Cuentos breves, de Germán Ossa

El hombre asustado, luego de despertarse de un profundo sueño en el sofá a la entrada de los baños en ese inmenso Centro Comercial, obligó a los organismos de seguridad que laboraban allí, a encontrar, los dos tatuajes que le habían robado de su cuerpo.

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El hombre tomó la pistola e invocó ensimismado el título de una película que lo había impactado estrepitosamente por lo violenta. La acarició como si fuera un juguete importado de Disneylandia, puso la punta de la misma bien adentro de la boca y con una soberbia enorme, desprendió un grotesco mordisco que lo obligó a degustar la chocolatina que tenía forma de arma.

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No le importó sacar de su interior todos los huesos. Empezó un sábado a las tres de la tarde, despacio, con un bisturí nuevo y gazas y micropore y desinfectantes importados de Alemania (el país más desarrollado en salud del mundo). Uno tras otro, con delicadeza, los extrajo todos hasta que desapareció del mapa, de manera impresionantemente impecable.

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No os digáis mentiras. Dijo el padre de la imaginación y la fantasía, a sus quince gatos tallados en madera y perfectamente decorados, media hora antes de morir.

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Llegó de un vuelo proveniente de un país muy acalorado por la violencia. Ya a salvo se sentó cómodamente en la sala de espera de ese inmenso aeropuerto. Puso la mirada de manera relajada en un enorme reloj que parecía no importarle ver pasar el tiempo. Corrían los segundos, los minutos, las horas y veía estupefacto cómo se desocupaba el aeropuerto. Cuando menos lo pensó, estaba completamente solo. En el cielo.

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Ya no está la iglesia en esa plaza que construyeron famosos arquitectos años ha, en finísimo ladrillo. Entre los grafiteros y las autoridades militares la desaparecieron. Los primeros, consignando pensamientos protestantes en sus gruesas paredes y los segundos, con finas lijas, borrando con rabia las arengas.

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En 1493, el español poderoso aquel, se frustró, cuando supo que todo el oro que le había robado a nuestros aborígenes, no tenía a quién vendérselo.

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Tenía un cabello color azul divino, lentes de contacto verdes preciosos, tres cirugías perfectas: senos, nalgas y nariz, y en el bolso, muchos millones de dólares, pero sobresalía de manera impecable y precisa, su terrible feura.

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Tomó todo lo que tenía y lo empacó en una inmensa bolsa negra. Los libros, los cuadros, la ropa, la música y este cuento que no existe, pues lo arrojó todo a la basura.

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A la pistola último modelo que estrenaba el sicario, le agregó la mejor de las potencias en silenciadores, lo que le permitió delante de ese grueso número de testigos en esa importante plaza principal, acabar con su vida, sin que nadie se percatara.

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El poeta supo arroparse con versos de mil colores, esos que le ayudaron a vencer el frío de la tormenta, mientras viajaba de huida de la guerra, en esa pequeña embarcación que no tenía rumbo.
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El guerrillero cuando se declaró prófugo de sus ideales y se entregó a los militares cansado de batallar, apenas descubrió su verdadero nombre, se enteró que no era nadie.

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El espanto que volaba al compás de la música misteriosa del viento y la lluvia de ese bosque negro perdido en las montañas noruegas, sufrió un duro golpe, cuando se topó con un ángel que cayó como un milagro del cielo.

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Un hombre aparentemente escéptico, criado en medio de libros antiguos en una gigantesca mazmorra, murió aprisionado y asfixiado por culpa de un absurdo accidente, cuando una enorme biblioteca cayó sobre su corpulenta anatomía cubriéndolo con millones de frases y pensamientos filosóficos muy profundos.

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Los peores hampones de ese barrio marginal, un día, decidieron robarle a algunos habitantes nobles que pasaban por sus viejas y maltrechas calles, algunos de sus más importantes órganos. Corazones, ojos y cerebros. Trasplantados ellos a sus cuerpos, notaron severo cambio. Ya hoy, se la pasan haciendo milagros extraordinarios.

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El escritor aquel, enfurecido porque no trabajaba sus ideas con palabras nuevas y descrestadoras, decidió inventarse un diccionario para construir textos diferentes. Dos años después, observó con una tristeza enorme, cómo su nuevo libro de poemas y cuentos breves, era usado en las tiendas para envolver jabón.