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jueves, febrero 2, 2023

Sonetos elegíacos

Francisco Javier López Naranjo                                 

Si hay algo que me conmueve en la literatura es la temática del encuentro amoroso de dos almas gemelas, pese a los rigores del destino, la que he explorado en mi libro “La silentísima epopeya”. De la misma manera, lo que más me desgarra, en el género elegíaco, es la separación de dos almas gemelas a consecuencia de la muerte. Y en ello seguramente ha influido el amor que profeso por mi esposa, a quien considero mi sacerdotisa, mi vestal, mi alma gemela.

Hace algunos años en un encuentro casual que tuve con el prestigioso escritor pereirano doctor Miguel Álvarez de los Ríos, recientemente fallecido, y don Augusto Aguirre Flórez, quien fue propietario de la  Editorial Papiro, donde se editaron la mayoría de mis libros y tantos de escritores risaraldenses, se refirió el doctor Miguel Álvarez a las tortuosas agonías de la viudez, recitando con su prodigiosa memoria aquel soneto que le dedicó el maestro Guillermo Valencia a su esposa: “A la memoria de Josefina”: “De lo que fue un amor, una dulzura / sin par, hecha de ensueño y alegría, / solo ha quedado la ceniza fría / que retiene esta pálida envoltura. // La orquídea de fantástica hermosura, / la mariposa en su policromía / rindieron su fragancia y gallardía / al hado que fijó mi desventura. // Sobre el olvido mi recuerdo impera, / de su sepulcro mi dolor la arranca, / mi fe la cita, mi pasión la espera, // y la vuelvo a la luz, con esa franca / sonrisa matinal de primavera: / ¡noble, modesta, cariñosa y blanca!”.

Y remató, el doctor Miguel Álvarez, con una frase que le atribuyó al poeta alemán Heinrich Heine: «Al que le sobra la mitad del lecho también le falta la mitad del alma», frase que impactó lo más hondo de mi ser. Luego descubrí que el gran poeta Amado Nervo en su Amada Inmóvil, dijo algo semejante: «Ha de sobrarme la mitad del lecho, / ha de faltarme la mitad del alma…».

En mayo de 2017, en El Diario del Otún, el citado doctor y periodista, refiriéndose a un aniversario más del fallecimiento de su añorada esposa Eunice Ramírez Morales, citó un terceto del soneto “La vía dolorosa”, de Carlos Villafañe, cuyo texto completo es: “Yo mismo la enterré… Yo mismo un día / cerré sus ojos a la luz terrena / y enjugué de su frente de azucena / el trágico dolor de la agonía. // En un recuerdo blanco, todavía / la nombro en el silencio de mi pena; / descanse en el Señor… Si era tan buena. / Duerma en mi corazón… Si era tan mía. // Ojos y boca y manos ilusorias, / todo bajo las sábanas mortuorias / quedó como una lámpara extinguida. // Y yo, de mi locura bajo el peso / le dejé el alma en el dolor de un beso / y a duras penas me quedó la vida”.

Soneto que me ha impresionado tanto como el del poeta español Benito Zurita Nieto, que lleva como título “Mi único amor”: “Su mágica belleza seducía, / su angelical candor enamoraba, / yo al punto que la vi ya la adoraba, / porque en ella encontré la dicha mía. // Siempre a su lado el tiempo transcurría / veloz, y nuestra dicha continuaba, / porque si yo la amé, ella me amaba / con tal pasión que Dante envidiaría. // Pero la dicha es corta. Axioma cierto. / Así, al vernos feliz llegó la muerte, / y al mover la guadaña en rumbo incierto, // robó su alma, dejó su cuerpo inerte / y yo al verla morir hubiera muerto / para seguir los dos la misma suerte”.

O qué tal este: “Primera madrugada sin ti”, de Carlos Murciano, considerado uno de los mejores sonetistas contemporáneos de España: “He dormido sin ti por vez primera. / Solo de ti. Solo de ti. Te has ido. /¿Hacia dónde? ¿Por qué? ¿Quién ha podido / arrancarte de mí de esta manera? // Vivir es ya una ajada carretera / que se dirige a lo desconocido. / Siempre será febrero y no habrá olvido. / No volverá a brotar la primavera. // El sueño es una cosa del pasado. / Ni siquiera tu sombra está a mi lado. /¿Si había tanto amor, por qué lo has hecho? // Grito, pero no estás. No queda nada / de ti. Solo tu hueco en la almohada. / Y este boquete en la mitad del pecho”.

A raíz de aquella tertulia improvisada, en la sede de La Editorial Papiro, escribí el siguiente soneto, inspirado en lo que expresó tan sentidamente el doctor Miguel Álvarez de los Ríos. Soneto al que puse como título: “La mitad del alma”: “Se fue tu luz que tanto iluminaba, / aún más que el sol en fúlgido poniente, / aún más que cuando brilla en el Oriente. / Se fue tu estrella, el ser que más yo amaba. // Se fue tu luz que amor le prodigaba / a mi aterido corazón sufriente. / Se fue como un crepúsculo muriente / mientras mi alma en llanto naufragaba. // Ahora que siento mustio mi regazo, / sin tu fuego, tus besos, sin tu abrazo; / ahora que sangra el corazón deshecho, // una amarga verdad burla la calma: / “Al que le sobra la mitad del lecho / también le falta la mitad del alma”.

Y, anticipándome al rumbo de la guadaña, que presiento segará primero la vida de mi esposa, escribí este otro soneto elegíaco, inspirado en un verso que ella me hizo, el mejor homenaje que me han rendido en la existencia: ¡Mi amor, oh amor, será hasta el infinito!: «Vuela libre, por fin, paloma mía, / de la jaula del cuerpo y su tormento. / Surca, feliz, la muerte, el firmamento, / luego del crudo invierno y tu agonía. // Vuela, ya, rebosante de alegría, / al nidal del más puro sentimiento. / No te detengas por mi atroz lamento. / ¡Que Dios se apiade de mi triste umbría! // Por haber sido estrella, flor y hada, / ¡gracias!, ¡gracias!, te doy, oh ser bendito. / Que el verso que me hiciste, enamorada, // sea, ahora en mi luto, ardiente grito / ─lo esculpiré en la tumba, eterna amada─: / “¡Mi amor, oh amor, será hasta el infinito!”».

Imagen: “Elegía”, de William Adolphe Bouguereau (1899).

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