“Nuevos Salmos” en Navidad

Alberto Rivera

El escritor risaraldense Jorge Emilio Sierra Montoya lanza su libro “Nuevos salmos”, de hondo contenido espiritual, en la actual temporada navideña, cuando los sentimientos religiosos, sobre todo de naturaleza cristiana, se expresan con mayor intensidad en el mundo entero.

En “Nuevos salmos” -dice la nota de presentación en Amazon, donde se publican las ediciones impresa y digital-, Sierra da rienda suelta a su más alta espiritualidad, la misma que los lectores habían percibido en su libro anterior: “El Angelito (Poemas a la muerte de mi niña)”, el cual recibió amplia acogida en Colombia y el exterior.
“Pero -agrega-, aquí esa dimensión espiritual ya es absoluta, teniendo a Dios como propósito central, figura protagónica y tema de reflexión, según podrá verse en las dos secciones que conforman la obra, cuyo anexo incluye el certero análisis del académico Héctor Ocampo Marín sobre la poesía religiosa del autor”.

“Estos salmos se constituyen en una muy espontánea y espiritual obra literaria, cuidadosamente hilvanada a lo largo del armonioso engranaje de poemas orantes que marchan por las vecindades de la cantata sagrada del rey David”, al decir de Ocampo Marín.

Para la presente edición, Sierra Montoya hizo una cuidadosa selección de sus primigenios “Salmos para el hombre de hoy” (2005), complementada a su vez con textos inéditos y, sobre todo, con análisis cuidadosos a varios de sus poemas, dando así el sentido didáctico, formativo, que también lo caracteriza frente a su producción literaria y la de otros escritores.

“De esta manera, la poética de Jorge Emilio Sierra alcanza su plena definición tras la publicación de “El Angelito” y sus más recientes “Poemas de amor… y de humor”, cerrándose, con broche de oro, en su poesía mística, religiosa, que es bálsamo para el alma”, concluye la nota citada.
A continuación, reproducimos dos poemas-oraciones de esta obra:

Ofrenda
Estas manos las pongo
a tu servicio, Señor.

Que sólo sirvan para abrazar
al hermano;
para sembrar la tierra
que Tú nos dejaste como herencia;
para acariciar a los niños
y la mujer amada;
para escribir al amor
y levantarlas al cielo,
en honor a tu gloria.

Y estos ojos, Señor,
se abren para buscarte,
para admirar la belleza
que cae desde las copas de los árboles,
para distinguir los rostros
de mis seres queridos
en medio de tantas caras familiares,
y para cerrarse dulcemente en un beso,
donde nos acercamos a tu reino.

Este corazón, Señor,
que palpita al mismo ritmo de mi sangre,
es un templo más en tu honor,
una morada tuya para oírte
cada vez que nos hablas.

Y esta voz, Señor,
es para agradecer tu bondad,
cantar a tu nombre y alabarte.

Fe
Si Dios es nuestro guía,
¿por qué preocuparnos por el camino?
Si su mano permanece aferrada a la nuestra,
¿qué sentido tiene gritar en la oscuridad,
temblar de pánico ante el abismo
o agitarse como débil llama que golpea el viento?
¿Por qué asustarse ante la posible caída,
como en una montaña rusa,
si Él no deja salirnos de la ruta?

¿De qué vale llorar, en fin, si existe la alegría?
¿Por qué hundir la cabeza entre las manos,
si arriba aún brillan las estrellas?
¿Cuán sabio es sentarse, ya sin fuerzas,
a ver rodar las lágrimas,
si cada gota de agua refleja la blanca luz del universo?

Y si finalmente, a pesar de todo,
la muerte nos espera a la vuelta de la esquina,
¿qué perderíamos?
¿No ganaremos más bien el reino eterno,
tras recibirnos el Señor con los brazos abiertos,
como un padre a su hijo?
¿O como quien despierta al nuevo día?