con funcionarios públicos del más alto rango, como lo era mi acompañante, Luis Guillermo Plata, director de Proexport, quien se estaba preparando para asumir el ministerio de Comercio Exterior.
De salida, oí una llamada, a los gritos, que alarmó a los comensales: “¡Poeta!”. Al volver la mirada para ver quién era (me sentí aludido, como es obvio) y confirmar que el culpable de tal escándalo era Cobo, fui a saludarle, no sin caer en cuenta que estaba con Darío Jaramillo Agudelo, ese sí un poeta de marca mayor como él, no como la mía. La vergüenza me invadió por el título honorífico que acababa de recibir en público.
Esperaba, sí, que, en su flamante condición de miembro numerario en la Academia Colombiana Lengua, asistiera a mi posesión allí, en 2016, como miembro correspondiente. No apareció. Después supe, por la bibliotecaria, que estaba muy enfermo y que, por tal motivo, no había vuelto a las sesiones académicas, tanto que ni siquiera salía de su casa, donde, por lo visto, dejó de escribir o, al menos, de publicar con la asiduidad de antes, cuando era uno de los autores más prolíficos en nuestro bello idioma castellano.
No le llamé por teléfono, a pesar de tener su número. Preferí conservar los recuerdos intactos, sin cambiar su rostro, ni su voz, ni su alegría, ni su vasto conocimiento, ni su presencia física e intelectual, ni mucho menos su amistad, de la que siempre me sentiré honrado.
¡Adiós, amigo!

(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -