Cuento ganador del concurso Universidad Libre 50 años

La puta de los labios rojos, la mujer asesinada por sus letras

Yulieth Melissa García López*

Preludio
Puta, triste y poseída por la soledad, Dolores Salamanca escribió una novela cruel como su vida, porque los monstruos siguen siendo los mismos en la mente del escritor, pero Dolores Salamanca no trato de ninguna manera de que sus miedos anduvieran en el texto, desnudos y amorfos. No quiso tampoco que éstos fueran monstruos. Construyó un rostro para cada uno de sus personajes. Les puso boca, nariz, ojos y oídos. Delicadamente, diseñó sus manos, sus pies y trató de nunca asesinar a ninguno. Masturbó sus personalidades tejiéndolas con idilio, besó sus miedos y les hizo el amor como a ningún hombre. Sabía en el fondo que escribiría su propio deceso. Dolores no volvió a dormir durante años. Escribió hasta que la piel de sus dedos se deshizo; hasta que sus senos sucumbieron a la ley de la gravedad y sus labios se quebraron por la nicotina. Fue cacofónica al escribir, miope en cuestiones gramaticales, obtusa al narrar y dejó volar las metáforas de sus líneas. Tiempo después, con el pasar de centenares de lunas e inviernos, Dolores Salamanca se quedó dormida. De inmediato los personajes de la novela salieron de las letras, como ratones; le arrancaron la piel, los ojos, los brazos, los senos y le despedazaron la misma existencia. Tiraron sus restos dentro de los garabatos de esa novela. La escondieron entre los capítulos, los puntos y las comas. Finalmente, uno de ellos, antes de morir, escribió un punto final y se dirigió al principio para ponerle un título: La puta de los labios rojos.

Interludio número uno
Un hombre negro con un diente de oro entró en el laberinto de la morgue el primer día de luna llena del mes de agosto. Despertó el silencio, desorganizó las camillas que encontraba a su paso, en medio de una fiebre enardecida. Quebró todo lo que había en el depósito de cadáveres. Tumbó, entre otras cosas, tres frascos con riñones flotando entre una gelatina verdosa. Dos de ellos pertenecían a cuerpos no identificados. El otro era propiedad de Dolores Salamanca, una puta de labios rojos, quien fue la amante del anatomista durante ocho años atrás y calmó sus tristezas entre la frialdad de las neveras y el penetrante olor del formol.

Interludio número dos
Tres días después del crimen, el anatomista encargado de la Morgue hacía sus mayores esfuerzos por no reventar en llanto «¿Dice usted que a eso de las siete de la noche estaba realizando la autopsia a la señorita Dolores Salamanca?», pregunta el oficial de policía a la vez que empuñaba los dedos sobre el escritorio «en efecto », responde Facundo, con voz de tristeza. « ¿Tenía usted algún vínculo con la Señorita Dolores?», balbucea el oficial. «No», responde el anatomista. Dos días después soñó que estaba desnudo cayendo a un abismo. Facundo era un hombre frio, terco y manipulador, pero le daba miedo la desnudez. «Cuando se desnuda el cuerpo, casi siempre se desnuda el alma», lo dijo en muchas ocasiones cuando le daba asco besar a su mujer. Las mentiras, el robo, los policías y las preguntas lo tenían preocupado –y triste – respectivamente. En la ducha, mientras sentía que el agua le iba a derretir la piel, pensó en Dolores Salamanca, pensó en sus labios, en sus senos, en su piel. Se quedó por algunos minutos pensando en esa última escena caótica en la calle cuarta bis 22-44, del Barrio Bernabé.

Interludio número tres
Era un día cualquiera, una tormenta eléctrica alumbró la casa de la calle cuarta bis 22-44 del Barrio Bernabé, mientras una mujer, de cuyo nombre no haré mención, se aproximó a la cocina, abrió la maltrecha puerta blanca de una alacena. Tomó cinco pastillas de Venlafaxina, un puñado de Upropión, una tableta completa de Amitriptilina, unas cuatro de Fluoxetina, y unos 2.400 mg de litio; depositándolas en una chocolatera sucia con betas color café y unas cuantas cucarachas y larvas en su interior. Recogió del suelo un tiesto de peltre que cazaba una gotera, depositando esa agua dentro de la chocolatera. Posteriormente puso a hervir la chocolatera. El olor era simplemente indescriptible: una mezcolanza de amoníaco, azufre, y quien sabe cuántas cosas más. Olor que se revolvía con los ligeros, asquerosos, bohemios y hogareños olores de la casa. Apenas, tratando de respirar, sacó de la alacena dos jeringas oxidadas, que no demoró en llenarlas por completo. Con el bebedizo preparado y envasado, la mujercita volvió donde Dolores Salamanca; de inmediato, la tomó forzosamente del brazo derecho y le inyectó la mezcla. Después la mujercita tomó la otra jeringa con su mano izquierda y se la clavó en el corazón.

—Feliz viaje Dolores… El tiempo se volvió fracciones de segundos, en los que ambas sufrieron temblores, delirios, mareos y espantosos escalofríos de muerte… Una extraña fuerza maculó el final feliz que se habían propuesto. En medio de la prolongación del veneno esparciéndose en sus cuerpos, quedaron al desnudo. Entonces, en esa lucha entre el cuerpo y el cerebro, tal suicidio colectivo —la mujercita por querer y Dolores asesinada por su propia creación textual—, se volvió un verdadero calvario. Sus uñas se arrancaban piel hasta tenerlas envueltas en sangre.
Dolores Salamanca, en medio de la esquizofrenia y el orgasmo, tiró al viento verdades asquerosamente imperdonables y le gritó al silencio poemas y sonatas tristes que sus amantes jamás escucharían. Las dos mujeres murieron después de unas tres lentas horas de sufrimiento…

Postludio
Esta historia fue narrada el día del funeral de Dolores Salamanca, en el que cuarenta y ocho (48) hombres de diferentes tamaños y colores cargaron su ataúd por el pueblo.
(*Cuento ganador del concurso de cuento organizado por la Universidad Libre seccional Pereira, con motivo de la celebración de los 50 años de la fundación de la entidad).