La fascinante simpleza de lo cotidiano

Es un libro fácil de disfrutar porque afloja los goznes, como se hace con los mástiles de un barco cuando se quiere que las velas cojan más viento. La buena literatura hace del humor un recurso imprescindible. En especial porque el humor es un espejo en el que a muchos no les gusta verse.

Jose Hoyos

El sembrador de serpientes es un libro simple. Se ocupa de la compleja humanidad de la gente sencilla. No se confunda simpleza con facilismo, o con falta de profundidad. Una anécdota, por ejemplo, es el simple encendido de un cuento. Para contar anécdotas primero hay que ser un constante observador. Detrás del observador está el pensador que interpreta, y detrás del pensador está el escritor que construye el relato. En los libros está la inspiración y la técnica, pero es en la cotidianidad donde se oculta el germen fecundo de la literatura. El buen contador de historias se vale tanto de la seducción como de la sabiduría. Para contar historias hay que saber ver, y uno tarda mucho en aprender a ver. Así como el agua enseña a nadar, el arte enseña a observar.

Conrado Alzate observa, y lo hace con alma de poeta, y al hacerlo echa mano del riquísimo depósito de cuentos y anécdotas que hay en la cultura e historia de Riosucio. También utiliza el don de la escucha, pues la mayoría de las historias del libro provienen de la tradición oral. Después pasa una mirada minuciosa por los personajes de la cultura popular y echa a volar la pluma. Bertoni, Cachona, La ganga, El temerario Roldán, La Culatona, El Oso, Tatines, entre muchos otros personajes que refiere el libro, exhiben una singularidad por demás literaria —y una índole casi antropológica—, y hacen que nos preguntemos de dónde sale tanta desfachatez, o tanta locura, o carisma, o pasión, o tanto sentido del humor de ese repentino y mordaz. Ya conocemos aquello de la “trabazón de sangres”, pero, que personajes tan disímiles, enigmáticos y pintorescos hayan brotado de Riosucio a lo largo de la historia, nos mueve a pensar en el misterio que encierra este lugar alucinado y fascinante. Mejor dejemos quieto el misterio porque, como decía Tatines, “al que no respeta el misterio se lo lleva el diablo”.

Uno de los principales rasgos distintivos de El sembrador de serpientes es el humor. Es fácil detectarlo, pues se encuentra agazapado en muchas de las anécdotas y cuentos. Es así como leemos la historia de Hugo Pérez, quien no se consideraba chismoso sino periodista, o la del carretillero borracho que declinó la invitación a tomar cerveza que le hizo un juez, aludiendo que él no se sentaba a beber con cualquiera. Es un libro fácil de disfrutar porque afloja los goznes, como se hace con los mástiles de un barco cuando se quiere que las velas cojan más viento. La buena literatura hace del humor un recurso imprescindible. En especial porque el humor es un espejo en el que a muchos no les gusta verse. El humor pasa la guadaña por todos los pedestales, rebana los títulos con muchas mayúsculas, expone la pequeñez de las grandes dignidades, y al final revela serias verdades: que somos tan poco que apenas alcanzamos a ser motivo de burla, y que una persona es recatada solo cuando no tiene motivos para perder el recato. Se debe tomar en serio la literatura, pero sin tomarse en serio a uno mismo. Reírse de uno mismo es el primer paso para la crítica social. El cuestionamiento social es otro de los aciertos del autor: nos hace reír al mismo tiempo que nos hace pensar. Recordemos que desde El Satiricón, la crítica social, para ser efectiva, requiere del humor. De ahí que el estilo en que está concebido El sembrador de serpientes mezcle lo gracioso con lo irónico y la sonrisa con la sátira. Este rasgo va en consonancia con la idea de Octavio Paz de que la ironía y el humor son la mayor invención del espíritu moderno.

Cuentos como Los maizales de mi padre o como La faena se valen de un lenguaje sencillo, y en literatura, la simpleza es de las cosas más complicadas de alcanzar. La prosa va como deslizándose, y una mirada sobria y sin estridencias se detiene en los hechos más cotidianos, es decir, los más sobrenaturales. Su lectura se convierte en un vínculo entre dos intimidades. Significa que al leerlos el tiempo se rompe y se crea un tiempo nuevo en un espacio propio. Cómo reconfortan los textos que proponen un ritmo de lectura parecido a la tranquila brisa del mar, que invitan a detenerse junto al camino, de palabras precisas como dardos y suaves como conejos. Mientras que la gente corriente no busca en las palabras más que un sentido, el buen contador de historias, como el poeta, les busca el alma, esa fuerza poderosa y fulgurante que es tan amiga de la persuasión.

Estamos ante un libro que se la pone fácil al lector. Un libro que abandona la aburrida teoría literaria e indaga en la narrativa misma, sin intermediarios. En algunos de esos libros empeñados en complicar el lenguaje, se describe, por ejemplo, el argumento de un cuento como “la subestructura sintagmática que junto a la estructura paradigmática de los personajes conforman la base subyacente de una narración”. Hay un universo de distancia entre esa definición inaguantable y la del escritor Robert Musil, quien dijo que “el argumento es la sombra de un cuento, como el dolor es la sombra de la enfermedad”. Cada lector elije con qué tipo de lenguaje se queda.

Aunque no lo parezca, la vida común y corriente de un pueblo rebosa de poesía. De ese carácter habitual se nutren las historias que componen el libro. El autor traza una línea literaria parecida a la de Augusto Monterroso, quien a partir de las cosas pequeñas de la vida logra representar los grandes temas de la humanidad. Expresiones de uso común como “el mundo ordinario”, o “el curso cotidiano de las cosas”, o “el diario vivir”, hacen pensar en ausencia de interés, en aburrimiento, en sequía. Pero a los ojos del escritor nada es ordinario, el mundo todo es nuevo cada instante, incluso las acciones más frecuentes, como los dichos de un lustrabotas o los pregones de un mercachifle. De alguna forma el escritor es un delator: fisgonea, escarba en el lado oculto de los eventos rutinarios, toma nota y lo cuenta, a ver si toda esa gente que anda distraída y apurada por fin consigue abrir los ojos. Es también de esas aparentes trivialidades que se fortalece la memoria colectiva, siempre y cuando se escriban, y en eso reside el principal aporte que El sembrador de serpientes le hace a la cultura y a la historia de Riosucio. Además, no hay que olvidar que la realidad cotidiana no es más que un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventa la vida.
(Texto leído en la sede de la Corporación Encuentro de la Palabra, con motivo de la presentación del libro “El sembrador de serpientes: anécdotas y cuentos”, de Conrado Alzate Valencia, Riosucio, Caldas, 2019)