La política vista por Gaitán

El pasado 9 de abril, al cumplirse un aniversario más del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, cuando se presentó el llamado “Bogotazo” que estuvo a punto de desatar una guerra civil en Colombia y acentuó la violencia política de los años cincuenta del siglo pasado, se publicó una nueva edición del libro “El pensamiento político de Gaitán” del escritor risaraldense Jorge Emilio Sierra Montoya (Pereira, 1955).

Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Para Jorge Eliécer Gaitán, ¿qué era la política? En 1946, al cuestionar el gobierno de Unidad Nacional de Mariano Ospina Pérez, decía que es “la más noble de las expresiones de los hombres que viven en relación social”, afirmación que reiteraba un año después al proclamar, en plena campaña presidencial, que “es la más alta misión del hombre sobre la tierra, porque consiste en idealizar la realidad y realizar el idealismo”.

En otras palabras, su humanismo se encarnaba por completo en la política, de modo que el hombre logra su verdadera realización en ese terreno.

La política es así la más digna actividad que pueden desempeñar los hombres en sociedad y les exige, por tanto, dar lo mejor de sí mismos, lo cual basta para admitir el lugar prioritario que concedía a la política en relación con la sociedad toda, con la vida en particular de cada persona e, inclusive, con su propia vida, teniendo, de este modo, una valoración suprema de su quehacer político.

Política en grande
A pesar de lo anterior, distinguía entre dos clases de política: una, la política en grande, que lucha por ideales, busca la salud colectiva y es a largo plazo; y otra, la política en pequeño, de momento, puramente electoral, a la que calificaba de infecunda y oportunista, según sostenía en 1936.
Fue precisamente a esa pequeña política, que tanto combatió, la que caracterizaba al llamado país político, aquella que, en definitiva, no compartía; prefería, en cambio, la política en grande, la única que podía interesarle.

“No me interesa directamente la política -confesaba, al hacer la defensa de Plinio Mendoza Neira, en 1937, ante la Cámara de Representantes en pleno- tal como entre nosotros se la entiende. Me interesa como fenómeno del país, como itinerario de ideas, como definición de la modalidad de un Estado y de sus realizaciones”.

El elevado sentido que le daba a la política lo llevaba a situarla en el contexto más amplio del Estado, desvinculada de las pequeñeces y las prácticas indebidas que la envilecen. Bien sabía que era el momento de tomar partido frente a los dos caminos ofrecidos para ejercer la política y es manifiesto, hasta la saciedad, que tomó la vía de la política en grande, construida con ideas, perseguidora de ideales, en coincidencia con el orden racional y moral, siempre con la mirada puesta en la realización del hombre y de la justicia social.

El modelo griego
¿Cuál era -se preguntará- el modelo que tomaba en este campo? No es difícil descubrirlo, más aún cuando fue él quien lo mostró: “Un partido político -explicaba al celebrar su victoria en las elecciones para elegir diputados, senadores y representantes, casi en vísperas de su asesinato, en el homenaje que se le tributó en el Hotel Granada- es una herramienta para interpretar desde el poder la existencia de la nación; para conformarla a imagen y semejanza de la voluntad ideológica del pueblo… Dentro de esta concepción, la política recobra el rango de preeminencia que tenía en la Ciudad Antigua”.

O sea, el modelo que concebía de política en grande no era otro que el de la política en Grecia, el de la polis griega, según el cual cada ciudadano es político y los asuntos políticos son piedra angular de la sociedad.

Pensaba, con seguridad en “La República” de Platón al caer en tales reflexiones, coincidiendo con el filósofo, según las enseñanzas socráticas, en desear que los mejores hombres, los más virtuosos, estuvieran al frente de los destinos del Estado. Por ello, es innegable que las raíces de tal concepción sobre la política se remontan a la antigua Grecia y a dos de sus más connotados pensadores: Sócrates y Platón.

Resulta comprensible, en aras de la política en grande y de tan ilustres antecedentes históricos, que la política, así concebida, no se separe en ningún momento del humanismo, ni de la moral (con el correspondiente ataque a la corrupción), ni del sano Derecho y el consecuente afán de mantener la justicia, el poder judicial, al margen de las deformaciones impuestas por una política mal entendida, aspectos estudiados en las páginas precedentes.

Pero, ante todo, esa concepción de la política implica abordarla en el campo ideológico, de las ideas, pues ya hemos anotado que al caudillo le interesaba la política “como itinerario de ideas”.

Lejos de Maquiavelo
Gaitán no era, ni mucho menos, un racionalista puro, a pesar del culto que rendía a las ideas. No.
En el Congreso, al hacer la apología de su carácter enérgico, apasionado, decidido, altivo y con una franqueza a veces cruel y dolorosa para muchos, proclamaba: “No puedo aceptar el postulado que ha invadido las mentes, aún las de las generaciones nuevas, de acuerdo con el cual las hondas pasiones, el amor fervoroso a los ideales, convierten al hombre en ser insustancial y romántico, afirmando que solamente es de recibo la idea fría, estratificada, que no lucha, que no se enciende, que no se entrega al combate generoso”.

Y añadía, a modo de justificación: “Las conquistas de libertad y justicia no fueron posibles sino cuando estuvieron respaldadas con llamaradas de pasión”.

Como es sabido, concebía al hombre en sentido integral y mal haría en arrebatarle, o pretender arrebatarle, el mundo de las emociones, de la pasión, del sentimiento. Él mismo, como político, como hombre, era consciente de estar movido por esa fuerza interior, muy superior a la razón y energía permanente para sus luchas.

Nada más ajeno a su visión que el político descrito por Maquiavelo, frío y calculador, capaz de traicionar los principios morales por el afán de alcanzar o mantener el poder. Antes bien, era a tales políticos, oportunistas y sin escrúpulos, a quienes pretendía vencer, donde quiera que estaban.

Debate ideológico
Aún así, la integridad humana a que acabamos de aludir le imponía también la valoración de la razón, de lo racional, de las ideas. El sentimiento, la emoción, la pasión, no bastaban y no podían bastar. “Para triunfar en el poder, como poder -respondía al condenar el sentimiento partidista puramente emocional-, sí. Pero, no vale para el triunfo como proceso histórico, como modelación y transformación de nuestra vida”.

Era, por consiguiente, el rescate de lo ideológico, de lo racional en la política, en un ambiente que estaba dominado por el sectarismo, por la pasión ciega y desenfrenada que iba dejando tras de sí miles de víctimas, fruto de la violencia política.

“El único aspecto de la política que puede preocuparme y me preocupa es el rumbo ideológico que vaya a tomar el país”, sentenciaba en su defensa de Mendoza Neira, en franco enfrentamiento a Lleras Restrepo, cuya actitud explicaba como resultado de las disputas por la candidatura presidencial de su partido en aquel momento.

Más aún, en 1932, al defender la soberanía del Parlamento y en instantes en que sus huestes eran blanco de los ataques del periódico “El Tiempo”, cuando el gobierno de Enrique Olaya Herrera comenzaba a deteriorarse en medio de la deserción de sus seguidores, advertía: “Comprendo que, con frecuencia, por conveniencias momentáneas y por utilidades transitorias, se desciende del alto plano de las concepciones ideológicas y se olvidan los programas”.
“Esta política no tiene correspondencia en mi espíritu”, concluía.

Filosofía social
Así las cosas, el encumbrado nivel en que veía a la política, el terreno ideológico que por naturaleza le otorgaba y los firmes principios humanistas, éticos y legales en que se fundaba, lo obligaban a no traicionar -a diferencia de un político maquiavélico- sus ideas por conveniencia, por meros intereses particulares e inmediatos.

Es por esto que juzgamos válida la apreciación de Antonio García cuando escribe: “El hecho de que Gaitán hubiese mantenido una incorruptible lealtad a una filosofía social -en 25 años de luchas, con tácticas certeras o equivocadas- demuestra que era un político de principios, no un agitador oportunista; que peleaba por unos grandes objetivos y no por unas pequeñas escaramuzas electorales”.
(*) Filósofo de la Universidad de Caldas y Magister en Ciencia Política de la Universidad Javeriana