Dos relatos de la guerra fría

Hugo López Martínez

La guerra fría en tiempo de 2001:
Odisea del espacio
El cine quizás sea una de las industrias de mayor influencia en la vida política del mundo. Y en el gusto mismo de la gente frente la vitrina de la sociedad de consumo. De esa experiencia el espectador abandona la sala sin salirse de ella. La película sigue en el circuito del TAC. Nos eleva y nos aterriza, como en la jerga del fútbol, pone el balón sobre tierra.

La película de Stanley Kubrick fue una brillante ilustración de la relación entre homínidos, robot y sociedad del futuro. Estrenada en la primavera de 1968 en Nueva York, la película da cuenta de lo que podría suceder con la actividades secretas de la guerra fría. ¿Quién controla a los científicos?, ¿Dónde termina lo humano y empieza la máquina?, ¿En qué espacio de la era galáctica, los seres humanos estarían dotados de sinceros sentimientos de respeto y de compasión hacia el prójimo?

La guerra fría en su duración y extensión continental, dividió a las sociedades en color de piel, ideas políticas, entre el primer mundo y el resto de países subdesarrollado. Seguimos en la misma tónica de prolongación del conflicto, los prejuicios políticos continúan marcando el día a día de los comentarios en los medios de comunicación.

Cuarenta años después de aquella producción de la Golden Mayer, reduciendo el argumento a al tamaño de los hogares, oficinas, colegios y universidades en Colombia, la tecnología en la versión de ojos, cuerpo y brazos mecánico, tal el personaje H9000, está presente cuando el robot nos vigila, nos elimina de la pantalla por sospechoso con solo dar un click en el control, ni bienestar ni democracia para la seres humanos, es el mensaje del guionista y realizador Stanley Kubrick

Si bien la caída del muro de Berlín en 1989 – por iniciativa de la gente sin militancia en partidos políticos – significó una respuesta a los regímenes dictatoriales, defensa a los derechos humanos, reconocimiento político y jurídico a las minorías étnica, entre otros propósitos, el mundo de hoy guarda una honda preocupación, sin embargo, por el sentimiento de frustración que existe con respecto a uno de los focos de atención de la película: la pobreza humana, donde todos los excesos son posibles, con tal de quebrar la relación ente libertad y orden establecido; sin saber cuál será el rumbo de los años venidero de la democracia, de los avances y aplicación de las tecnologías como auxiliar y complemento de la anatomía humana.

El historiador inglés Tony Judt, cuya infancia y adolescencia lo vivió durante la guerra fría, en su relato autobiográfico, publicado poco antes de su muerte en 2010, nos recuerda: Hay mucho sobre lo que indignarse, las crecientes desigualdades, en riquezas y oportunidades; las injusticias de clases y castas, la explotación económica dentro y fuera de cada país; la corrupción, en dinero y los privilegios que ocluyen las arterias de la democracias.
Una buena metáfora y un buen interrogante, es el fin de la película, un embrión – simio en gestación, tirados por hilos invisibles en el espacio, dando giro y flotando, yendo hacia u mundo ajeno, impulsado por el sonido agudo de la música de Richard Strauss, Jr Strauss y Giorgio Ligeti.

Fischer y Spassky, la guerra fría pasa al tablero
El campeón mundial de ajedrez sería el ganador de la guerra fría en un momento en que el menor éxito del uno en cualquier aspecto de la vida científica y deportiva podía generar una ruptura en el equilibrio de fuerzas entre capitalismo y socialismo.
En 1972 la Unión Soviética y los Estados Unidos necesitaban enviar al mundo un mensaje de superioridad de un sistema sobre el otro, más allá de sus modelos sociales y económico, como podían ser el deporte o el arte.

La capital de Islandia, Reikiavik, fue el lugar del encuentro, en un mes de julio, con una temperatura lo suficientemente agradable, del gusto y comodidad de los contrincantes. Por primera vez el ajedrez se convertía así en tema de interés nacional e internacional, con un telón de fondo, la guerra fría, sus protagonistas y detractores, como escenario el goulag y el estadio nacional de chile, un año después.

La televisión y los corresponsables de prensa, registraban con minucias hasta la exageración el movimiento sospechoso de posibles espías, camuflados entre fotógrafos, funcionario del FIDE, habladas al oído de sendos asesores financieros que en el corredor del teatro al baño aumentaban con las horas el valor de la bolsa, en fin, he aquí el protocolo diplomático tras el cual los misiles intercontinental seguían en pie, con el acelerador en pausa, a la espera de alguna orden proveniente del teléfono rojo de cualquiera de las partes.

De un lado y del otro. Fischer estaba en otra dimensión mental, el del niño de siete y luego a los quince años, campeón de los Estado Unidos y título de Gran Maestro, cuando decide dejarse llevar por el placer y la curiosidad, la imaginación y la rebeldía, incompatibles con el ambiente rígido y normativo de la enseñanza en el colegio. Todo en él rompe el molde tradicional del ajedrecista, el gusto por los dólares, una exigencia del juego limpio en cuanto nada de luz fuerte, nada de asientos incómodos y de cortinas que tapen la luz del día, el reclamo por la calidad de las piezas, amenazar con no jugar ante el e ronroneo del público y una idea central, convertir al ajedrecista como al atleta o al ídolo de la música popular, en un ser humano de dignidad y respeto, desde el camino a la gloria a la tumba.
Las 24 partidas duraron desde el 11 de julio al 1 de septiembre, logró que Spassky fuese para el lector y espectador del Occidente, el arquetipo del ajedrecista soviético, frío, paciente, discreto, rodeado de un círculo de asistentes, más una maleta de libros, entre los cuales, un análisis de la partida entre el alemán Lasker y el cubano Capablanca.

Exiliado posteriomente en Francia, con la herida de un oso fuera de su Leningrado del alma, Spassky nunca fue el mismo, le daba lo mismo unas tablas que las derrotas y las pocas victorias en torneos sucesivos y recientes, aquella derrota ante el americano Fischer fue un golpe duro para la Unión Soviética como para este estratega, de juego elegante, pausado y táctico.

La única y mejor herencia de la guerra fría es la enseñanza del ajedrez, hoy en boga, en muchos centros educativos de la comunidad europea. Así como Colombia ha ido ascendiendo en la escala de reconocimiento mundial del deporte, ¿por qué no apostarle para los próximos años al ajedrez?, podría ser parte de otra estrategia para calmar los ánimo extremistas que se expresan en las calles de las medianas y grandes ciudades.