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domingo, mayo 19, 2024

Tres cuentos de Andrés Botero

“Nací en la ciudad de Pereira, Colombia, donde completé mis estudios de primaria y secundaria, época en la cual se inició mi pasión por la lectura y la escritura. Después de la secundaria, emigré a los Estados Unidos donde completé los estudios universitarios en el área de Microbiología. En la actualidad resido en Nueva York, donde continúo escribiendo con la misma pasión de aquellos primeros años. Entre mis trabajos literarios destaco Rachel Insectario (narrativa), El Escapista (narrativa), Bioforms (poesía en inglés), Olive Eyes (poesía en inglés)”.

New York

Gran ciudad que se levanta de improviso con las confrontaciones indiferentes de conquistadores, maniobras que la describen pasajera al igual que un espectro, probablemente por culpa del invierno absurdo. Ciudad que evita que la encuentren al doblar la esquina. Era el invierno un manto robado del gris que al ser cielo y río son casi de la misma neutralidad. Olor porteño.

Paraíso de concreto donde levita mi ángel guardián; deambular nocturno y embriagado por las calles presurosas, siento mil videograbadoras observando, cuando al final penetró en un lugar desusado más allá de la ultratumba, donde creo visualizar a un protector cayendo en el abismo cerca a las puertas de acero, se lanzó sin grito de angustia a un orificio que separa lo irreal de lo concreto.

     Vuelan mariposas policromadas al igual que dragones en noches bohemias, criaturas que rugen seducidas por el olor a entrañas del subterráneo, exhala desde el submundo un resto prehistórico y asciende despavorido un olor a azufre eructado por el volcán sediento.

     Ya verás cuando lo detalles con los ojos verdaderos, los ojos que ven porvenires, llorando me dirás que estás embarazada de gemelos, me susurrabas en el hotel las últimas palabras de los que parten siguiendo astros sin control-remoto.

     La maldad humana en sigilo se revuelca ante el peso de la modernidad que es engalanada esquirla, no obstante, una especie bajo tierra celosa se adueña de la ciudad y los mil aromas.

     Los que aún quedamos nos encontramos y eso es peligroso, al menos los que parten han tomado la iniciativa de dejarse cautivar por la jungla. El follaje les devora la carne mientras duermen, escuchan la fiera distante y pretenden tener aquella sombra acólita, en cambio la ciudad de hierros ensortijados se levanta por sí sola sin ser ayudada, despliega alas fortificadas de amenazante cretáceo, emprende vuelo, vuelo de conquista, conquistando.

Bajo la influencia de la melancolía

En dirección al Zoológico del Bronx por la hondonada del River Parkway, pienso, sin ocultar el asombro, cómo esta ruta adquiere otra forma, es decir, cierto tono amenazante durante el invierno. Al llegar, la entrada está invadida de niños eufóricos y el aire huele a desolación… Oso panda sediento por el bambú y este consumido hasta la raíz, babuinos saltando ante los infantes alertan sobre -añoranzas-, ojos con ojos se encuentran, el tigre devuelve la mirada, te mira la celda, se observa la selva, las serpientes asustan al corazón clemente -paciencia- pasan los cóndores sin aire petrificando… cocodrilos, elefantes letárgicos, orgullosas águilas -desánimo- murciélagos se desprenden de las cuevas, dormitan pesares los búhos centenarios, osos polares se derriten, venados son cazados, caballos de Mongolia al borde del difuso porvenir ¡Atención! Animal muy peligroso suelto, humano cazador y verdugo –depresión- perseguidora, trata de saltar o cambiar de instancia; un gorila es una huella ambigua, un sapo es una reacción retardada –de regreso a casa- el Bronx River Parkway despliega ahora caminos sin salidas por donde trotadores se pierden por horas en su comunión con el aire y, dejando olvidado las celdas habitadas por fantasmas, me siguen, me acompañan de vuelta a casa, una y cada bestia –sonriente y acalorada de carne y hueso- al igual que lo recóndito, veraz y desnudo que hay en la selva.

Jazz para dos

Pendientes nocturnos irradiando ambivalentes en el ambiente ansioso de las compañías, un vecino enredado en humo me fastidia a las dos de la mañana en el Bar Jazz. Amy murió dejando el blues en luto perenne, no obstante, el jazz prosigue con su ritmo conjugado en el país de las vicisitudes. La noche es arma discreta que dispara a lo lejos una o dos cervezas, bebidas sin probar a la diestra, la música del vodka que disipa la tensión con cuerdas sonoras, concuerdan las manos entrenadas en el Jazzofono.

     El jazz entre parejas es el resguardo americano del desvalido, aquellas memorias fabricadas de gotas y delirios, perfeccionadas en los deseos, y al igual que ecos que se amortiguan parten por las cavidades montañosas durante la evocación del jazz; una pareja, un trío, un cuarteto o más personas reunidas a las dos de la mañana en Jazz Town, multitud de melodías improvisadas por dedos prestidigitadores, obran prodigios en los oídos noctámbulos, cada acción se suma al anonimato en la incesante e inmensa instancia de la noche. 

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