Alex Beard, la cuarta revolución educativa

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Alex Beard es un profesor londinense que intentó hacer realidad con sus estudiantes los postulados pedagógicos de la sociedad de los poetas muertos cuyo guion fue escrito por Tom Schulman para una película estrenada en 1989. En ella se recogen las vivencias de un docente de literatura y sus pupilos acaecidas en una escuela de Vermont 30 años antes. El desencanto de Beard sobrevino cuando encontró a sus “alumnos” (“seres sin luz”), sumidos en la apatía y el desencanto viviendo en ese exilio virtual que algunos llaman “fuga digital”. Tuvo que reconocer que en plena era del conocimiento impera un sistema educativo antediluviano (“Nuestras escuelas son reliquias de la era industrial”). En semejantes circunstancias, el único refugio solaz lo encuentran en sus smartphones.

En esos ámbitos espectrales se hallan condensados y circunscritos espacios, tiempos y circunstancias; metarrelatos donde se narra la vida, pasión y muerte del protagonista que, a su vez, es autor y actor de su propio drama existencial y pedagógico: el estudiante. El “profe” quiso entonces emprender un viaje explorativo a lo largo de una década por los diferentes sistemas educativos del mundo buscando respuestas a sus acongojantes dilemas: Finlandia, Singapur, China, España y EE. UU. y 40 países más. Después de su maestría en el Institute of Education, se incorporó a la red “Teach For All”, una red de organizaciones independientes que trabajan para garantizar que todos los niños (as) del orbe, independiente de su nacionalidad, puedan desarrollar sus potencialidades.

Su afamada obra “Otras formas de aprender”, es el resultado de todo este proceso de (des – re) aprendizaje y de mediación pedagógica. Allí sostiene que la educación cambia de forma muy lenta y sigue siendo esencialmente la misma que aquella que se impartió en tiempos de Platón (“Lo que funcionaba hace dos mil años se sigue utilizando hoy día”). La educación ha pasado por grandes momentos de cambio (revoluciones) a lo largo de la historia. Una primera sucedió hace cien mil años, cuando surgió el lenguaje; la segunda fue hace ocho mil años cuando se crearon las escuelas donde se enseñaba a leer y escribir; la tercera sucedió hace quinientos años cuando se masificó la educación con la invención de la imprenta lo que permitió que la alfabetización se universalizara.

“Ya va siendo hora de que llegue la cuarta revolución: la del aprendizaje”, asegura Beard a sus 36 años. Ésta se dará gracias a lo descubierto sobre el funcionamiento del cerebro y la irrupción de áreas de ciencia y tecnología tales como inteligencia artificial, internet, robótica, realidad virtual y otras más que contribuyen al mejoramiento de la enseñanza – aprendizaje. “En vez de enseñarle a los niños a saber, necesitamos enseñarles a aprender. Nacemos para hacerlo”. El aprendizaje es nuestro superpoder, pero en vez de liberar ese potencial innato, se ve limitado frecuentemente por modelos educativos equívocos que conciben la mente como un ordenador al que hay que suministrarle información, reduciendo y proscribiendo nuestra capacidad de aprender.

Faltan tres aspectos esenciales para abordar esa cuarta revolución educativa: primero, es el deseo de que todo el mundo ame y disfrute el aprendizaje a lo largo de su vida; el segundo, es la comprensión de que la enseñanza – aprendizaje debe ser el trabajo más importante del siglo XXI porque vivimos una época en la que todos los recursos de la tierra se están agotando y el único bien ilimitado es el conocimiento, producto éste, del ejercicio inteligente activado por docentes solícitos. El tercero, la firme convicción de que la educación de la juventud debe ser una responsabilidad compartida de toda la sociedad (no solo de padres y profesores) como ha estado ocurriendo en escuelas de diferentes partes del mundo tales como Finlandia China, Singapur o Corea.

En el decenio 2020 – 2030 se consolidarán tendencias a través de la ejecución de planes, programas y proyectos fundamentados en el aprendizaje: emprenderismo, criticidad, creatividad, emocionalidad, empatía, productividad, solidaridad, liderazgo, cultura de paz y pedagogía del conflicto, convivencia ciudadana. Su propuesta es sincrética: es necesario valorar lo que hacen las comunidades escolares en diferentes países; aprender de aquellas experiencias significativas y buenas prácticas y aplicarlas en centros educativos de otros países a través de una praxis más cooperativa y menos competitiva, más empoderadora y menos coercitiva, más transformacional y menos conservadora, más creativa y menos alienadora, más liberadora y menos deshumanizante.

Los docentes también con sus estudiantes son protagonistas de esta revolución educativa y deben estar preparados para jalonarla. Las profesiones más humanas son aquellas que tienen más posibilidades de sobrevivir y la enseñanza – aprendizaje es una de ellas. La educación no se reduce a un acto simplista, transmisionista y memorizador de informaciones. Los docentes deberán ser capaces de comprender el funcionamiento del cerebro, racionalizar, sistematizar y cualificar sus prácticas como trabajadores del conocimiento y utilizar las TIC en sus clases como herramientas didácticas integrales y constitutivas de un proceso estructural de mediación pedagógica. Es hora pues de entronizar en nuestras comunidades educativas una cultura del aprendizaje.

Es algo significativo y determinante que los estudiantes tengan la libertad de desarrollar su creatividad. Alex Beard comentaba en una célebre entrevista que. en una investigación realizada en los EE. UU., se observó cómo los estudiantes más creativos no eran aquellos que procedían de hogares adinerados, sino de familias donde no se tenían reglas tan estrictas y disponían de más libertad para dar rienda suelta a sus imaginarios y a su creatividad. Esto ocurre en aulas de algunos países tales como Finlandia. Allí se concibe la educación como práctica libertaria y se accede a nuevas formas de desarrollo del pensamiento crítico, creativo, solidario y transformacional; allí no se condena el fracaso ni se proscribe el error y se fomenta, más bien, la cooperación.

En Silicon Valley, Akex Beard tuvo la oportunidad de ver al primer profesor robot. “No era un androide con cara humana, sino un software inteligente que permitía un aprendizaje online. Era un laboratorio de aprendizaje donde había cien estudiantes con ordenadores portátiles que aprendían a leer y procesar sus conocimientos. Se observó que con una hora diaria aprendían mucho más que estudiantes habituales de otros sistemas de enseñanza”. Los seres humanos nacemos con una habilidad innata para aprender. Estamos expuestos al mundo desde el nacimiento. Somos pequeños científicos que interactuamos con el entorno, con herramientas que tenemos a la mano y con otras personas… El aprendizaje es, ante todo, un acto sociocultural.

Nuestro eximio docente – investigador precisa que, hasta los siete años de edad, el aprendizaje debería enfocarse en un sentido de pertenencia a la familia y a la comunidad. A través de ejercicios lúdicos, emocionales y experenciales se debe fomentar el lenguaje para hablar y escuchar, no para leer y escribir. Un experimento neozelandés dividió a los niños en dos grupos y uno de ellos empezó a leer a los 4 años y el otro a los 7. Cuando llegaron a los 15 años, ambos grupos tenían las mismas habilidades, pero los que empezaron antes a leer gustaban menos la lectura que aquellos que comenzaron a hacerlo desde los siete años. La escuela del futuro deberá centrarse en tener un enfoque holístico y globalizante del mundo centrado en conocimientos.

Alex Beard nos emplaza desde su vida y obra a preguntarnos qué es lo más importante que tienen que aprender los estudiantes; cómo utilizar estrategias didáctico – pedagógicas más efectivas y pertinentes; cómo conocer mejor la mente y el entorno sociocultural de nuestros educandos. Invita a cuestionarnos sobre el hecho de seguir repitiendo la misma monserga que hemos proferido durante los últimos veinte años. Frases como esta donde afirma que deberíamos cambiar la forma de evaluar a nuestros estudiantes; otra, en la que señala que vivimos en un mundo donde todo se acaba y lo único ilimitado es nuestra capacidad de aprendizaje y aquella donde exhorta a los políticos a alejar sus manos sucias de la educación, aún nos siguen interpelando.