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viernes, junio 14, 2024

Siempre hay ruido

Cedía gentilmente su lugar al ruido que de forma tan natural como lamentable se enseñorea del corazón humano.

Juan Guillermo Álvarez Ríos

Llegamos al lugar del concierto, el colegio oficial Fabio Vásquez Botero, en Dosquebradas, sobre la hora. Nos apeamos del coche de alquiler, percatándonos de que hacía más frío del que, ingenuos, calculamos al salir de casa. 

Diana, mi mujer, me señaló una luna llena señora del tiempo, responsable de la crudeza de los meteoros, mientras yo me acercaba a ella, a su abrazo. Buen presagio para una noche que habría de durar para siempre. El para siempre de los románticos, que es el momento en que se elevan antes de sucumbir al amor. 

La luna presidió siempre los eventos del corazón humano: las mareas, las cosechas, el amor de dos. La mole de hormigón se alzaba al final de un gran puente que cabalgaba el abismo de un cañaduzal. 

Subimos las rampas tomados de la mano, guiados por la música. Los teloneros ya caldeaban el aire. El escenario era un auditorio para unas 200 personas, provisto con la mitad de sillas de polietileno. Elegimos un par y nos sentamos al fondo del salón, por delante de un puesto donde se exhibían empanadas y bebidas. 

Soprano

Ya cantaba una chica pelirroja que alcanzaba notas altas a quien más tarde pregunté si era soprano, lo cual, siempre sonriendo, ni afirmó ni negó. Después vino una imitadora de Ana Gabriel. 

El presentador, Felipe Ruiz, de Pereira Al Aire, emisora de interés público, en cuyo espacio se había lanzado un mes atrás un tema de Jerónimo, Íntimo, piedra angular o mejor paloma pionera de su nueva excursión al mundo hertziano, nos informó que el intérprete partía a esta hora del hotel rumbo al colegio. En cinco minutos estaría con nosotros. Y así fue. 

Trajeado con la elegancia que es habitual en todos sus shows, de gris plata y chaleco, dándolo todo desde el vámonos, canción tras canción, hit tras hit, sin hacer alarde de su voz portentosa, sino regalándonos nuevas alegrías de disfrute instantáneo, y una felicidad de fondo que perdura como la verdadera sazón mucho después de haberla paladeado, versiones inéditas, algún giro audaz, notas largas, que en su tesitura generosísima nos contagiaban su belleza y corrieron los límites de lo que percibimos y agradecemos. 

Su sabiduría cosechada en 77 años, quiere también compartirse en pompas que salpican el alma entre una canción y otra, como aforismos de un Mogol, y nos llegan entre los alaridos de la murga profesoral cuyo día celebrábamos. No obstante, al término de cada pieza resuena el ardor de los aplausos sinceros: Jerónimo, también hoy y aquí, ha conquistado el favor de su público.

Jerónimo

En un gesto que rozó el hecho estético, tan pregonado por su paisano Borges, Jerónimo, con mirada, más que indulgente, amorosa, repasó la audiencia, entre la que se agitaban un buen número de cabezas ebrias y dismétricos brazos. Fue entonces cuando lo dijo: 

-Esta es una de las más bellas canciones que se han escrito… 

No dijo canción de amor, de desamor, canción francesa, ni parafraseó a su autor llamándola “un himno a la cobardía”, pero más tarde, cuando cerró el círculo de esa breve y magistral antología que se movió por fuera de su repertorio personal para abrazar tres temas (Es mi vida, de Adamo, muy cerca del principio; Ne me quitte pas -No me dejes-, de Jacques Brel, cuando transcurría la mitad; y La bohemia, de Aznavour, sobre el final) entendimos que tal vez quería darnos una muestra de su filiación a la chanson, su amor largamente incubado por esa tradición del romance que se remonta a los más genuinos cultores del fins amor: los trovadores.

Ne me quitte pas, la segunda elegida, “es una de las más bellas canciones…”, y agregó:

-Brel la escribió una noche en París. Había ruido, como aquí. Siempre hay ruido, como ahora. Sólo les pido que dejen de hacer lo que hacen por tres minutos, escuchen ese piano… (cuyas notas, que siguen de cerca la Rapsodia Húngara No. 6 de Liszt, cayeron entonces sobre nuestro corazón, estrujándolo, al comando de su mano diestra, como un súbito y pertinaz embate de lluvia con que el desamor cambia los abrazos por soledad, sólo que esta vez no fuimos abandonados sino comprendidos por esa alma ancha y profunda que nos fundía en el surtidor sin fin de su voz, en su fraseo castellano que nos envolvió, cayendo con maestría en las notas de la canción con esa afinidad esencial que ata nuestra lengua a la lengua francesa. 

La bohemia

Adamo y su C’est ma vie no solo la había precedido sino anunciado y, como respuesta espléndida al pedido de “¡Otra, otra, otra!”, vino La bohemia, colofón de oro para una noche inolvidable en la que uno de los más grandes intérpretes de la canción de amor desde que el género fuera fundado en Aquitania, en la corte de un Guillermo de Poitiers converso por un poeta galés al amor “al modo de los pájaros”, se entregó una vez más a lo que ha sido su trabajo y su pasión por más de medio siglo, sin talanqueras físicas, que el teatro de su arte esa velada, un opaco y deslucido auditorio solo algo más grande que un salón de clases, no opondría entre público y cantante, opaco y deslucido hasta que Jerónimo apareció para colmarlo con su voz y su corazón y convertirlo, como él lo dijo, en el mejor escenario donde le había tocado en suerte actuar; ni mucho menos talanqueras espirituales. 

Porque todos los asistentes pudimos abrazarlo, tras hacer la fila de rigor, en un rincón que hacía las veces de bastidor a un lado del telón compuesto por blancas sábanas, metáfora de un velero o de una camisa blanca o del lecho del amor compartido, retablo donde cumplimos, cada cual a su manera, conscientes o no, el homenaje debido a un inmortal de la canción lenta, a un artífice del sentimiento vero. 

Al fondo, entre la fácil hilaridad que el alcohol propicia, “la verdadera música”, como la llama siempre Jerónimo, cedía gentilmente su lugar al ruido que de forma tan natural como lamentable se enseñorea del corazón humano.

 

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