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domingo, enero 29, 2023

Testigo involuntario

Oscar Seidel y Daniel Ghisani

                                                 

¡Son dos! ¡Siento las cabecitas! gritó eufórica Doña Luperca luego de palpar a esas alturas, la voluminosa barriga de Silvia, y entonces, Fausto, que cómo buen esposo aguardaba ansioso a su lado, dio rienda suelta a su alegría. Había soñado varias veces durante el embarazo que Dios le enviaría dos hijos varones. El matrimonio ya tenía hijas mellizas de 12 años, y de esa forma Fausto empataría la partida de igualdad de género. Ahí misma presa del entusiasmo, Silvia determinó que los niños en camino se llamarían Rómulo y Remo.  

Tan sólo dos meses después, ante las miradas incrédulas de los presentes, Doña Luperca, la partera, extraía de las entrañas de Silvia, el cuerpito de un niño varón que empotrado en su torso portaba dos cabezas. Don Servando Vallas, único médico del lugar, aún conmovido por la situación, comprobó luego de concienzuda revisión, que más allá de la anormalidad manifiesta, el niño gozaba de un buen estado de salud.

Unos días después, algo recompuesto de la situación, Fausto hizo anotar al niño en la oficina de registro de nacimientos cómo Rómulo Remo Restrepo Rivera. 

Como era de esperar, el pueblo todo se conmovió con la noticia, pero, para no acentuar la lógica perplejidad de los padres, disimularon sus cometarios, limitándolos a corrillos que se armaban en lugares distantes de su presencia. Corrillos que fueron desapareciendo a medida que el tiempo pasaba, y la extraña figura del niño se hacía parte del paisaje local.  

Tras el impacto, Silvia y Fausto trataron de proseguir sus vidas retomando sus actividades habituales: Fausto era boticario, y Silvia costurera. Mientras el niño era criado por sus hermanas mayores Ludovica y Hersilia que, desde un principio lo aceptaron tal cual era con naturalidad. Incluso, fueron ellas las que decidieron identificarlos como dos personas distintas y comenzaron a llamar Rómulo al que poseía su cabeza a la izquierda del torso y Remo al que estaba a la derecha. El crecimiento tanto físico como intelectual del chico demostró que las hermanas estaban en lo cierto: Rómulo era trigueño como su padre y Remo más claro como su madre. Rómulo se mostraba simpático y sociable, en cambio Remo era introvertido y de opiniones muy medidas. 

El paso de los años y la experiencia de vida del chico, llevaron a descubrir qué si bien el cuerpo era compartido, por esas cosas de la naturaleza cada uno de ellos dominaba un órgano distinto. Así, cuando Rómulo comía con excesivo picante, era Remo el que sufría la acidez, y si Remo se pasaba con el chocolate era Rómulo el que sufría las consecuencias del mal de estómago. La vida de dos mentes encerradas en un mismo cuerpo obligó a una negociación permanente que pronto vivieron con naturalidad. 

Llegó el momento de comenzar los estudios, y el chico bicéfalo, luego de un comienzo complicado por las bromas pesadas que sus compañeros le dispensaban, se adaptó con rapidez, logrando un promedio de calificaciones sobresaliente. Es que los chicos eran tan distintos como complementarios: Rómulo sobresalía en matemática y ciencia, y Remo en tanto lo hacía en lenguaje e historia. 

La etapa de la primaria fue superada con rapidez, y llegó al bachillerato como paso previo a la universidad. Para no entrar en conflictos, Rómulo y Remo acordaron discutir sobre la carrera a seguir en el último año. Todo iba bien: buenas notas, buenos amigos, el cariño de la familia. una salud de hierro, pero la llegada de imprevista de una forastera al pueblo cambiaría la historia para siempre.

Romualda Rodríguez tenía 17 años y era hija única de una pareja de veterinarios que, cansados de la vida de ciudad habían decidido recalar en ese pueblo ignoto para desarrollar su profesión en un ambiente campestre. Rómulo y Remo la vieron por primera vez en la dirección del colegio haciendo los papeles de ingreso, y ambos se enamoraron a la vez. Por primera vez compartían una sensación. Por temor al rechazo, evitaron que los viera escondidos detrás de una puerta. Pero dado que tenían la misma edad, inevitablemente la chica recalaría en su mismo grado por lo que serán compañeros.

El día previo al encuentro con la chica no pudieron dormir, los consumía el mismo miedo. Sin embargo, Romualda era desprejuiciada y tenía un espíritu libre, y luego de lanzar una mirada de curiosidad, se acercó sonriente a presentarse. No sólo no hubo rechazo al que temían, sino que pronto la chica se hizo inseparable. A la chica le gustaba tanto el desenfado de Rómulo como la timidez de Remo. Y disfrutaba de la compañía del chico bicéfalo más que con la de ningún otro. Mientras, en silencio ambos la amaban por igual. 

Llegó la primavera y con ella la fiesta de los estudiantes. El lugar elegido para llevarla a cabo fue el salón de actos del colegio. Era un evento de gala y los chicos elegían su mejor vestimenta para impresionar a sus futuras parejas.  Como no existía camisa para un ser de sus características, Rómulo y Remo optaron por ponerse una chaqueta azul de cuello ancho que su madre había adaptado a sus necesidades. 

Cuando llegaron el colegio, la fiesta había empezado y ya se respiraba un ambiente de descontrol. Al verlos, Romualda se acercó de inmediato para no despegarse en toda la noche. Sin que lo sospechara, la chica había tejido un plan para el chico bicéfalo. 

Por disposición de las autoridades, en el salón sólo se servían jugos y bebidas gaseosas. Romualda anticipando esto, el día anterior había escondido en un armario del aula una botella de ron sustraída con disimulo de la bodega de sus padres. Cuando la fiesta estaba en su apogeo, invitó a Rómulo y Remo a desaparecer por un rato. Y ellos, enamorados como estaban, le dijeron que sí. Sentados en el piso del aula, las copas se fueron sucediendo hasta que, Romualda se acercó hasta quedar en medio de los dos rostros y totalmente desinhibida primero besó a Rómulo y luego se volteó para hacer lo mismo con Remo. Ambos la amaban con el alma, pero por capricho del destino, fisiológicamente sólo uno sintió su efecto inmediato: Remo.

En aquella ocasión, un cuerpo perdería su virginidad, pero el placer no sería compartido. Y Rómulo aprendería brutalmente que la vida, en cuanto de amor se tratase, le había deparado el papel de testigo involuntario. Ya no sólo con Romualda, la mujer que amaba, sino con todas las que pudiese conocer en el futuro. Los papeles se habían invertido, Remo lucía feliz y optimista y Rómulo extrañamente taciturno. Pronto Remo cayó en la cuenta de lo que le sucedía a Rómulo, pero ya le era imposible parar con las citas amorosas cada vez más frecuentes y pasionales con Romualda, que se volvían una tortura para el alma de Rómulo.   

Una noche, tras volver de un encuentro, una misma voluntad y con las llaves hurtadas, los llevó hasta la droguería de su padre Fausto. Ambos se miraron a los ojos, y fue la mano derecha que comandaba Remo, la que extrajo el frasco del anaquel sin que Rómulo hiciera nada para evitarlo. El arsénico se disolvió en un vaso de agua que compartieron por igual. 

A la mañana siguiente, Fausto encontró el cuerpo inerte de su hijo recostado sobre el suelo con las manos entrelazadas en posición de rezo. Según dijeron quienes asistieron a la velación del cadáver, curiosamente en el rostro de ambos predominaba una expresión de acuerdo mutuo. Respecto a Romualda, para evitar el escarnio en el pueblo, sus padres decidieron enviarla, una vez terminado el bachillerato, a la ciudad de donde habían venido.

Con el tiempo, entró a la universidad y se graduó en Curaduría de Museos, profesión que ejerce con mucho amor, sobre todo en el cuidado de la escultura del dios romano Jano, cuyos dos rostros le permiten mirar hacia adelante y hacia atrás, hacia el pasado y el futuro, y hacia la izquierda y la derecha. El director del Museo vive preocupado con la fijación de Romualda hacia Juno. Nunca sabrá el secreto que ella se guarda.  

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