Ardis Whitman, meditaciones navideñas

Según ella, nos abruman, cual verdugos, esos sentimientos de culpa que soslayan nuestra capacidad de aceptación y reconocimiento. Nos atormentan nuestros errores nunca vistos como oportunidades experenciales de crecimiento personal y esa incertidumbre de que quizás no sepamos enfrentar las consecuencias de esos actos equívocos.

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Ardis Whitman (1905-1990), fue una filósofa muy valorada por los estadounidenses a quienes acompañó por más de 40 años con sus bellas reflexiones vivenciales registradas en las páginas del Reader´s Digest a través de las cuales profundizaba en las cosas propias de la existencia cotidiana, casi siempre pasan inadvertidas por estar abrumados con el gravoso ritmo de vida. Su prosa, todo un bordado lleno de finas descripciones sobre percepciones, sentimientos, principios y valores que hoy día se han secundarizado por el frenético y estresante ritmo que le hemos impuesto a nuestra agenda de vida.

Este estilo en el vivir nos ha llevado a ser un poco medrosos frente al valor de las pequeñas cosas y asumir, de pronto, una actitud reverencial de respeto, humildad y gratitud frente a ese micromundo que nos interpela e impele a que tomemos conciencia sobre todo nuestro entorno viviente prejuiciosamente considerado hostil y amenazante. “Cada hoja, cada flor, cada nube… Una libélula que revolotea sobre el estanque o el graznido del cuervo en la copa de un árbol”. De esta forma, Ardis Whitman nos hablaba sobre esos “momentos luminosos de la vida” y nos dejaba una profunda y perenne reflexión.

Todo ello ha impactado y conmovido de múltiples maneras condicionando nuestra forma de pensar y actuar y ayudando, de alguna forma, “a evadirnos de la prisión del yo individual”. “Seguro que alguna vez experimentaste uno de esos momentos reveladores donde sentiste que eras uno con el universo y te invadió una profunda alegría”. Esa sensación en la que toda la luz del universo, está enfrente de nosotros, nos sobrecoge y casi siempre nos paraliza (…). Parece que en esos instantes comprendemos el mundo y a nosotros mismos y disfrutamos del encanto de todas las cosas vivientes”.

Nuestra sutil pensadora afirma que, quizás podríamos tener más probabilidades de experimentar momentos de gozo “si reconocemos que la vida encierra más de lo que creemos”. A muchos les parece algo perverso o trivial experimentar ese gozo en el mundo actual, tan lleno de amenazas, pero nos olvidamos que “todas las generaciones han conocido la inseguridad, el peligro y los grandes desafíos (…). Cuanto más atroz nos parece el mundo, más necesitamos recordar la luminosa belleza de la vida. Nuestros momentos de dicha son prueba de que en la mayor oscuridad brilla una luz inextinguible”.

Ardis Whitman es recurrente en sus citas sobre Abraham Maslow, un psicólogo humanista coterráneo suyo. En sus agudas observaciones descubrió que aún las personas normales gozan de “momentos de gran asombro, de felicidad muy intensa e incluso de embeleso o éxtasis”. Para él, Lo más importante en estas exaltadas vivencias, es lograr vislumbrar “la esencia de las cosas, el secreto de la vida, como si de pronto se descorriera el velo que la cubre”. Cuando se descubren estos momentos de alegría, que casi siempre se producen de manera inesperada, tenemos la sensación de habernos “fundido” con el universo.

Muchos hemos experimentado momentos durante los cuales nos parece comprender mejor al mundo e incluso a nosotros mismos y saboreamos el encanto de todas las cosas vivas. Pero esos momentos se desvanecen enseguida y nos sentimos como avergonzados de confesar su existencia. Nuestro entorno puede servirnos para dar impulso a ese sentimiento de júbilo: el resplandor de una estrella sobre la superficie del lago; la alegre, ruidosa e inesperada aparición de un pájaro carpintero… Ese instante de la vida de pareja cuando las manos se buscan queriendo decir que hay identidad entre el pensar y el sentir.

La alegría puede aguardar, también, al final de un peligro, cuando se ha tenido el valor de afrontarlo y vencerlo. Ardis Whitman afirma que la alegría es mucho más importante que la felicidad: es el gozo espiritual, el alborozo del alma, un estado de sobriedad y confianza a manera “de un soplo de aire puro en medio de la tempestad que azota la floresta” como bien lo decía Van Goh… Todo ello encierra algo de misterioso y respetuoso temor y produce, a su vez, un sentimiento de humildad y gratitud. ‘‘¿Mundo, no puedo abrazarte tan fuerte como quisiera!’’, exclamó la poetisa Edna St. Vincent Millay.

También a través de esos instantes en que se funde la eternidad en un ahora, se descubre la unidad indisoluble entre todas las cosas que entonan sus diversas partituras existenciales; vemos ese íntimo parentesco que hermana y que hace cómplices a unos seres con otros y a todos con la vida y la naturaleza que les rodea. De repente sabemos quiénes somos y cuál es el objeto de nuestra existencia. Toda duda, vacilación, inhibición y flaqueza desaparecen. Hemos llegado al fondo de nuestro verdadero ser y nos hemos encontrado a nosotros mismos. Lo triste es que la mayoría sólo la experimenta raramente.

A medida que avanzamos en edad y nos hacemos “viejos”, los apremios de la existencia van ya sofocando y socavando nuestra vida. La alegría no vendrá a buscarnos mientras estemos dando vueltas y más vueltas en torno al torturante y tedioso círculo vicioso de nuestros trajines y rutinas con las cuales llenamos la banalidad de nuestro ser. “¿Cómo podemos devolverle a nuestra existencia esa postura abierta hacia todo el universo, actitud que es el preludio de nuestra auténtica alegría? A veces lo único que simplemente necesitamos es la oportunidad de percibir nuevas maneras, antiguas impresiones.

Escuchar, por ejemplo, el canto de los pájaros o contemplar el brillo de las estrellas que los hace insustituibles a unos y otros. Esos instantes de asombro y alegría son como una revelación de que esa es la verdadera esencia de nuestro existir. Nuestros momentos de gozo son prueba evidente de que en el corazón de la noche brillan miles de estrellas con luz inextinguible. Para ella la hora más oscura de la noche es aquella cuando comienza a amanecer… Ardis Withman insiste en afirmar que no hay que temer a las sombras porque quizás ellas son el indicio de que algún rincón brilla una luz resplandeciente.

En muchos auditorios, como siempre, la dulce y honorífica invitada exhortaba a sus interlocutores a no perder la esperanza, aunque a veces creyeran que no había futuro y que todo carecía de sentido. Los emplazaba a concentrarse en el presente y cultivar “le petit bonheur” (“la pequeña dicha”) hasta que regresasen y tomaren asiento sus fines, principios y valores. “Aguarda con ilusión la belleza del nuevo instante, de la siguiente hora, la probabilidad de que esta noche brillen las estrellas y mañana resplandezca el sol. Hunde tus raíces en el ahora hasta que crezca en ti la fuerza suficiente para pensar en el mañana”.

Según ella, nos abruman, cual verdugos, esos sentimientos de culpa que soslayan nuestra capacidad de aceptación y reconocimiento. Nos atormentan nuestros errores nunca vistos como oportunidades experenciales de crecimiento personal y esa incertidumbre de que quizás no sepamos enfrentar las consecuencias de esos actos equívocos. Nadie está libre de cometer equivocaciones y es cierto que hay errores que pagan inocentes y quizás éstos son los más difíciles de enfrentar. Un acto de autoperdón no nos librará de la consecuencia de nuestros actos, pero nos permitirá avanzar en esa búsqueda de propósitos de vida.

Debemos ser lo que somos… ¿Qué otra identidad podríamos tener?… Nuestra angustia radica en pretender ser ‘otro’ con el deseo de ser aceptados, amados y respetados de alguna forma por los demás. Ocurre muy a menudo que nuestro ser se ‘disfraza’ o se ‘acoraza’. Jugamos a ser un personaje que no somos y es así cómo nos perdemos a nosotros mismos… Whitman en su obra “La fuerza de ser auténtico” nos brinda reflexiones muy valiosas. Ser uno mismo constituye una fuerza natural, humana y universal dispensadora de prosperidad y bienestar… Este poder oculto puede transformar nuestra existencia.

La fatiga estresante es síntoma frecuente entre aquellos que han suprimido su verdadero yo y han sufrido toda clase de amputaciones más que mutaciones. En realidad, no están cansados sino hastiados de no ser ellos mismos. No ser quienes en verdad somos implica un trabajo extenuante. La persona auténtica no disipa su energía interior en ambigüedades. Su rectitud consigo misma reduce los conflictos psíquicos y la hace sentir viva y llena de entusiasmo. Cuando una persona es motivada por lo que más le interesa, su energía entra en acción sin desperdiciar energías en conflictos ni incoherencias… Sabe adónde va.

Al ser como es, moviliza la energía de los demás, inspirándolos. Con sólo ser él mismo, está indicando lo que hay que hacer. El ser humano auténtico, al no derrochar energía en proteger un ego pusilánime y medroso, tiene energía suficiente para irradiarla sobre sí misma y sobre los demás; es capaz de amarse a sí mismo y, por lo tanto, se hace competente para amar a los demás. Cuando no somos auténticos, proyectamos desasosiego y conflictvidad. No resulta fácil vencer en esa lucha tenaz por ser auténtico. Es una empresa de toda la vida en que nuestros criterios de verdad se tornan actos revolucionarios.

He aquí algunas maneras de iniciar ese camino: ser conscientes de lo que sucede en nuestra vida; escuchar el diálogo interior y estar atentos al devenir de la vida; aceptar la idea de que no hay nada malo en ser diferentes a los demás; buscar nuestras convicciones más profundas, defenderlas y vivir por ellas; aprender a estar a solas, allí está la clave del autoconocimiento y el aprender a descubrir y distinguir. La apertura de nuestro yo nos da acceso a un poder oculto e insospechado. La autenticidad es una fuerza sensibilizadora y una bendición y surge de sentirse a gusto consigo mismo y, por ende, en / con el universo…

“El mayor poder del mundo está en el hecho de ser nosotros mismos… No tengamos miedo a los cambios. De nosotros depende que nos traigan algo bueno”, concluye.

Ardis Whitman
Ardis Rumsey Whitman, escritora y profesora, murió a la edad de 85 años. Fue colaboradora durante 40 años del Reader’s Digest y escribió cientos de artículos sobre relaciones humanas, problemas sociales, religión y la iglesia.
Sus libros incluyeron “Meditaciones: Viaje al Ser” (Simon & Schuster, 1975), “Cómo ser una mujer feliz” (Appleton-Century-Crofts, 1952) y “Estoy cansado de la abuela”. ‘’ (Bobbs-Merrill, 1946).
Nació en Nueva Escocia, asistió a Acadia College y enseñó en una escuela antes de casarse con Owen Rumsey, un compañero maestro.

También a través de esos instantes en que se funde la eternidad en un ahora, se descubre la unidad indisoluble entre todas las cosas que entonan sus diversas partituras existenciales;

Escuchar, por ejemplo, el canto de los pájaros o contemplar el brillo de las estrellas que los hace insustituibles a unos y otros. Esos instantes de asombro y alegría son como una revelación de que esa es la verdadera esencia de nuestro existir.

Nos abruman, cual verdugos, esos sentimientos de culpa que soslayan nuestra capacidad de aceptación y reconocimiento. Nos atormentan nuestros errores nunca vistos como oportunidades experienciales de crecimiento personal.